0490 La familia Paniagua y el cortijo de El Comandante

Diccionario de los Verdiales y Fiestas afines

Ruinas del Cortijo El Comandante (foto extraída del sitio "Lagares y Cortijos" Ruinas del Cortijo El Comandante (foto extraída de la publicación de Antonio Vela en el sitio “Lagares y Cortijos”)

Abro con esta entrada una nueva serie en el Diccionario que ya existía en el blog “La Fiesta del Sol”: el hábitat de la Fiesta, con aquellas pequeñas o grandes historias de los fiesteros en Los Montes de Málaga y las imágenes que nos permiten hacernos una idea de su forma de vida.

Estas fotografías que publicó Antonio Vela en la página de Facebook “Lagares y Cortijos” del Cortijo de El Comandante y el complejo sistema hidráulico que lo abastecía de agua, propició la aparición en Facebook de algunos comentarios de los descendientes (fiesteros todos ellos) de la familia que lo habitaba: los Paniagua Moreno, abuelos de los hermanos José Miguel, Carolina y Desi Portillo Paniagua, y de otro trío fiestero: Javier, Miguel y Noelia Bustos Paniagua, también nietos…

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DÍAS DE ABRIL EN LA MONTAÑA

Estas impresiones  las escribí con el del despertar de la primavera tras el letargo invernal. Aprovechaba la siesta de Guillermo y Alicia, y la paciencia de Maria Jesús, que me permitía partir unas horas a la soledad de las lomas de Corbalán camino de las Baronias de Escriche.

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Nacimiento del Rio Pitarque

Recorrer tierras abandonadas, donde acampan ruinas del pasado entre matas que reconquistan tierras perdidas -antaño labradas y hoy olvidadas para ser recuperadas por un bosque ansioso de volver a dominar las lomas suaves de las montañas y los bancales de barrancos por donde el agua retorna a su cauce, sin presas ni acequias que la deriven a huertos ó molinos-, nos invita a pensar en el lugar donde vivieron los masoveros no hace muchas décadas.

Apenas iniciada la primavera, las cortinas de nieve de abril aunque nos trasladan a los primeros matacabras de noviembre, aquellos acumulaban los primeros fríos, que curtían los jóvenes cachorros que se iban a enfrentar a la primera prueba de la vida, mientras estas enfrían la primavera que yá revienta. El frío de la montaña se acantona en sus bastiones hasta casi entrado el verano; los nueve meses de invierno y tres de infierno, relataba el viejo del rostro rasgado de arrugas trazadas a golpe de cierzo y templadas con rayos de sol, que deshacen la piel del segador o la del pastor, toda su vida, día sí y día también, en el monte con el ganado.

Los campos aún no verdean en estos altiplanos, pestañean discretamente con las primeras flores de la primavera. Prímulas, hepáticas y narcisos puntean de color el bosque y las amarillas aliagas serpentean en las lomas, en medio de trigos, que despuntan, y paramos aún dormidos al frío de las alturas. Un pestañeo, que no abrirá los ojos hasta bien entrado junio. Las tormentas del verano y el calor que ya no puede disimularse harán estallar la primavera en la Sierra; verdearan los trigos y prados abaniqueados con un sin fin de colores de amapolas, linos y otras hierbas.

El plumón de las rapaces más tempranas en criar se confunde con las motas de la nieve tardía, no se asustan de este frío estas aves, que han de dominar el cielo de estos predios. Tampoco enfrían los ánimos de los chivos de la cabra montes, ni los de las crías de corzo, cuyas madres han parido en estos días, retornando a los lugares de donde estuvieron desterrados hace ya un siglo, obligados por la presión de los rebaños de ovejas y cabras presionando en cada rincón de paramos y barranqueras.

Es el momento de aprovechar los claros, que la motosierra durante el invierno ha abierto en los bosques -es el invierno con leñadores y cazadores cuando el hombre retorna de nuevo, pero solo ocasionalmente, a muchas de estas tierras calladas- para adentrarnos en su interior, aprovechando esta puerta a la espesura, que se cerro cuando el hombre las dejó- , como las puertas de las masadas hoy en el suelo enrrunadas . Nunca mejor dicho “el árbol no nos deja ver el bosque”, contemplando la rica variedad de flores que se esconden dentro de lo que hasta entonces solo distinguíamos como pinar y conocer los territorios de los pequeños pajarillo forestales (carboneros, petirrojos, pinzones…) que ya andan en locos vuelos nupciales, o detenerse, andando por la senda dejada entre el enebro, la aliaga y la zarza por el jabalí en sus paseos nocturnos, para escuchar el tamborilero del pájaro carpinteros, a golpe de pico sobre el tronco del árbol viejo invita a abandonar de su territorio a aquellos machos despistados, que hayan pretendido usurparlo. Aún viendo los destrozos del viejo pino caído y arrastrado hacia el aserradero, se comprende que hay esperanza en la razón de quién aprovecha lo justo que la tierra da, sin grandes avaricias, con la sabiduría de que pasado el tiempo volverá a rendir tributo si se la deja crecer. Incluso en estos tiempos en que la economía manda, es quizás un recurso sostenido, con aprovechamiento equilibrados, la garantiza de su conservación; más incluso que con una rígida protección capaz de desplazar a quien mimo la tierra durante décadas y favorecer a quien se acerca con nueva teorías pero sin la sensación de depender de su vida de la tierra.

El silencio de estos paseos en los últimos días de frío, también se rompe con el ronroneo de las aguas entre las piedras, en la fuerza del deshielo de la nieve de los altos rodando por la ladera, riachuelos en busca de un cauce por donde llegar a su destino, el mar. Tan lejano y tan cerca cuando por el Este, en verano veamos formarse las nubes de tormentas, traídas por los vientos tortosinos del levante, nacidas en el Mediterraneo para reventar en la montaña y calmar la sed de corto y extremo estío de los meses de julio y agosto.

Solitarios entre sendas antiguas, ya abatidas por el agua, que arrolla la ladera y suaviza las formas. Esquivos ante cualquier presencia humana, semejantes al huidizo gallo del bosque, asustadizo y gritón, que anuncia a todos de la presencia de un extraño, temiendo el que pudiera poner en peligro esta vida salvaje en tierras domesticadas. Nos sentimos tal véz, fantasmas de la cultura, que yace en cada testigo, entre ruinas de piedras y abracijo de viejos hierros de herraduras, apeos ó cerraduras, desenterrados a golpe de vista caminando por donde vivieron los abuelos.

