PIRINEOS

 

Volvemos al Pirineo a conocer la montaña escrita con mayúsculas. Es un referente, un mito que se agranda conforme conoces más no sólo las fuerzas de la Tierra que levantaron y plegaron estos depósitos marinos, también  la historia de las gentes que a lo largo del tiempo han habitado estos territorios, que por sus peculiaridades mantuvieron aisladas a estas comunidades humanas y las dotaron de una cultura singular.

Recorremos de nuevo Ordesa. Es un peregrinar hacía la cola de caballo de gentes que caemos en el reclamo de la estampa de un Parque Natural. El otoño todavía no ha decorado de ocre todo el esplendor del bosque caducifolio. Para la gente, que subimos desde tierras de más al sur,  donde las montañas son extensas superficies alomadas y parameras  altas, nos sigue sorprendiendo los altos picos, muchos días  envueltos por nubes que no dejan ver sus cimas, desde donde los glaciares  han rajado la montaña  en valles que discurren entre inmensos precipicios de roca. Nos gusta contemplar la variedad botánica, tan distinta de las plantas comunes de nuestra tierra acostumbradas a la falta de lluvia. Y nos alegra volver a escuchar el sonido de las chovas piquigualdas lanzándose en picado entre una grieta y otra del farallón, comprobar su pico amarillo que las distingue de las chovas piquirrojas que nos acompañan, cada vez son menos sin saber el motivo de su escasez, en nuestros paseos turolenses, estas con el pico rojo. Nos hipnotiza  ver revolotear al treparriscos como si fuera una mariposa, a la que se parece en su forma y colorido, entre las paredes musgosas donde aboca, desde casi el glaciar de Monte Perdido, el agua que conforma la cascada de la Cola de Caballo, en la cabecera del Circo de Soaso,  ese pájaro tan bonito que algunos inviernos hemos visto en algún lugar de los desfiladeros fluviales de los ríos de las comarcas de Teruel.

Pese a la dureza de la montaña,  la comarca del Sobrarbe viven un momento dulce. Los jovenes han apostado por seguir habitando su tierra y continuar con las explotaciones ganaderas de su familia cuyo origen se remonta en el tiempo. Complementan  esa economía con el turismo invernal que llega a las pistas de esquí o el del verano a disfrutar de excursiones  y de turismo activo de montaña y barrancos, también de senderismo  en los bosques del valle. Una economía que mantiene  un tejido social que invita a seguir viviendo en algunos de estos pueblos.

Pero en mi caso y esta ocasión  subo al Pirineo con el sabor de pasear entre los pueblos que se han quedado vacíos. Aquellos  del Pre pirineo  donde  la aridez se plasma no tanto en el clima como en una tierra.  Las tierras del  flysch se erosionan en cárcavas, la carrasca desplaza al haya y  el pino nigra al silvestre. Hace unos meses que volví a leer a Severino Pallaruelo, “Ruido de Zuecos” y una vez más volvieron a embrujarme sus textos antropológicos y etnográficos, historias de la vida social y humana de estas montañas, no siempre  tierna.

Hace unos años después de acabar de leer “José, un hombre del Pirineo”, donde Severino Pallaruelo nos describe día a día un año de convivencia en casa de este hombre asentado en sus costumbres y forma de vida tradicional en la Comarca de La Fueva, me sentía obligado a visitar esos paisajes. Recorrer caminos y calles que me eran conocidas del tiempo en que la lectura  de tan magnifico ensayo sobre la vida  rural aragonesa me llevo allí.

Aprovechamos un fin de semana de Junio que, junto al Club Alpino Javalambre, con el campo base instalado  en el HR Turmo de Labuerda, se ascendía al pico Bachimala desde el refugio de Biados. Una accesible excursión a un tres mil.

