BARONIA DE ESCRICHE

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Se han iniciado los trabajos para evitar que la Casa Grande de Escriche se hunda y al ver retirar los escombros desde una maquina, pienso se impide dejar tocar las piedras.

Ya no existen artesanos de la piedra y el barro, albañiles capaces de levantar un palacio con tan escasos medios, que hoy desescombran entre el polvo todavía impregnado del sudor de quienes con sus manos lo construyeron.

Amontonar desechos y cascotes exilia hacia el olvido recuerdos que ya nunca retornaran. El viento que recoge los susurros impregnados de palabras sobre el futuro de este espacio, enfrenta voces que hablan de recuperar y conservar el patrimonio histórico y aquellas golosas, sin conocer aún el sabor del pastel comienzan a relamer los beneficios que generarán, las gentes que llegarán, las transformaciones que se ejecutarán, sin valorar y poner la vista en aquello que puede perderse, un paisaje con más de trescientos años.

Se conmata el fluir de la vida, como quedó inutilizada la acequia y desaparecieron los canales de maderas hechos en trabajo a golpe de brazo y hachuela para ahuecar troncos y unirlos con el fin de llevar agua desde los Cinco Caños hasta varias balsas y llegar a las Puertas de la Casa Grande. Secos los Olmos, ya no queda su sombra para refrescar las tardes del verano y los bailes de las fiestas de San Bartolome. Sus cuerpos esqueléticos y resecos apenas pueden dar cobijo a los bandos de piquituertos, que en las mañanas de primavera acuden a saborear las sales del mortero de cal que se desmenuza de las descarnadas paredes de piedra. No quedan voces que expliquen los sentimientos llevados por los masoveros. Sentimientos pesados como las cargas de leñas a lomos de mulos bajando a Teruel para encender los hogares de gentes de las ciudades, ya entonces prendidas del privilegio que otorga vivir arrimado a los centros donde se decide el futuro de tierras y ciudadanos.

Tantas historias contadas por abuelos o chiquillos sentados al calor de la lumbre en las tardes de invierno no han quedado grabadas más que en cabezas de quienes hoy envejecen lejos del lugar. Quizás pronto volvamos a oír gritos y voces de personas acercándose a disfrutar de este paraje. Tememos no sean gentes capaces de desenterrar de la tierra las costumbres modeladoras de estos paisajes. Embutidos en su disfraz de turistas sean incapaces de intentar descubrir el pasado que yace en los recuerdos que surgen de leyendas, de pinturas, de muros de piedra, que jalonan cada rincón de este residuo medieval.

Esas tardes, cuando el cierzo enfría tus manos y repica tu rostro, el silencio hace de juglar y nos habla de tantos hechos que aquí acontecieron y hoy salen del olvido para morir enterrados en un montón de escombros, que yacen junto a una casa a quien quizás no dejan morir en paz.

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Hoy, en el verano del año 2016, las obras iniciadas han dejado irreconocible el palacio histórico. Junto a él un esqueleto de hormigón espera dinero para finalizarlo. Miles de Euros  tirados a la basura,  porque alguien llevó a este rincón rural, un intento de especulación urbanística, que  la realidad se encargo de parar. Aunque el resultado sea la pérdida de este patrimonio histórico y cultural.
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PODRÁ LA SOCIEDAD CIVIL GANAR LA PAZ?

Teresa Burgui y Javier Erro

– IPES –

Artículo escrito por los autores para el Instituto de Promoción y Estudios
Sociales de Navarra (IPES). Publicado en El Diario de Noticias el 5 de abril
de 2003.
Teresa Burgui es ex-directora de la Secretaría Técnica de la Coordinadora de
ONGD del Estado Español (CONGDE).
Javier Erro es profesor del Master de Ayuda Humanitaria de la Universidad de
Deusto e investigador de comunicaciones para el desarrollo.