Es el rito de la vida, festejado en tantas fiestas de primavera de nuestros pueblos. Son notas de música y letras de poesía que hablan de la necesidad de no olvidar cual es nuestra casa y el compromiso de conservar nuestro hogar, como sin conocer tan siquiera los términos de desarrollo sostenible -hoy en boca de todo el que se precie de querer salvar lo rural-, los viejos, ya muertos, en su empeño en dejar un tierra útil a sus hijos, trabajaron con ahínco. Su medio de vida, simplemente quizás porque no tenían técnica para cambiar el mundo y porque esta no superaba a su pensamiento, no deshizo los surcos de una tierra y hoy abandonada es capaz por si sola de recuperar su sabor silvestre. Un sabor silvestre que rezuma para quien desde la ciudad no solo busca aire, si no una salida a un modelo único, capaz de ridiculizar lo diferente solo por serlo y al que le falta pasado. El pasado con quien queremos identificarnos quienes perdimos nuestro pueblo, abatido por la aldea global, que arrojo al pozo del olvido las sombras de esos fantasmas, que cada primavera reviven el milagro de la vida.  

LA HUERTA Y EL RÍO

Escribí varios artículos sobre itinerarios cercanos a la ciudad de Teruel -Caminando por Teruel-, donde entremezclaba paisaje con recuerdos de mi infancia.

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Los montones de estiercol se amontonaban en las eras. Época en que la basura no abundaba, todo se aprovechaba: las sobras de comida para los animales; los botes de conserva para bebederos y macetas; las bolsas de los comercios se daban con cuenta gotas, ajustado el precio no se podían regalar y además de nada servían, si todos acudían a la tienda con capazos de cáñamo, donde se guardaba, envueltos en papel de estraza, garbanzos, lentejas o judías, vendidos a granel desde sacos que llenaban la tienda, o desde pequeños cajones donde se almacenaban.

Diariamente, cada vecino sacaba el ciemo de sus animales (gallinas, conejos, alguna cabra). Cada cierto tiempo, él mismo o el labrador a cuyo huerto iba destinado, lo mimaba con esmero volteándolo con la horca, aireándolo para ayudar a la inmensa vida de insectos cuyo trabajo lo desmenuzaban en elementos digeribles por las hortalizas. Millones de insectos, encargados de descomponer el estiércol  eran alimento de gorriones, lavanderas, burbutas, erizos, y otros seres que convivían cercanos a nosotros. Los zagales, no ajenos a aquel bullicio que nos rodeaba, poníamos cepos con cebo para capturarlos. Más que la exquisitez del plato de pajaritos fritos, era el reto de vencer a lo salvaje, proclamarnos reyes de la naturaleza, depredadores que debíamos ocupar el vértice de la cadena trófica.

En carros ó en los serones, que cubrían el espinazo del burro, a través de San Julián, cuando no era calle, sino rambla, que cada año ahondaban las tormentas, el estiércol se llevaba al huerto de la vega del Turia camino de Villaspesa, atravesando los arcos hacía los Franciscanos llegaba hasta la vega del Guadalaviar, camino de San Blas, ó, por el río Alfambra hacia las huertas de los Baños o las de las Atarazanas. Eran tiempos donde el trabajo no se cobraba en horas, si no en fruto que daba. Cada cual sembraba sus hortalizas, de donde salía el tributo en patatas o en lechugas al vecino que ayudaba a aumentar el montón de ciemo en la era. Nadie se quejaba de olores, porque la alimentación de los animales no generaba los efluvios que hoy dan los piensos compuestos, ó, porque vivíamos más identificados con la naturaleza.

El río, vecino de nuestra huerta, estaba limpio. A él no iban cloacas cargados de los restos que no queremos enturbie nuestra limpia casa. El agua de riego era clara y en el cauce abundaban infinidad de peces, gobios, barbos, truchas. Quienes al amanecer abrían la tajadera de la acequia, se cruzaban con la nutria nadando contra corriente, con el pájaro de cola corta, pico largo y color azul y ocres, que pescaba peces lanzándose en picado, sumergiéndose bajo la burbuja de agua, que había dejado al respirar.

En abril se daban cita  en la ribera  los hortelanos que preparaban sus planteros y los buscadores de caracoles y el de espárragos silvestres. En Octubre acudían los zagales del instituto, que hacían novillos para robar membrillos. Y lo largo de todo el año no faltaban  aquellos otros que, sin el esfuerzo del trabajo en cultivar, también querían hortalizas frescas sin tener tierra ni ganas de trabajarla.

La huerta y el río, entre sotos de fresnos, sauces y chopos, a través de sendas entre cornejos y majuelos, que los pescadores abrían para llegar a la orilla, eran lugar de contacto de tertulias, de relaciones humanas, que para eso nació la ciudad. Las gentes mantenían contacto con estos lugares frescos y bellos. En ellos es posible saborear el cambio de las estaciones, con un mosaico de colores e infinidad de olores de una vegetación frondosa, un oasis rodeado de arcillas y yesos en cerros secos y yermos.

A finales de los setenta del siglo pasado, junto con el resto del país la ciudad se modernizó con nuevas costumbres. A las gentes les comenzaron a molestar los montones de ciemos en las eras. Las tubería comenzaron a partir cargadas de agua sucia con destino al río, y las basuras de lo inservible se fueron acumulando en cualquier rincón, con tal de que estuviera alejado de la casa, donde las torrenciales lluvias veraniegas las alejaran a sitios donde no viéramos. Llegaron las  hortalizas de los invernaderos del Sur y preferimos colgar la azada, para dedicar nuestro ocio en visitar con el carrito los supermercados, en unas tardes de fin de semana iluminadas por el fluorescente y ventiladas por el aire acondicionado. Los huertos se quedaron yermos o se poblaron de varas de chopos, para las serrerías. Pero la huerta y el río no se mueren. Quizás más sucios, quizás sin gentes, esperan impasibles nuevos tiempos en que los recuperemos como algo importante en nuestra vida.

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Al elaborar un ideal podemos dar por supuesto lo que deseamos, pero es necesario evitar las imposibilidades.

VI. MADEJAS DESHECHAS

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Para San Juan cada año había que esquilar las ovejas. Liberarlas de esa costra de fibra enredada con trozos de aliaga, apelmazada de grasa, humedad y suciedad acumulada en el roce de tantas noches de invierno pernoctando en la paridera entre el vaho de su respiración, del calor desprendido del cuerpo y del ciemo acumulado en el suelo. Tras trabarle las patas, bien sujeto el animal, con tijeras bien afiladas se iban separando de la piel la lana crecida a lo largo de todo un año.

La lana se lavaba para extraer toda la porquería. Se preparaba en vellones para continuar su proceso de escarmenado, estirando la fibra con cardadores, con cuidado de no cortarla, y con el huso y la rueca torcerlas después para obtener el hilo.