Al día siguiente convencí a Guillermo a renunciar a entretener la mañana  en la  vía ferrata de Fanlo, como había programado el Club, y emprendimos viaje al Monasterio de San Victorian. Desde este enclave histórico trascendental en la historia de los orígenes del reino de Aragón, a través de una senda de herradura nos desplazamos hasta la Ermita de Espelunga. Entre grandes encinas y oratorios nos acercamos hasta las construcciones en el abrigo de la roca donde se asentó al refugio espiritual y referencia obligada para los habitantes de estos pequeños pueblos situados a los pies de Peña Montañesa, antes de llegar a Ainsa. Desde allí siguiendo otra senda de herradura nos acercamos a La Mula, el pueblo de José.

José ya había fallecido hacía al menos un año. El pueblo se conserva. Una de las casas la estaba restaurando un vecino que todos los fines de semana regresa  a vivir los lugares donde se crío  y donde habitó hasta  que como otros, después del servicio militar, encontrado trabajo en la ciudad de Zaragoza y tras casarse, asentó su familia  junto al Ebro. Él nos indica cual es la casa de José.

Son en realidad un bloque de construcciones al lado de una ermita. Paredes de piedra   conforman edificios de los que puede adivinarse sus funciones: vivienda, corral, almacén. En la calle tapiada, vive la piara de cerdos hibridados con jabalís salvajes.

Desde la era se tiene una visión de todo el término municipal. Al Norte lo cierra el macizo calcáreo de Peña Montañesa. Adivinas la ordenación que José llevaba a cabo para aprovechar sus recursos: Los lindes donde situaba estratégicamente las colmenas; los pastos donde subía el rebaño de ovejas en verano, y aquellos lugares donde pastaban durante el invierno; los quejigares y carrascales donde ordenaba las cortas para guardar leña para el fuego del largo invierno; los bancales de cultivo de cereal y los boalares donde pastaban los animales de tiro y de trabajo:los bueyes,  mulas y burros.

El silencio del pueblo apenas se rompe con el sonido de la obra del vecino. El mismo que nos informa de que aún vive en la casa de José su hermana. Una vieja señora que sobrevive como lo ha hecho toda su vida, ahora sola sin su hermano. Y con la que es difícil podamos hablar. En las conversaciones de Severino Pallaruelo con José, ya reflejaba el autismo de esta mujer.

Abandonamos este pueblo ocupado por la soledad. Hicimos algunas fotografías con la cámara digital, que también guarda nuestro ascenso del día anterior al pico Bachimala. La cámara que unas horas después olvidaríamos en la mesa del restaurante El Chopo, ya llegando a Barbastro, donde paramos a comer.

No dispongo de imágenes de este recuerdo. Conservo los detalles no olvidados de la lectura del libro y las sensaciones de silencio y olvido que me sobrecogen en la visita al pueblo de Mula.

En el viaje de este año alcanzamos la Ermita de la cueva Espelunga. Su lenta restauración y desde su puerta las magníficas vistas de todo el valle, abrigados por la pared que nos resguarda del viento del norte y de espaldas a las cumbres altas Pirineo de las que nos separa Peña Montañesa. En esta ocasión no me atreví a regresar a La Mula. Han pasado varios años y prefiero recordar la imagen  de la lectura del libro del escritor oscense. Temo encontrar un vacío  que,  sé muy a mi pesar  existe.

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¿HACIA DONDE VAMOS?

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La gran nevada de este invierno que colapso la sierra de Gudar no ha minimizado los efectos de la disminución de precipitaciones, que arrastra este territorio desde hace unos años. Las tormentas de las primeras semanas de Junio han refrescado el ambiente y la vegetación ha respondido a esa oportunidad ofreciendo verdor y colorido durante unos días,  una primavera rápida acosada por olas de calor  cuando todavía  el verano no ha comenzado.