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La vieja Europa está, además de dividida, desconcertada ante la violenta irrupción de la guerra preventiva. En un mundo unilateral el gobierno estadounidense quiere convertir la lucha contra el hipotético eje del mal y el impreciso terrorismo global en el eje de las relaciones internacionales. Se firma así el acta de defunción del actual sistema de ayuda y cooperación internacional y se lanza un reto sin precedentes a sus actores, principalmente a las Organizaciones No Gubernamentales de Cooperación para el Desarrollo (ONGD). Contemplamos en directo cómo nuestros gobiernos destruyen un país y crean una crisis humanitaria y, al mismo tiempo, nos reclaman que financiamos su reconstrucción y garanticemos la asistencia a sus víctimas. La invasión de Irak nos exige demasiado. Frente la amenaza de una guerra preventiva que se instala permanentemente en nuestra vida colectiva, tendremos que reinventar otras formas de educar para la paz, la cooperación y la solidaridad.

Sólo el gobierno estadounidense está preparado para asumir ese nuevo fenómeno en la historia que es la guerra preventiva. Una guerra de alcance global, porque puede desencadenarse en cualquier punto remoto pero afecta directamente a todo el planeta y atraviesa el espacio aéreo de las ciudades en que vivimos. Una guerra de dimensión total, porque combate en todos los frentes: militar, cultural, social y personal. Una guerra de duración infinita, porque encadena naturalmente las intervenciones: ayer Afganistán, hoy Irak, mañana tal vez Siria o Irán, ya veremos… A los demás, la madre de todas las guerras, nos ha pillado fuera de juego.

La grosería de la guerra preventiva, su bárbara simplicidad, viene a desmontar buena parte de los mitos sobre los que se levantan las relaciones internacionales. La inmoral e ilegal invasión de Irak descubre sin disfraces lo que más o menos todos veníamos intuyendo, pero no queríamos creer: la capacidad del sistema para negarse a sí mismo y violar sus propias reglas del juego, cuando lo necesita. Globalmente ha dinamitando a las Naciones Unidas: cuando no es posible utilizarlas para la barbarie se actúa al margen o contra ellas. Al interior de las fronteras contribuye a erosionar el estado de derecho, levantando dudas razonables sobre el incumplimiento de la letra y espíritu de las constituciones nacionales. Por si fuera poco, los gobiernos que han emprendido esta peligrosa aventura lo han hecho desoyendo y despreciando las voces de los ciudadanos y ciudadanas, una opinión pública a la que incluso algunos intentan criminalizar. Sin duda, la guerra alcanzará uno de sus objetivos: acabar con el Presidente de Irak, Sadam Husein, pero está poniendo en peligro la ya mermada confianza en todo aquello que suene a institucional.

Cuando el Presidente de EE.UU., George.W. Bush declara que para su gobierno la guerra no es un problema de autoridad, no reside en quién está legítimamente autorizado para declararla, sino de voluntad, es decir, de poder militar, y lanza la guerra “por si acaso” (yo te asesino porque siento que tal vez algún día tú puedas matarme), abre oficialmente la veda de la barbarie. Pero también hace algo más: anuncia el final del actual sistema de ayuda y cooperación internacional para el desarrollo y pone el peligro la confianza social en las Organizaciones No Gubernamentales de Ayuda Humanitaria y de Cooperación para el Desarrollo (ONGD).