La mayor parte del vellón obtenido, una vez seco, se guardaba en sacos para llevarlos a las fabricas de Nogueruelas, donde se solía intercambiar por paños de mantas ya tejidas. Siempre quedaban varios kilos, que se trabajaban en la masada. En invierno se tejían con él calcetines y alguna chaqueta con hilo en crudo sin teñir. El hilo se guardaba en madejas y antes de tejer se enrollaba en ovillos. En el proceso, como en la vida, siempre se cortaba alguno y se improvisaba el arreglo con la intención de que apenas se notará la herida.

Nació en aquella masada. Todos sus recuerdos le unían a aquel lugar, sin saber distinguir si los eran propios o escuchados en las tertulias nocturnas junto al fuego de la cocina, también recostados en la sabina en tardes soleadas mientras guardaban las ovejas en las lomas.

Sabía del conocido Barranco del Lobo, porque un invierno, de no se sabe cuando, encontraron las albarcas de un masovero que había ido a visitar a la novia. Al regresar, abriéndose paso en la nieve, una manada de lobos le atacó. Lobos ya no existían desde hacía décadas, pero se mantenían presentes en el terreno junto al miedo amamantado de los cuentos contados a los niños.

Ocurría en ocasiones, que los masoveros al amanecer salían con las caballerías cargadas y en la tarde las mulas y burras regresaban solas sin que se supiera del hombre hasta que pasado el tiempo se recibía una carta llegada de lejos indicando que no lo esperaran. Quedaban mujer e hijos solos. Los pequeños solían repartirse entre las masadas donde los acogían como criados. Su vida no mejoraba mucho, sobrevivían porque su trabajo era recompensado con la comida y un rincón en el pajar donde dormir.

El Barranco la Sima aún guardaba las muescas en la roca donde a ambos lados de la pared caliza se cerraba con ramas para convertirlo en improvisado corral donde escondían los rebaños al llegar noticias de que por la zona merodeaban partidas de carlistas o fuerzas del ejercito isabelino. Unos y otros, también los bandoleros que andaban agrupados en cuadrillas por la sierra y no dudaban en hacer de mercenarios de un bando u otro, se alimentaban con el decomiso en las masadas.

En las paredes de la masada, incluso en los años cuarenta con la aparición del maquis, existían los dobles fondos de paredes para ocultar los jamones y la conserva. Este suplemento de comida rica en proteínas era imprescindible para los meses de verano en que el trabajo de la cosecha consumía el cuerpo de segadores de casa y de jornaleros llegados de Castilla para ayudar en el trabajo; el resto del año el rancho diario eran patatas o gachas de harina tímidamente adornadas de alguna tajada de tocino y saboreadas con grasa de cerdo, en ocasiones con carne de alguna oveja vieja que se despeñaba al cruzar algún mal paso de ladera con gredas.

Los recuerdos no encuentran una fecha para saber el momento en que el molino de Remolin dejó de alimentarse del agua de la acequia que bajaba desde la represa del Estrecho. El agua se paraba con troncos de pino incrustados en las oquedades hechas en las rocas para encajarlos, tapando las grietas con barro y musgo. Tampoco se sabe cuando el Barón dejó de obligar a bajar a moler a sus molinos en la orilla del río Alfambra en Teruel.

Él siempre había conocido moler el grano en los molinos del río Mijares en Valbona. Desde mozo por la mañana partía con los mulos cargados con sacos de centeno y regresaba al día siguiente con los mismos sacos cargados de harina. En el camino había quedado “la maquila” que cobraba el molinero.

Cuando partía por la mañana al pasar por las masadas tapaba la chimenea con unas losas. Cuando sus inquilinos se despertaban un poco más tarde y encendían la lumbre, les revocaba el humo. Ya sabían que él había pasado, también que regresaría mañana a saludarles. En la masada Blanca de Valbona conoció a su mujer. Festejaron y terminaron en matrimonio. La mujer dejó a sus padres y hermanos en la masada donde había nacido para ocupar su puesto en la de su marido.

Como en cada una de las generaciones de esta tierra, las alegrías de los días del noviazgo se irían agriando en el día a día de vivir y sacar adelante a una familia en estas inhóspitas tierras rodeadas de mucha leña y poco generosas al dar pan.

Los años felices, mientras los hijos crecían, se fueron agriando conforme se fueron casando y la casa se iba llenando de varias familias unidas por la sangre pero con muchos estómagos que llenar. La suegra ejercía dura disciplina con las nueras y la tensión crecía conforme llegaban nuevos niños que alimentar.

Poco a poco comenzaron a marchar de la masada. Hasta su generación, normalmente para San Miguel, en que se consolidaban los contratos entre los medieros y los amos, se lograba apañar alguna masada que quedaba libre para que un hijo y su familia se independizará de la masada de los padres. Conforme avanzó el siglo veinte, los masoveros cuando partían de la masada de sus padres lo hacían rumbo a la ciudad en busca de un jornal y otro tipo de vida.

Antes de amanecer envolvió a los hijos en mantas y los recostó en los serones de la mula. Tirando del ramal de las caballerías con una mano y con la otra apretada a la de su mujer envuelta en un mantón negro, emprendieron el camino a Teruel donde con el dinero ganado unos años antes en su viaje a California y en la estancia de ella de nodriza en Barcelona habían comprado una casa en los arrabales.

La tarde anterior marco el límite de la convivencia de la familia en la misma casa. Demasiado carácter el de la vieja abuela, tan diferente al de su marido, siempre paciente y con buen humor. Incapaz de tolerar ningún desliz entre las nueras; más si volvieron de nodrizas desde Barcelona con vestidos modernos y nuevos, guardados en los baúles para volver a vestir las sayas negras.

La niña se tapó con el mandil la cara cuando vio a la abuela pegar en la espalda a la madre. Estaba jugando en la cocina, la madre fregaba en los barreños, la abuela entró directa desde los corrales, nunca nadie supo porque, al igual que golpeaba a los toros en las ancas, para que se apartaran del abrevadero cuando acudía a llenar el cántaro, le lanzó un puñetazo en el costado que le estremeció todo el cuerpo y a punto estuvo de tirarla al suelo. Un recuerdo que la niña ya nunca olvidaría, aún cuando volviera a vivir con la abuela durante dos años en que la guerra separó a madre e hija.

No fue fácil el cambio pero al menos en la casa reinaba la paz cada noche. Una huerta para sacar las patatas del año, las hortalizas en verano, las coles en invierno; unos campos de secano que apenas daban para la ración de la burra. El trabajo diario de lavandera de algunas fondas. El del almacén de plátanos del marido. Los cerdos del corral, alimentados con las boñigas de burros y machos, recogidas en las calles del barrio de las que terminaban de aprovechar los puercos el grano que el estomago de los equinos no terminaba de digerir; con las sobras de las fondas donde algún conocido cada día apartaba lo aprovechable; con los plátanos del almacén que ya no podrían venderse. Todo para sacar adelante dos hijos.