Era cuestión de aprovechar estos días para visitar la sierra. En concreto el bosque de Tilos del Barranco Gisbert, junto a la Masada Las  Celosías. Constituye un reducto de vegetación singular. Un barranco áspero en sus formas y en el sustrato de su suelo. Una caliza que absorbe toda la humedad de la lluvia y  que acumula el calor de los rayos de un sol que la penetra al no encontrar ninguna resistencia  como la que pudiera ofrecerle la sombra de la vegetación, pero aquí en muchos lugares sólo queda la roca desnuda.  Campos de pastizales rosigados por las ovejas desde tanto tiempo atrás que no se recuerda. Carrascales que rebrotan de tocones  aserrados para el carboneo cuando la leña era la energía para forjar el hierro, para cocinar en el hogar de la casa siempre encendido con un puchero calentándose en las brasas.

El fondo del barranco aporta umbría y humedad que ha permitido  sobrevivir un bosque de arces, de tilos, de quejigos con un fuste excepcional  en comparación con la mayoría de  los pies que se conservan en la zona y en el resto de la provincia de Teruel.  También un pequeño bosque de Pópulus trémula, el álamo  cuyas hojas tiemblan al roce del viento, un árbol tímido que se sonroja cuando el otoño  le avisa de la  llegada de su sueño invernal.

EL uso del bosque por el  hombre no ha  alterado en exceso  su funcionalidad natural. En las últimas décadas, en que  la presión  de las actividades humanas se ha suavizado,  fácilmente retorna a su estructura silvestre. Un regreso  a etapas donde la escasez de grandes árboles que cierren en penumbra el fondo del bosque permite el desarrollo de multitud de jóvenes plantas, son adolescentes, como los llama la geobotánica Hope Jahrem en “La memoria secreta de las hojas”. Jóvenes que explosionan de vitalidad pero sin saber ordenar donde dirigir sus fuerzas para conseguir asentarse un   futuro. Las plantas necesitan priorizar donde dirigir su desarrollo. Desarrollar madera y crecer para elevarse en alturas donde nadie les haga sombra y les impida captar los rayos del sol con los que a través de la fotosíntesis obtener los azucares,  que alimentan sus células. Expandir y hundir sus raíces para que no falta el agua, imprescindible para los seres vivos.

En este rincón de Mosqueruela, aún se conservan viejos árboles para aportar  la experiencia que les ha permitido esta aquí desde hace siglos. Diría Peter Wohlleben en la vida secreta de los árboles” que no sólo sus semillas son un  seguro de subsistencia, su  presencia sin lugar a dudas ayuda a sobrevivir a esta comunidad vegetal. Al igual que los rebaños que necesitan  ovejas  con experiencia que les guíe en momento de incertidumbre cuando se acerca una tormenta, una gran nevada, un vendaval, los árboles también necesitan a estos patriarcas que acumulan sabiduría para reponerse de cada  perturbación que la vida le depara en forma de sequías, de plagas de insectos, de vientos helados. Los pastores conocen la necesidad de tener un rebaño con ovejas viejas que actúen de guia de sus compañeras. Los forestales no tengo claro que aún sean conscientes de ello. La sociedad tampoco. Todavía no hemos asumido que las plantas también son seres vivos que sientes, se estremecen y hasta emocionan, que no se pueden desplazar para huir del peligro, pero si pueden aprender a  desarrollar mecanismos que le protejan y a comunicárselo a su comunidad. En el bosque existe más colaboración que competencia y una mutua ayuda en la que incluso hay indivudos que alimentan a otros más debeiles. Se sabe porque se ha encontrado troncos sin hojas, incpaces de alimentarse que todavía viven por la sabia que le transfiere su compañero. También  se comunican para predecir riesgos como plagas de insectos y desarrollar toxinas con que defenderse. Y seguramente se estremecen de terror cuando escuchan la motosierra que corta a matarrasa el bosque.