El trabajo por la paz como base para la lucha contra la pobreza y el subdesarrollo hace tiempo que dejó de ser una prioridad para las ONGD. La iniciativa “Dividendo de Paz”, promovida por la Coordinadora de ONGD del Estado Español (CONGDE), que recoge una propuesta de Naciones Unidas para la reducción de los gastos militares y su inversión en programas de desarrollo, apenas fue secundada por un puñado de organizaciones. Es verdad que manejamos la idea de paz cuando hablamos de educación, pero no cuando trabajamos en proyectos de cooperación para el desarrollo o en intervenciones de ayuda humanitaria y, habitualmente, lo hacemos desde la teoría. Venimos repitiendo sin cesar que la guerra moderna supone la mayor tragedia humana: no sólo porque el 90% de sus víctimas son civiles e inocentes sino, sobre todo, porque destruye el tejido social, las redes familiares y sociales, la autoestima de las personas y, en definitiva, rompe los lazos que permiten sobrevivir hoy y vivir después, y lastran cualquier intervención y proyecto de futuro. Pero, tal vez porque en el fondo las guerras siempre nos resultaron lejanas y ajenas -sucedían en el Sur y nunca serían totales- la lucha contra la guerra y la educación para la paz no atraviesan hoy el quehacer de las ONGD. ¿No habrá llegado ya el momento de cambiar de actitud?.

Por otra parte, en los últimos años las ONGD encuentran cada vez más problemas para que sus mensajes calen en el público. La llamada fatiga de la ayuda puede leerse desde la dificultad creciente con que chocan las ONGD para conseguir que el conjunto de la sociedad financie sus actividades. Pero también puede interpretarse como parte de un proceso de desafección en el que la gente -que es público, sujeto activo; no audiencia, sujeto pasivo- va retirando su confianza poco a poco a aquellas instituciones (del tipo que sean: religiosas, políticas, sindicales, altruistas, mediáticas, etc.) que dicen una cosa pero hacen la contraria. ¿Cómo encajará la ciudadanía que el mismo Norte desarrollado que hace la guerra y siembra el terror global, a la vez, nos llame para que paguemos los platos rotos y asumamos el coste económico y la responsabilidad moral de reconstruir lo que todavía no se ha destruido?. ¿Cómo asumir que la ayuda humanitaria, con sus “inalterables” principios de neutralidad, imparcialidad e independencia, se haya convertido en una pieza más del macabro juego de la guerra?.

La nuestra es una sociedad postheroica, que apuesta por el diálogo para resolver los conflictos, abomina de la guerra y recela de los viejos mitos patrióticos. Hoy la sociedad del Norte sabe que la manera más humana, barata y eficaz de combatir los desastres humanitarios es sencillamente prevenirlos y evitarlos. Y es aquí donde radica la sangrante contradicción que supone la guerra preventiva. La sociedad puede pensar que destruir cruel, ilegal e innecesariamente un país, matando a miles de personas inocentes y llamar seguidamente a reconstruirlo quizá no sea razonable. Y puede también que no entienda por qué las ONGD reclaman su contribución para hacerlo. ¿Serán las ONGD capaces de explicar las profundas y complejas causas de lo que está sucediendo en el mundo y de su estrecho margen de actuación?.

El público está acostumbrado a que las ONGD aparezcan allá donde estallan las guerras, para socorrer a sus víctimas. Con la guerra preventiva sucede ya lo contrario, se invierte el orden. Antes de comenzar la guerra la ayuda humanitaria ya está planificada, porque forma parte de la estrategia de invasión y destrucción. La ayuda se convierte también en arma inteligente. Tres días antes del comienzo de la invasión de Irak Naciones Unidas suspendió el programa “Petróleo por alimentos”, gracias al que sobreviven uno de cada dos ciudadanos. Los ejércitos invasores esperan que los irakíes flaqueen a medida que el hambre haga mella en sus cuerpos y mentes. Con la rendición y la conquista se reanudará la ayuda, que siempre vendrá de la mano de los atacantes. En esta guerra el principio humanitario sirve igual para justificar la guerra -una guerra humanitaria, liberadora-, como para predecir su duración -corta, “por razones humanitarias”-, o explicar el papel de un ejército, el español por ejemplo: “asignado únicamente a labores humanitarias”, ¿cuáles?.