Los cimientos de la vida volvieron a temblar apenas cinco años después, cuando la guerra se extendió y atravesó estas tierras del sur de Aragón.

Supo que en Cataluña las cosas no iban mejor, cuando una mañana llamó a la puerta un señorito bien vestido. Escucho decir a los vecinos que venía desde Barcelona con noticias de su cuñada, que años atrás, muchos años atrás, dejó las sayas negras de la masada y los trabajos con la tierra y las bestias en busca de un sueño en la ciudad. No se fió de aquel hombre, sin duda perseguido por los movimientos obreros de Barcelona, que intentó refugiarse en una ciudad ocupada por las fuerzas rebeldes al gobierno. No le abrió la puerta.

La vida en la ciudad no tenía grandes sobresaltos, salvo cuando al amanecer se oían disparos de fusiles, que no venían del frente sino de la retaguardia. “Sacas” con un destino en la fosa común de Caudé; hubo quién anotó cada uno de los disparos que escuchó y su diario sirvió años después para valorar el número de muertos allí arrojados.

Había también los rumores continuos de chavales, que apenas dejada la adolescencia abandonaban territorio fascista para enrolarse en el ejército de la República. Aquel quince de Mayo de mil novecientos treinta y siete, era la noticia en el Arrabal. El lechero de la masada de la Cuesta la Cera, cerca de San Blas, junto a otro chaval del pueblo, habían desaparecido camino de Torrebaja, en busca del terreno todavía ocupado por los republicanos.

Otras familias en Teruel permanecieron juntas en al ciudad hasta que fue tomada por el ejercito fiel al gobierno. Pero su vida también sufrió enormes sobresaltos. Hombres mayores, no aptos para el frente, eran reclutados, uniformados con un brazalete en el brazo, para recoger los cadáveres tras la batalla que cada noche se libraba en las inmediaciones del cementerio, por donde entraba la carretera de Alcañiz, y desde donde una vez tomado los altos del muletón de Celadas lanzaron el ataque para la toma de la ciudad las tropas de choque internacionales de la Brigada Lincoln apoyando al cuerpo del ejercito de Lister, que sería el que oficialmente entraría, porque no querían que aquellos llegados desde los barrios obreros de Glasgow, Alemania, Francia, Polonia, EEUU…. aparecieran en las fotografías en las que la prensa proclamará al mundo la toma de la primera ciudad rebelde por el ejercito republicano.

Algún niño cuya vida hasta entonces había cabalgado entre ir a la escuela, acudir al ensayo de la banda de música, donde tocaba el trombón de barras y el bombardino, y jugar en la calle, comprendió que su vida giraba hacía la tempestad cuando, escondido en el refugio del tozal, al que había acudido tras levantarse de la cama al oír las alarmas que anunciaban la llegada de la aviación que bombardearía Teruel, escondió en una grieta dos monedas de plata que conservaba en el bolsillo de su pantalón, entre los ladrillos de la pared, dejando junto a ellas toda su infancia y adolescencia arrebatada por la guerra que comenzaba en la que, antes de ser evacuado de la ciudad, terminaría también él participando junto a la banda de música que acompañó para alguna jura de bandera de soldados rebeldes en la pequeña aldea de El Campillo. Acababa de regresar del pueblo su hermano mayor, donde había quedado de criado cuando el resto de la familia salió para establecerse en la ciudad con la esperanza de mejorar su vida, y volvían a separarse porque por convicción o por obligación se había alistado con los republicanos en el cuerpo de carabineros con apenas dieciséis años cumplidos.

Los masoveros de Escriche y los del pueblo de Corbalán habían observado cambios en las fuerzas republicanas. Las milicias anarquistas ya habían sido integradas en el ejército popular. La disciplina en los mandos se había impuesto, y para los masoveros supuso un alivio, porque ahora se pagaban las ovejas que el ejercito requisaba, se respetaban los campos e incluso las obras del rancho de los campamentos de la Gasconilla y del matadero de Corbalán se repartía entre la población civil, en un intento de compensar a aquella gente que sufría vivir en un campo militar. Los niños de aquellas masadas eran vistos con simpatía y compasión por los soldados, que no entendían porque su infancia, ya antes de la guerra, se cargaba con tanto trabajo y responsabilidad respeto a los niños de la ciudad de donde venían.

La niña separada de su madre por una línea de frente que cruzaba por las cárcavas de arcillas en Valdecebro, maduraba día a día, asumiendo el papel de madre para su hermano pequeño. Aunque el miedo a las tropas siempre les acompañaba, comenzaba a acostumbrarse a la calma de una situación que no era normal, por que no podía ser normal estar en guerra. Nadie le hablaba de las barbaridades, pero ella las oía, en las conversaciones entre sus abuelos, sus tíos y su padre, entre las conversaciones de los soldados que junto a la masada pasaban de camino y de regreso de las primeras líneas en la rambla del río seco, de los altos de Corbalán. Una mañana cuando con la burra se acercaba sola, con apenas doce años, al bajar de La Hita antes de llegar a La Zarzosa y pasar junto a un destacamento que abrían un camino por el que transitar camiones y tanques que pudieran llegar desde el Puerto de Escandón por los altos de Cabezo Alto, les oyó escuchar a los soldados comentar su incredulidad al ver a una niña viajar sola. Le preguntaron donde iba y les contestó que iba a recoger el correo a Corbalán, que esperaban carta de su tío que estaba en el frente del Ebro. Se lo comentó al padre, éste le contesto que tenían razón, que ya no volvería a ir sola al pueblo.

El padre se acercaba con el ganado hasta el Mas de Bonet, esperando encontrarse a alguien que hubiera pasado desde Teruel y pudiera darle noticias de su mujer, miraba la rambla del río seco. Aquel paisaje le traía siempre recuerdos de separación. Cuando marcho a cumplir el Servicio Militar a Algeciras, y no volvió en varios años.

Aquellas cuestas también le recordaban cuando unos años antes de partir a América, acompañó en paso despacio junto a su hermana que incapaz de seguir esa vida, de convivir con el silencio de la madre, autoridad de la casa, soñaba con el mundo que cada verano veía en la ropa, en la piel, en el carácter de la Baronesa cuando acudía a la Casa Grande de Escriche a veranear. Sin embargo no fue ella voluntariamente quien definitivamente abandonó todo lo que tenía. Fue una sentencia de destierro la que la lanzó hacía un destino incierto del que no volvió. No servía quedarse en el pueblo cercano, sirviendo en casa de alguno de los pequeños señores, necesitaba alejarse para saber si existe otro mundo mejor y quizás encontró que lo hay para algunos, aunque el destino de los suyos es caer presa de la esclavitud. Allí, junto al puerto, donde parten los barcos hacía el otro lado del mar, no encontró peor amo, que aquel pobre endiablado que sobrevive esclavizando a pobres como ella.