La huella del hombre no sólo  queda marcada en  el paisaje. Un salpicado de masadas diseminadas  recuerda  un hábitat disperso que aprovechaba  no hace más de 80 años los recursos naturales de estos lugares. En muchos casos las posibilidades para vivir eran escasas. Un pequeño masico en una empinada ladera en la que sujetar estrechos bancales con muros de piedra donde cultivar cereal, alguna patata en los campos al lado de la fuente y un rebaños de  no más de 50 cabras que cada año aportaba queso y el dinero que pudiera llegar de la venta de los cabritos. Ha desaparecido el tejido social, se fue con destino a las grandes ciudades industriales. Una economía rural con pobres y ricos, con prestamistas y desahuciados en los años que la cosecha no llegaba para pagar el préstamo. Una autarquía organizada en torno a la  cooperación por el interés común dejando a un lado la individualidad, que permitió subsistir durante siglos en estos lugares extremos. Su cultura y su arquitectura  comienzan a hundirse. El olvido comienza a ocultar su existencia. Poco se ha escrito sobre  las gentes que aquí vivieron. Aquí no tenemos un Severino Pallaruelo que nos cuente su historia, la  vida  rural del Pirineo ha quedado escrita en sus novelas, relatos y trabajos de antropología. Tampoco tenemos un James Rebanks  que,  en “La Vida del pastor”   nos cuenta el ritmo actual en el Distrito de los Lagos de quienes se dedican a la cria de las ovejas herwick.

Hacía mucho tiempo que no hablaba con un pastor en su medio. Hoy lo he encontrado junto a la Masada Celosias. Un hombre no excesivamente viejo, curtido por el trabajo, por tantos días expuesto al sol, a la lluvia, al hielo, a la nieve y sobre todo al viento.  En su medio yo soy el intruso.  Intercambiamos palabra breves sobre diversos aspectos que invoca el lugar: el ganado que aún  cuida, el que ahora pasta aquí y en invierno baja a una masada de Castellón donde el clima es un poco más benigno; el perro border collie del que se siente orgulloso y al que estima, porque esta raza  ha sustituido a los viejos perros lanudos que según él eran  muy carniceros, mordían demasiado a las ovejas; la malea, como el llama a la maleza, a esa explosión de vegetación que explota en desarrollo ante la oportunidad que se le abre al abandonar los trabajos del campo el hombre. Año a año los matorrales invaden las cabañeras, inundan las laderas e invaden incluso las ruinas de las masadas. Lo he dejado caminando hacía su rebaño, para moverlo hacía un bancal con un prado aún sin comer. Con paso lento se ha alejado con pensamientos quizás tristes por el mundo perdido, quizás por el tiempo que falta para que todo esto acabe o tal vez simplemente se siente sólo en nuevas formas de vida que llegan a través del turismo, muy alejadas de las que él ha conocido.

A escasos kilómetros, siguiendo viejas cabañeras que aún conservan las paredes de piedra que las delimitan, por donde  circulaban rebaños de ovejas en sus desplazamientos. Vías anchas y estrechas, con descansaderos, cordeles y pasos a los campos,  fuentes para abrevar, cruces de caminos para llegar a cada uno de los lugares donde vivía una familia con un rebaño. Hoy abandonado su uso convertidos en campos con arbustos difíciles de transitar, me acerco hasta el Barranco Los Lores. Me han hablado de los viejos pinos que conservan el lugar. Son viejos ejemplares que los propietarios guardaban en la pinada para momentos en que necesitaran grandes vigas de madera para reparar algún tejado de la masada.  No defraudan. Fustes impresionantes de Pinus nigra, de un tronco que no pueden abrazar no menos de tres hombres, también  Pinus silvestres a lo largo del barrancos con un porte viejo dan sombra a arbustos, que se abre paso allí donde el pinar  termina. Es el lugar donde vuelan las mariposas,  se posan en las flores para absorber su néctar y en las hojas y ramas donde depositan los huevos que  perpetuaran  el futuro de la especie.  La umbría es una ladera de pinar silvestre. La solana son bancales abandonados, con pies de boj, de carrascas, de majuelos y espinos. Bancales que se sujetan con paredes de piedra que ya no resisten tronadas ni hielos, ni tienen hombres que reparen cada trozo que cae,  a través del que fluye cuesta abajo el suelo del bancal  para volver a modelar  la ladera de la montaña en pendientes que van dejando sus cabeceras  descarnadas de tierra.