El gobierno de Estados Unidos ha otorgado ya a una empresa estadounidense el contrato para reconstruir un puerto iraquí de Um Qasr, concesión que supuestamente facilitará la llegada de ayuda humanitaria. Hace ya meses destinó 6,6 millones de dólares a aquellas ONGD que le ayudaran a preparar su guerra contra Irak. Solicitó a algunas ONGD propuestas para gestionar la previsible crisis humanitaria que se originaría cuando oleadas de refugiados iraquíes cruzaran desesperados las fronteras hacia los países vecinos. También Gran Bretaña y España han anunciado ya sus planes de ayuda.. Cinco millones de euros, en el caso español. ¿Quiénes son los dueños de la “ayuda humanitaria”?. ¿Estamos ante un esfuerzo por humanizar la guerra global contra el terrorismo o frente a una instrumentalización criminal sin precedentes de la asistencia humanitaria? .

La guerra preventiva pone en tela de juicio la viabilidad del actual sistema de ayuda humanitaria, de la prevención de conflictos, de la mediación dialogada, y también, en buena parte, de la cooperación para el desarrollo. El margen de actuación de las ONGD se estrecha cada día. Primero se empujó a las ONGD a dar por perdida la batalla por el desarrollo y a centrarse en combatir la pobreza. Después se les atrajo a través de la financiación hacia la ayuda de emergencia, que es mucho más telegénica y permite dar la sensación de que somos solidarios. Ahora, ya sin disimulos, se pide a las ONGD que se transformen abiertamente en instrumentos al servicio del mercado y de la guerra. El debate humanitario que en los últimos años viene generándose en torno a los valores éticos y principios clásicos de la acción humanitaria, se vuelve todavía más confuso. Sobre todo porque la guerra preventiva apenas ha comenzado. Como declara el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, el gobierno estadounidense ya tiene en su poder una larga lista de países que deberán ser liberados de sus gobiernos terroristas.

Tal vez la “guerra preventiva” triunfe y acabemos acostumbrándonos a la barbarie. O puede que la sociedad opte por exigir a todas sus instituciones una firmeza absoluta contra la inhumanidad. Una sociedad que ve cómo las instituciones desprecian su opinión contra la guerra quizá termine por despreciar “lo institucional” y se lance a construir nuevas formas de organización.

Para no quedarse fuera de juego y desplegar el protagonismo que les corresponde en ese proceso de reconstrucción social, las ONGD están obligadas a repensar el papel de la cultura de paz. Pero ahora, si quieren que su discurso sobre desarrollo humano resulte convincente, deben hacerlo de forma creativa, colocando la educación para la paz, por fin, como eje de todo su trabajo, a la luz de los nuevos desafíos que nos lanza la guerra preventiva. ¿Podrá la sociedad civil ganar la paz?.

DAR LAS GRACIAS SIN MIRAR A LOS OJOS

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 Visitaba Lérida con mis hijos, que por cierto también ¡Existe!. Despues de pasar la tarde entre los muros de la inmensa Catedral me pidieron, sabiendo que otros muchos días del año no podrían acceder a la comida basura presentada llena de color por la publicidad de la televisión, comerse –más bien llevarse el regalo prometido- de una hamburguesa en uno de esos locales situados en las afueras de la ciudad donde se puede acceder y aparcar el coche. Un lugar de comida rápida para además de sus especiales; en cuanto a lo de barata, sabiendo la calidad-precio de las tradicionales bocaterias de jamón denominación origen de Teruel, habría que pensarlo. Mi precio, además de descargar la cartera, fueron diez minutos en la cola, junto a, curiosamente, multitud de extranjeros, -la Globalización es una realidad-. Aún no se como los aguante.

No se escuchaba de fondo era suave música que protagoniza el anuncio, tampoco conversaciones entre amigos. El sonido de fondo, era un monologo: –una especial con patatas fritas ¡por favor! -McMENU con Cocacola ¡Gracias!. No era un dialogo entre el camarero y el cliente. Eran la consigna dada por la Mutinacional a sus empleados, cuando entre ellos se dirigían en sus continúas comunicaciones de nuevos pedidos con lo que sacar adelante el negocio.