Entre tanto sufrimiento el negro acompaña a estas gentes. Sus ropas polvorientas siempre son negras. Aquellos que los miren apreciarán siempre tristeza. Aunque las primaveras traigan esperanza, cada verano marchita de nuevo los rebrotes que puedan dar color a su vida.

Ese negro lo viste, ochenta años después, la adolescente urbana, que desde el anden espera el tren de cercanías rumbo a la Universidad, en solidaridad con aquellos que no ocupan un espacio digno en una sociedad desigual que no reparte con equidad la riqueza lograda conforme el país se incorpora al mundo desarrollado en una economía de mercado capitalista. Una sociedad que en su culto al consumismo en muchas ocasiones olvida la necesidad de un estado de bienestar que de igualdad de derechos a todos sus ciudadanos.

La recién licenciada antropóloga pretende estudiar la historia de las gentes pobres de una tierra que solo conoce de oídas. De los relatos contados por su abuela mientras la cuidaba cuando era niña los días en que su madre antes de ir al trabajo la dejaba en su casa, en el Barrio Gótico de Barcelona. Historias de la masada en la montaña, de las que su abuela ocultaba las desgracias que vivió, hasta que un buen hombre, un represaliado republicano que reconstruía de nuevo su vida, la rescató. Con aquel hombre la abuela pudo vivir el amor que la vida siempre le había robado, un recuerdo de un tiempo breve vivido con él, guardado como un tesoro en su corazón. Jamás podrá olvidar a su marido,  a quién la tuberculosis, recogida en las trincheras y en los campos de concentración, se llevó sin dejarle conocer  la democracia en  el país por el que había luchado.

No se quitará el negro hasta que entre las ruinas de las masadas, entre los pinares que invaden campos abancalados, comience a entender a la generación de hombres y mujeres que vieron hundir el barco de su vida embestido por desgracias y penalidades. Masoveros que en la escasez y el aislamiento gestaron una cultura capaz de obtener de las ásperas tierras los recursos para vivir, para generar un tejido social sustentado en la ayuda de los vecinos, en el sentirse miembros de una comunidad que se necesitaba para sobrevivir. Una cultura que, a pesar del transcurso de los años, todavía nos genera empatía a quienes vemos las masadas en ruina. Cerramos los ojos y creemos oír los murmullos de las familias que a lo largo de varios siglos vivieron en las Sierras del Maestrazgo y de Gudar, trabajando una tierra que no era suya con un contrato de arriendo en que debían aportar la mitad de lo producido al amo.

¿Dónde estamos?

Si alguien ha relatado el ocaso de la cultura rural europea, al ritmo que  impone la modernidad, es John Berger. Habitante adoptivo de Los Alpes. Plasmó el éxodo rural europeo en su trilogia “Puerca Tierra”.

De este, autor, habitual columnista en prensa progresista del todo el mundo, me permito transcribir este articulo, que se publicó en el diario “El Pais”, a raiz de la guerra contra Irak, iniciada por los EEUU de America, preludio de la radicaliación islamista y los neocom americanos, y de ello el colapso que supuso para todos el atentado de las Torres Gémelas de Nueva York.

La amenaza del cambio climático ha abierto un interés por los cambios con que debemos comprometernos en nuestra vida para prevenir un futuro desolador. En ello estábamos desde el movimiento ecologista, pero aquel atentado ha marcado la evolución del mundo, por desgracia hacia la guerra.  Es difícil  que la humanidad nos centremos en definir nuevos hábitos para garantizar la salud del Planeta, si andamos matándonos en guerras. Y a su vez estas derivan de un modelo insostenible en la gestión de los recursos del Planeta, de las consecuencias  que ocasiona el mundo desarrollado a los sistemas ambientales de la Tierra, de la falta de equidad y justicia entre las naciones y sobre todo la injusta desigual distribución de la riqueza  con los privilegios de una minoría sustentada en la explotación de la mayoría pobre.

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¿Dónde estamos? 



JOHN BERGER

John Berger es escritor y crítico de arte británico residente en Francia; autor, entre otros libros, de las novelas King y Hacia la boda, y de los ensayos El sentido de la vista y Modos de ver.

Traducción de Pilar Vázquez.

Quiero decir algo, al menos, sobre el sufrimiento que existe hoy en el mundo.

La ideología del consumo, la más fuerte e invasiva del planeta, se propone convencernos de que el dolor es un accidente, algo contra lo que uno se puede vacunar. Ésta es la base lógica de su crueldad.

Todos sabemos, sin duda, que no hay vida sin dolor, y todos queremos olvidar este hecho, o relativizarlo. Todas las modalidades del mito de la Pérdida de la Edad de Oro, en la que no existía el dolor, no son más que una forma de relativizar el dolor que se sufre en la Tierra. Lo mismo que la invención de ese reino contiguo, el del sufrimiento como castigo, el Infierno. Y que el descubrimiento del sacrificio. Y después, mucho después, el del perdón, el más importante. Se podría decir que la filosofía empezó con una pregunta: ¿por qué hay sufrimiento? Sin embargo, hecha esta salvedad, el sufrimiento que se vive hoy carece, tal vez, de precedentes.

Escribo en la noche, aunque es de día. Un día de principios de octubre de 2002. El cielo azul ha brillado sobre París durante casi una semana. Cada día anochece un poco antes y cada día la puesta de sol es increíblemente hermosa. Tal vez próximamente las fuerzas militares estadounidenses lancen un ataque ‘preventivo’ contra Irak, a fin de que las grandes compañías petroleras norteamericanas puedan hacerse con unas reservas de crudo nuevas y supuestamente más seguras. Escribo en la noche de la vergüenza.

 No me refiero a un sentimiento de culpa individual. Empiezo a entender que la vergüenza es un sentimiento que a la larga corroe toda capacidad de esperanza e impide mirar a lo lejos. Bajamos la vista, nos miramos los pies y pensamos sólo en el paso siguiente.

En todas partes, bajo muy distintas circunstancias, todo el mundo se hace las mismas preguntas: ¿dónde estamos? Es una pregunta histórica, no geográfica. ¿Qué estamos viviendo? ¿Adónde nos llevan? ¿Qué hemos perdido? ¿Cómo vamos a seguir adelante sin una visión del futuro medianamente plausible? ¿Por qué hemos perdido toda visión de lo que supera la duración de una vida?.