Estos territorios se estan quedando vacios de gentes que quieran y sepan gestionar estos ecosistemas domesticados. El turismo que llega atraido para conocer  la identidad rural. Para escuchar el rebaño de vacas u ovejas del que a la ciudad sólo llega la carne envasado en bandejas  que vende el supermercado. Gentes que necesitan pasear por estos paisajes silenciosos de ruidos y repletos de sonidos naturales  donde reencontrarse con su pasado, donde buscar su identidad perdida. Este turismo que ya es en muchos lugares la principal fuente de actividad en la economía rural,  no aporta gestión en el manejo del territorio. Si esa gestión los paisajes pierden identidad. También pierden su principal reclamo por el que llega a estos lugares la gente de la ciudad: conocer la vida rural, sus gentes, su trabajo, su ganado, sus campos.

Es necesario no perder esta referencia. Como es necesario que sepan comunicar: unos,  los valores  por los que siente arraigo por el pueblo donde viden y, los otros,  las sensaciones que encuentrna allí cuando veranean y que no les aporta su vida diaria en la ciudad.

VAQUILLAS, UN AÑO MÁS

 

 

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La memoria cercana conserva  una imagen de  Teruel recuperándose  de la barbarie  tras la guerra civil,  viviendo la opresión de los vencedores  que imponen su moral.

Fiestas de  Julio, que empalman con jornadas de siega en los mismos caminos por los que entran los toros que en la madrugada se corren ensogados por las calles. Días en los que  la gente de esta ciudad respira la Libertad, que  se les niega el resto del año. Cantos,  bailes, amoríos de cuerpos unidos sin la mirada de curas y beatas; mozos viviendo al límite en la noche,  para en la mañana ir al encuentro del riesgo con el toro.

La modernidad también ha llegado hasta este lugar del mundo. Y en la actualidad,  es frecuente confundir la Libertad de estos días de fiesta,  con no asumir la necesidad de poner límites, que no debieran entorpecer la fiesta y sí mejorarla.

Las  Peñas, junto a exposiciones de fotos y  conferencias, debieran debatir  los riesgos que implica  dejarse llevar por la marea surgida de la atracción de un modelo global urbano, que cada noche de fin de semana puede encontrarse en determinadas rutas de la geografía del país. Esta asumido limitar los riesgos del toro, aunque ello conlleva incrementar el sufrimiento del animal, ¿porque no marcar otros límites?. Desde cuestionar este símbolo de la fiesta,  cuando la bravura  termina siendo una mole de carne con astas  que se ahoga por la presión de una cuerda oprimiéndole la huida; a dudar del poder del dinero para organizar la fiesta, perdiendo la imaginación protagonismo. No desviar la mirada de la basura generada, asumiendo todos una fiesta más limpia, que facilite una gestión lógica de los miles de toneladas de desperdicios, debemos reflexionar sobre los miles de litros de agua mezclados con química,  usados  para límpiar calles y plaza. También  analizar la sobrecarga humana, admitiendo que llenar la ciudad de más población no implica mayor beneficio, ni para la  fiestani  para los intereses que giran en torno a su órbita.

Sin duda es utópico pensar  hoy en una fiesta a base de jotas, bota, cecina de oveja ó arenque de cuba. Valorar ese poso de lo autentico de la fiesta, que perdura en el recuerdo de todos los que hemos disfrutado de ellas,  frente a tantas ilusiones volátiles, nos ha de permitir  distinguirlo de las  importaciones modernas,  que no aportan mejoras a la tradición.

 

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Publicado el 28 de Junio de 2005, Teruel

EL PASTOREO, UNA ESPERANZA PARA EL BUITRE

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El vertedero de residuos urbanos de Teruel acoge quinientos buitres leonados (Gyps fulvus), rebuscando en la basura. Cuando hace veinticinco años debatíamos el futuro de la especie, difícilmente podríamos prever que terminaría comiendo en basureros. Tampoco que se impondrían sistemas de alto coste energético para retirar los cadáveres de las granjas y que estas se iban incrementar frente a la ganadería extensiva, con lo que los campos se iban a vaciar de ganados paciendo.