Los expertos ricos responden: la globalización. La posmodernidad. La revolución en las comunicaciones. El liberalismo económico. Estos términos son tautológicos y evasivos. A la angustiada pregunta de ¿dónde estamos?, los expertos apenas murmuran: ¡En ningún sitio!.

¿No sería mejor ver y declarar que estamos viviendo el caos más tiránico -por su poder de difusión- que haya existido nunca? No es fácil comprender la naturaleza de esa tiranía porque su estructura de poder (que abarca desde las 200 multinacionales más grandes hasta el Pentágono) es compacta y cerrada, pero difusa; dictatorial, pero anónima; ubicua, pero materialmente ilocalizable. Tiraniza desde un limbo exterior, y no sólo en los términos de las leyes fiscales sino también de la política, ya que no se somete más que a su propio control. Su objetivo es despojar al mundo entero de sus raíces. Su estrategia ideológica -comparada con la cual la de Bin Laden parece un cuento de hadas- es socavar lo que existe hasta que se derrumbe y convertir entonces las ruinas en su particular versión de lo virtual, un dominio, el virtual, cuya fuente de beneficios -y éste parece ser el credo de la tiranía- será inagotable. Suena estúpido. Pero las tiranías son estúpidas; y ésta está destruyendo la vida del planeta en el que opera. A todos los niveles.

Aparte de la ideología, su poder está basado en dos amenazas. La primera es la posibilidad de que el Estado con mayor fuerza militar del mundo se nos caiga encima desde el cielo. Se la podría denominar Amenaza B 52. La segunda la constituye la deuda, la bancarrota, y de ahí que, teniendo en cuenta cómo se establecen hoy en el mundo las relaciones de producción, se la pueda llamar Amenaza Cero.

 La vergüenza nace cuando uno se ve obligado a protestar, a reclamar lo evidente: que gran parte del sufrimiento actual se podría aliviar o suprimir si se tomaran unas medidas realistas y relativamente sencillas (en algún lugar de nosotros mismos todos reconocemos la obligación, pero la obviamos por pura impotencia).

¿Se merece nadie ser condenado a una muerte segura sólo por no tener acceso a un tratamiento cuyo coste no llegaría a dos dólares diarios? Esto se preguntaba el pasado julio la directora de la Organización Mundial de la Salud. Hablaba de la epidemia de sida en África y otras partes del mundo, la cual se estima que causará la muerte de 68 millones de personas en los próximos dieciocho años. Estoy hablando del dolor de vivir en el mundo hoy.

La mayor parte de los análisis y los diagnósticos de lo que está sucediendo se hacen, lo que no deja de ser comprensible, en el marco de una disciplina concreta: la economía, la política, la sociología, la salud pública, la ecología, la defensa, la criminología, la educación, etcétera. En la realidad, en lo que se está viviendo de verdad, todos estos campos se unen en un campo único. Sucede que las personas sufren en sus vidas las consecuencias de unos males que están clasificados en categorías separadas, y los sufren de forma simultánea e inseparable.

Un ejemplo de ahora mismo: los kurdos que llegaron recientemente a Cherburgo, corriendo el riesgo de ser repatriados a Turquía al haberles denegado el Gobierno francés el asilo político, son pobres, ilegales, indeseables políticamente, carecen de un lugar al que ir y no son clientes de nadie, no tienen quien los proteja. Y sufren todo ello al mismo tiempo.

Es necesario tener una visión interdisciplinar de lo que está sucediendo, porque es necesario conectar esos ‘campos’ que institucionalmente se mantienen separados. Y toda visión que intente conectarlos será necesariamente política (en el sentido original de la palabra). La condición esencial para pensar en términos políticos a escala global es ver la unidad del sufrimiento innecesario que existe hoy en el mundo. Éste es el punto de partida.

Escribo en la noche, pero no sólo veo la tiranía. Si así fuera, probablemente me vencería el desánimo y no podría continuar. Veo a la gente durmiendo, revolviéndose en la cama, levantándose a beber, susurrando sus proyectos o sus miedos, haciendo el amor, rezando, cocinando mientras duerme el resto de la familia, en Bagdad, en Chicago. (Sí, claro que veo también a los cuatro mil luchadores kurdos que fueron gaseados -con el beneplácito de Estados Unidos- por Sadam Husein.) Veo trabajar a los pasteleros de Teherán, y veo a los pastores de Cerdeña, tenidos por bandoleros, durmiendo junto a sus rebaños. Veo a un hombre en pijama en el Friedrichshain de Berlín leyendo a Heidegger frente a una botella de cerveza, y tiene manos obreras; veo una patera de inmigrantes ilegales en las costas españolas, cerca de Cádiz; veo a una madre de Mali, llamada Aya, que significa Nacida en viernes, acunando a su bebé; veo las ruinas de Kabul y a un hombre volviendo a casa, y sé que, pese al dolor, el ingenio de los supervivientes no se deja mermar. Es un ingenio que rebusca y recolecta energía, y estoy convencido de que la incesante astucia de este ingenio encierra un valor espiritual, algo semejante al Espíritu Santo. Estoy convencido, aunque no sepa por qué.

El siguiente paso es rechazar el discurso de la tiranía. Los términos que utiliza son basura. Democracia, Justicia, Derechos Humanos, Terrorismo son los términos recurrentes en los discursos interminables y repetitivos, en los comunicados, en las conferencias de prensa, en las amenazas. Y cada palabra en ese contexto significa lo opuesto al sentido que tuvo en algún momento. Se ha traficado con ellas y se han convertido en palabras clave del código secreto de las mismas bandas que se las han robado a la humanidad.

La democracia es una propuesta (que raramente llega a hacerse realidad) relativa al proceso de toma de decisiones. Lo que promete es que las decisiones políticas habrán de tomarse tras haber consultado a los gobernados y a la luz de la consulta. Su funcionamiento depende de que los gobernados estén adecuadamente informados de las cuestiones sometidas a decisión y de que quienes han de tomarla tengan la capacidad y la voluntad de escuchar y de tener en cuenta lo que han oído. No se debe confundir la democracia con la ‘libertad’ que proponen las opciones binarias, la publicación de las encuestas de opinión o el amontonamiento de los ciudadanos en cifras estadísticas, pues todo ello es precisamente el material empleado para guardar las apariencias.

Hoy las decisiones fundamentales, unas decisiones que son las responsables del sufrimiento innecesario que existe cada vez en mayor grado en el planeta, han sido y son tomadas unilateralmente, sin participación o consulta abierta.

¿Cuántos ciudadanos estadounidenses, por ejemplo, habrían dicho ‘Sí’ , de haber sido consultados, a la retirada de Bush del Acuerdo de Kioto, en el que se intentaba poner freno a las emisiones de dióxido de carbono que causan un efecto invernadero que ya ha empezado a provocar inundaciones desastrosas en muchas partes del planeta y que amenaza con causar aún mayores desastres en los próximos veinticinco años? Sospecho que una minoría, pese al poder de los medios de comunicación para encauzar la opinión.

Hace poco más de un siglo que Dvorak compuso su Sinfonía del Nuevo Mundo. Cuando la escribió, era director de un conservatorio de música de Nueva York, y la propia sinfonía le llevó a componer, ocho meses después y todavía en Nueva York, su sublime Concierto para Violoncelo. En la Sinfonía, las colinas que se pierden en el horizonte de su Bohemia natal se convierten en las promesas del Nuevo Mundo. No es grandilocuente, pero sí insistente y ruidosa, pues describe los anhelos de quienes carecen de poder, de aquellos a quienes se denomina erróneamente ‘pueblo llano’, de aquellos a quienes estaba destinada la Constitución estadounidense de 1787.

Pocas obras de arte que yo conozca expresan de una forma tan directa y, sin embargo, tan brusca (Dvorak era hijo de campesinos, y su padre soñaba con que se hiciera carnicero) las creencias que llevaron a una generación tras otra de inmigrantes a convertirse en ciudadanos estadounidenses.

Para Dvorak, la fuerza de esas creencias era inseparable de una ternura característica, de ese respeto por la vida que se ve por doquiera que se mire en la intimidad de los gobernados (a diferencia de los gobernantes). Y con este mismo espíritu fue recibida la Sinfonía cuando se interpretó por primera vez el 16 de diciembre de 1893 en el Carnegie Hall.

En una ocasión le pidieron a Dvorák su opinión sobre el futuro de la música norteamericana, y él recomendó a los compositores estadounidenses que escucharan la música de los indios y los negros. La Sinfonía del Nuevo Mundo expresa un optimismo sin fronteras, que, paradójicamente, es acogedor, pues gira en torno a la idea del hogar. Una paradoja utópica.

El poder del país que inspiró esas optimistas esperanzas ha caído hoy en las manos de una camarilla de fanáticos (que quieren limitarlo todo, salvo el poder del dinero), de ignorantes (que sólo reconocen la realidad de su poder armamentístico), de hipócritas (que en sus juicios éticos utilizan dos medidas, una para nosotros, otra para ellos) y de crueles maquinadores que proyectan los B52. ¿Cómo ha llegado a suceder esto? ¿Cómo han llegado a donde han llegado Bush, Murdoch, Cheney, Kristol, Rumsfeld etcétera… y Arturo Ui? La pregunta es retórica, pues no tiene una única respuesta; y es ociosa, pues por ahora ninguna respuesta podrá hacer ni la más mínima mella en su poder. Pero el hecho de que uno se la haga así en la noche revela la enormidad de lo que ha sucedido. Estamos escribiendo sobre el sufrimiento que existe hoy en el mundo.

El mecanismo político de la nueva tiranía, aunque para funcionar requiera una tecnología muy sofisticada, es tremendamente simple. Usurpar las palabras Democracia, Libertad, etcétera. Imponer por doquier, sin tener en cuenta los desastres que pueda provocar, el nuevo caos económico con el que se enriquecen unos empobreciendo a otros. Garantizar que todas las fronteras son de dirección única: abiertas a la tiranía y cerradas a los otros. Y eliminar toda oposición por el procedimiento de denominarla terrorista.

No, no he olvidado la pareja que se tiró unida desde una de las Torres Gemelas, en lugar de quemarse separados.

Existe un objeto que parece un juguete de fabricación barata -no llega a los cuatro dólares- y que también es indiscutiblemente terrorista. Se llama mina antipersona.

Es imposible saber a quiénes mutilarán o matarán estas minas, o cuándo lo harán. Hay más de cien millones esparcidas sobre la tierra o escondidas bajo ella. La mayoría de sus víctimas han sido y serán civiles.

La mina antipersona tiene la función de mutilar, más que matar. Su objetivo es crear tullidos, y la metralla que contiene -con este objetivo ha sido diseñada- prolongará el tratamiento médico de sus víctimas y lo hará más difícil. La mayoría de los supervivientes tiene que pasar por ocho o nueve operaciones. Ahora mismo, todos los meses mueren o quedan mutilados a causa de estas minas dos mil civiles.

El propio término antipersona es lingüísticamente asesino. No sólo incluye a todos los civiles, independientemente de la edad, sino que también parece referirse a unas acepciones de la palabra que hacen abstracción de la sangre, los miembros, el dolor, las amputaciones, la intimidad y el amor. Así es como estas dos palabras, unidas a un explosivo, se vuelven terroristas.

La nueva tiranía, al igual que otras también recientes, depende en gran medida de la violación sistemática del lenguaje. Juntos hemos de reclamar las palabras que nos han sido secuestradas y rechazar los nefastos eufemismos de la tiranía; si no lo hacemos, sólo nos quedará la palabra vergüenza.

Pero no es una tarea fácil, pues la mayor parte del discurso oficial es figurado, asociativo, vago, lleno de insinuaciones. Pocas cosas se dicen claramente. Los estrategas militares y económicos saben que los medios de comunicación juegan un papel crucial, no tanto en vencer a los enemigos actuales como en excluir y prevenir el amotinamiento, la protesta o la deserción. La manipulación de los medios de comunicación por parte de cualquier tiranía es un índice de su miedo. La actual vive atemorizada por la desesperación del mundo. Un temor tan profundo que el adjetivo desesperado -salvo cuando significa peligroso- no se utiliza apenas.

Sin dinero todas las necesidades cotidianas se convierten en un sufrimiento.

Quienes nos han hurtado el poder -y no todos ellos están en el Gobierno, de modo que cuentan con la continuidad de ese poder más allá de las elecciones presidenciales- nos quieren hacen creer que están salvando al mundo y ofreciendo a su población la posibilidad de convertirse en sus clientes y quedar bajo su protección. El consumidor es sagrado. Lo que no añaden es que los consumidores sólo importan porque generan beneficios, que es lo único que es verdaderamente sagrado. Y en este juego de manos se encuentra el quid de la cuestión.

La afirmación de que están salvando al mundo enmascara su perfecto conocimiento de que grandes zonas del mundo -la mayor parte del continente africano y una parte considerable de Suramérica- son irredimibles. En realidad, cualquier rincón del planeta que no pueda integrarse en su centro es irredimible. Ésta es la conclusión inevitable del dogma de que la única salvación es el dinero y de que el único futuro global es aquel en el que ponen sus prioridades, unas prioridades que, por más que quieran adornarlas con falsos nombres, no son ni más ni menos que sus beneficios.