Pero hoy en día sigo creyendo que los buitres son la mejor manera de eliminar cadáveres de animales que mueren en el campo. Y la ganadería extensiva, la forma más racional de producir carne y de moldear esos paisajes surgidos de la integración entre un modelo socioeconómico y la conservación ambiental.

Nuestra incorporación a una cultura urbana e industrial nos ha hecho olvidar las pautas que han permitido a España conservar una de los mayores índices de biodiversidad de Europa. Por eso, entre las alternativas que se presentan para el futuro, debemos apostar sin dudarlo por una economía agroganadera capaz de ofrecer calidad frente a cantidad.

La aportación de este modelo a la conservación de esos gigantes alados que son los buitres se presenta como una simbiosis que debe ser apoyada, al menos, por unos consumidores capaces de distinguir no sólo las diferentes calidades del mercado; también las formas de producción capaces de aportar, además de los productos comerciales, el mantenimiento de valores y servicios ambientales, que no por gratuitos son menos valiosos e imprescindibles. Las administraciones públicas también deben afrontar este.

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Publicado en Octubre 2007 – Valdecebro

 

 

 

 

ALAMEDA DE VALDECEBRO

 

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Se localiza  un pequeño bosque de álamos  en el barrio pedaneo de Valdecebro, a escasa distancia de la ciudad de Teruel. Pese a sus escasas dimensiones, no más de 500 metros de longitud entre los límites de la carretera Teruel a Valdecebro y el lavadero del pueblo, siguiendo la rambla del río Seco que baja desde el alto de Cabigordo,  se extiende este bosque galería donde  se observa  la adaptación de la vegetación más exigente en humedad aprovechando  el fondo del valle, en un territorio seco, más bien árido,  donde el entorno son extensos campos de cereal o cabezos de aliagas y espliegos, lindando con las masas forestales de las estribaciones de la Sierra,  donde se sitúan extensos Pinares de las variedades negral y silvestre, junto a masas de rebollar  y carrascales.

El álamo blanco, el chopo negro, el majuelo, el  rosal silvestre, la zarza de moras,  en línea siguiendo el cauce del arroyo  constituyen la singularidades de este ecosistema utilizado para sestear los rebaños en el verano,  cuando la transpiración de estas plantas aprovechando el bombeo del agua subterránea a través de sus raíces dan frescura a su entorno. Una gran variedad de aves salpican  las ramas -carpinteros verdes, carboneros, agateadores ó pinzones-,  encuentran ahí  un medio menos hostil, que en primavera y verano aporta el alimento de multitud de insectos, y, en otoño  un abanico de frutos importantes para llenar su cuerpo de las grasas necesarias para afrontar los rigores del invierno.

Para quien haya visitado el Norte de Africa,  este paisaje es un oasis  donde las palmeras son  sustituida por los chopos. Ideal para curar extremas melancolías de quien huye de las prisas,  el ruido, el estrés de una ciudad,  que a pesar de conservar pequeñas callejuelas y donde las distancias no marcan el ritmo de la vida, sus ciudadanos se empeñan en imitar a las urbes vecinas, aspirando a engrosar la lista de lugares inhabitables donde nos empeñamos en vivir en multitud.

En los tórridos días del verano, resguardados a la sombra de los chopos, con la vista en el abrevadero de ganados y mulas, serenémonos observando la alta variedad de pájaros y otras aves que acuden a calmar su sed.

 

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Publicado el 16 de marzo de 2004 – Valdecebro

 

 

 

TERUEL DESCARNA SU PAISAJE.