Quienes tienen unas visiones del mundo que no coinciden con ésta o unas esperanzas distintas, junto con quienes no pueden comprar y quienes sobreviven día a día (aproximadamente unos 800 millones) son anticuadas reliquias de otra era, o, cuando resisten, ya sea pacíficamente o haciendo uso de las armas, terroristas. Son temidos como si anunciaran la muerte, como si fueran portadores de la enfermedad y la insurrección.

Cuando hayan sido ‘reducidos’ (una de sus palabras clave), el mundo estará unido, asume, en su ingenuidad, la tiranía. Necesita la fantasía de un final feliz. Una fantasía que, en realidad, será su perdición.

Toda forma de protesta contra esta tiranía es comprensible. El diálogo es imposible. Para poder vivir y morir como es debido, hemos de llamar a las cosas como es debido. Reclamemos las palabras que nos han robado.

Esto ha sido escrito en la noche. En la guerra, la oscuridad no está del lado de nadie; en el amor, la oscuridad nos confirma que estamos juntos.

PIEDRA SOBRE PIEDRA

Desde que visité el pueblo abandonado de Santolea siempre me ha llamado la atención los muros de piedra. El trabajo de años,  se derrumba por el abandono de los pueblos desde el  éxodo rural iniciado en los años sesenta del pasado siglo, ante el triunfo de la sociedad urbana, que atrae la población o la expulsa de su tierra para satisfacer sus necesidades. Como es el caso de la gente expropiada para construir pantanos.

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El paisaje de la Sierra de Gúdar ofrece un mosaico de muros de piedra, que durante años han arañado bancales de cultivo a la pendiente de la ladera ó delimitando propiedades de pastos y territoriales.

Se desarrolló el trabajo durante la invernada, que se gestaba bajo los rigores del clima de estas sierras, aprovechando unos recursos, las piedras, que estaban en el mismo terreno y que aparecían en superficie cada año cuando se labraba para sembrar el centeno.

Se desploman las paredes y los bancales se llenan de jóvenes sabinas y pinos. El laberinto de pasos entre fincas, cabañeras de pasos de ganado y vías para comunicarse entre pueblos y masías con caballerías ó andando, hoy se invade de matorral -zarzas, majuelos, rosales y éndrinos-, que teje una barrera infranqueable con púas enfocadas a quien ose atravesarlos. Junto a ellos, la sabina milenaria aguanta impasible, al igual que aguantó cuando hace décadas, los hombres comenzaron a ganar terreno al bosque. Ella, apenas ha variado su aspecto desde entonces, las arrugas de su vejez no se han modificado, quizá algunas raíces se han desnudado al paso de una nueva pista para el transito de tractores y el todo terreno.

Piedras sobre piedras aguantadas con su peso y buscando la cara coincidente para sostenerse en pie –un reto para ajustarse a la segunda ley de la termodinámica -“Entropía”- y mantener el equilibrio, sabiendo que roto éste, el proceso domino se genera sin conocer los resultados finales. Entre ellas huecos rellenos de tierra, donde semillas de plantas encuentran cobijo, refugio entre la competencia, para llegar a un espacio donde germinar. Agujeros donde encuentran abrigo culebras, lagartijas, ratones y pájaros, que precisan de pequeñas cuevas donde hilar con ramas y pajas un nido donde procrear.

Las gentes que levantaron estos muros no pensaban en el nicho ecológico que gestaban. Tampoco eran conscientes de que su actividad era sostenible; tal, que cuando dejaron de sembrar ribazos, aún mantenía la tierra vigor suficiente para que en ella remontara de nuevo el bosque de antaño.

Era el límite del crecimiento, que imponía la técnica. El límite a desarrollarse hasta esquilmar los recursos, fue lo que hizo renovable a estas explotaciones agrarias tradicionales. La misma estructura social era sostenible, sin quererlo. Los arriendos de las masías mantenían los bosques en gestión del propietario, que otorgaba un disfrute para necesidades propias del masovero (leñas, vallas, etc.) y pastos. El bosque, el pinar, era un banco, una reserva de ingresos para cuando hiciera falta, y en aquellos tiempos en que el modelo socioeconómico no demandaba madera, el precio no era alto, y los bosques se conservaron. Previendo las necesidades futuras se ordenaba el territorio: en los arroyos, en las vaguadas más favorables, con más humedad y mejor suelo, se dejaran hileras de pinos centenarios, para el momento en que fuese necesario una buena viga en la construcción de alguna casa; los labrantíos precisaban del barbecho para recuperar la fertilidad del suelo; el tamaño del rebaño lo imponía el recurso de pastos existente.

Hoy esta riqueza natural y cultural esta a nuestro alrededor. No es momento de esquilmar, con el afán rentabilizador a corto plazo, aquello que con buen criterio nos dejaron las generaciones anteriores. Es momento de diseñar un programa de explotación de los recursos, que permitan su mantenimiento a las generaciones venideras. El cómo hacerlo, es labor de todos, atendiendo a las necesidades reales actuales y a la búsqueda de alternativa a un modelo socioeconómico demasiado ambicioso y poco generoso con las gentes que le rodean y con las gentes que han de venir. Se precisa mirar al territorio en toda la amplitud de los recursos que ofrece. Algunos no sólo económicos para el propietario, también de servicios ambientales para el conjunto de la sociedad. La sociedad deberá compensar al propietario por una gestión que permita conservar esos servicios ambientales, condicionado a que este cumpla con una explotación de los recursos que posibilite su conservación. Esta ordenación existe en otras políticas sectoriales, con control publico de la propiedad privada (caza, urbanismo, minas, etc.). Ello viene avalado por la Constitución del Estado, que garantiza el derecho a la propiedad, pero este derecho no reviste caracteres absolutos, sino que se halla delimitado por su función social. Son abundantes los pronunciamientos jurisprudenciales sobre este tema, que no dejan lugar a duda sobre la posibilidad de establecer limitaciones y regular la utilización de bienes de propiedad privada, atendiendo a que estos tienen unos deberes y obligaciones en atención a valores o intereses de la colectividad.

Tenemos hoy la capacidad de estudiar estos modelos de desarrollo y fundamentarlos con criterios científicos, aprovechando diversas disciplinas (economía, sociología, ecología, etc.) para definir, sobre la base de este legado cultural y natural, un modelo de desarrollo capaz de seguir garantizando el futuro de estas sierras.

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La naturaleza ha creado nuestras almas para que éstas comprendan a prodigiosa arquitectura de mundo

CHRISTOPHER MARLOWE, Tamerlán