 

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En Teruel también nos desgarramos ante debates de temas distantes de nuestra realidad próxima. Son  utilizados para desviar nuestra atención de los  auténticos problemas de nuestro territorio, como el desgarro de nuestro paisaje por maquinas que extraen arcillas, losas de piedra, alabastro, carbón. Parapetados en el llamado desarrollo y puestos de trabajo,  ocultan la realidad del modelo socioeconómico de sus habitantes,   agricultores y ganaderos,  que desde tiempos atrás extraen recursos renovables modeladores de las formas  del relieve y vida  presentes en cada uno de los recorridos  por  las comarcas turolenses. Gentes, que ven como   las retroexcavadoras  desmontan su forma de vida, como entierran   los proyectos en torno a un turismo de calidad, respetuoso y buscador de otras formas de vida, que necesita para sustentarse de cultura y naturaleza.

Me atrevo a afirmar que carecemos de políticos con la talla para  escuchar a técnicos e investigadores y dictar normas y directrices que fijen de manera  ordenada y sostenible donde es posible extraer de la tierra recursos no renovables y valorar estos en la justa medida de medir la riqueza para los habitantes de un territorio y no las prioridades  de un modelo desarrollista  asentado a kilómetros de distancia representado por empresas del sector,  que nacen y desaparecen de un lugar alternando  con la aparición de un yacimiento mineral y  su agotamiento.

Y mientras  la vicepresidencia del Gobierno de Aragón, en manos del Partido Aragonés Regionalista, presenta a los turolenses “Teruel avanza”, como un escaparate de promesas de inversiones  en desarrollo turístico, lo que si vemos avanzar en Teruel son hectáreas ofertadas a la extracción de arcillas, losas de piedra caliza, alabastro Oferta que no controla adecuadamente  el Gobierno de Aragón, aún sabiendo las grandes dificultades,  que tiene  el territorio para regenerarse  tras descarnarle de los escasos  centímetros de suelo fértil y abrirle  inmensas cicatrices  en los huecos que quedan tras llevarse el recurso buscado.

 

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Publicado el 26 de abril de 2006 – Allepuz

 

EL SILENCIO PRIMAVERAL EN TERUEL

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Explosiva, locuaz y hermosa ha sido la primavera de 2003 en la Celtiberia, en el Bajo Aragón. De Portalrubio a Castellote, el verdor, los colores floridos, los arroyos cantarines, las aves reproductoras lo empapan todo: la vida en su etapa más escandalosa y transitoria. ¡Qué placer ese baño de pantalón arremangado sobre una pradera de ranúnculos amarillos en un remanso del río Pancrudo! Pero amigos, en esta tierra lo que llama la atención es el silencio, el silencio que envuelve esa loca, breve y armoniosa algarabía primaveral. Silencio en los pequeños vagos abiertos entre las parameras, donde se afana el alcaudón, discurre en paz el arroyo y no se ve al campesino. Silencio en esas aldeas que las gentes dejaron y aún no han ocupado los corazones empequeñecidos –pero aún vivos- de los veraneantes. Silencio de los cabezos arrasados por siglos de cultivos y ganados excesivos, sin suelo fértil que abrigue, sin árboles que den sombra ni agua. Cabezos moribundos, pero aún generosos, ofreciendo el manto blanco de los linos, el aroma de los tomillos y la soledad que alimenta el espíritu. Es imposible no amar esta tierra que, despojada de todo, aún da vida, lo más esencial de la vida.

Pero aún más silencios. El silencio elocuente de los vivos. De los resistentes que ven caer en pedazos su territorio. Antiguos desmontes de lignitos que socavan y ennegrecen los montes. Modernas canteras de arcillas porcelanosas que los desangran de rojo. Presas compulsivas, obsesivas e histéricas que anegarán el Pancrudo en Lechago, el hermosísimo Pajazo en el Martín ¡¡y hasta un pequeño núcleo habitado en Santolea!! Silencio budista de unos resistentes que a pesar de todo levantan sus pequeños negocios rurales, crían a sus hijos y mantienen el latido de las comarcas. Silencios y soledades celtibéricas que entretejen las vidas con más firmeza que ese cáncer que algunos llaman la “envidiable implantación territorial del PAR”.

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Publicado el 4 de junio de 2003 – Teruel