Desconozco el grado de satisfacción en el trabajo de esos muchachos. Pero esa actitud forzada de cortesía durante toda la jornada laboral, en cada palabra dirigida al compañero, me haría justificar que al acabar el trabajo pisoteen su bonito uniforme laboral. También es  de razón reconocerles la capacidad de contención  para no descargar en el prójimo tanta emoción contenida durante la jornada laboral.

VALLE DEL CABRIEL.

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La primavera aún no ha llegado a la montaña, trigos y prados apenas comiencen a verdear. Suficiente para que los ganados vayan llegando procedentes de las Tierras del Sur, en su viaje anual por las cañadas de la Mesta. La huella de las nieves del invierno y las lluvias de la primavera comienzan a desdibujarse por el calor de estos primeros rayos de sol. Las aguas que encharcaron el fondo del valle, dejan paso a un pequeño riachuelo de aguas quietas, con meandros que unen las pozas, único vestigio del río que quedara en los calores del verano.

He olvidado que procedo del modelo industrial, no recuerdo el sin fin de obligaciones que nos creamos las gentes modernas. Por un momento me he refugiado entre las dos cornisas de calizas, pobladas de pinos, robles y sabinas, he creído que estaba en una paraíso alejado de todo aquello superfluo del hecho de vivir. Sin prisas y saboreando el paisaje que me rodea, paseo primero por el camino que durante siglos ha llevado a la gente de masía en masía, la red de la tela de araña del tejido social de estas tierras, después serpenteando el río hasta regresar al origen, a la boca del valle a partir de la que el río se encajona en pronunciados barrancos de calizas, en cuyo interior se taladran cuevas en el lento caminar del agua buscando de nuevo una salida al exterior, aprisionadas por la porosidad de las rocas.

No he encontrado a nadie. Se van borrando las huellas de las gentes de ayer y no quedan las de hoy. Hubiera querido verlos para agradecerles la oportunidad de permitirme disfrutar de este lugar. Un refugio para las gentes de la ciudad, donde permitirnos un respiro antes de volver a pensar, con la frialdad que requiere aceptar, donde hemos ido a parar.

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A la linde del monte iré,donde el acebo esta granado
Canto popular de Molinos de Razon, Soria

CAMINANDO POR TERUEL En ruta hacia la Peña el Macho

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En las tardes del verano, cuando el Solano soplaba – viento de levante que marcaba el momento ideal para aventar el centeno en las eras-, subíamos a la plataforma del deposito de agua, junto al cementerio, a volar las cometas. Su emplazamiento, era ideal para dejarlas en las corrientes de aire calido, que elevaba el ingenio de cañas y papel de periódico; y nosotros nos sentíamos arrastrados con ellas hacia el cielo. Las largas escaleras, que nacían desde el Barrio del Carrel y unían el lugar con la ciudad, eran motivo, tal vez por no desengancharnos de su control, de poseer autorización paterna para alejarnos un poco del barrio, teniendo en cuenta nuestra corta edad.

Día a día, divisamos el paisaje. Al fondo, como anfiteatro antiguo, la Sierra de Javalambre unida por el Puerto con las estribaciones de la de Gudar en Cabezo Alto. Pero más cerca, a nuestros pies, pequeñas casetas de ladrillos con restos de cañerías de barro, nos abrían la intriga, con preguntas que surgían de ellas y de aquello que oíamos, de cuevas de un kilómetro, que desde allí desembocaban en una llamada Rambla del Río Seco. El misterio nos revolvía las tripas y partimos en busca de su origen.

A los pies de Santa Barbara, las huellas desaparecían en una puerta envuelta con piedras labradas por manos canteras, que incrustaba nuestra ruta hacia el interior de la montaña. Nos aventuramos hacía lo desconocido a través del camino del Planizar, donde los campos verdeaban de pimpollos que, según decían, iban a retornar los pinares a los paramos y eriales de enebros y aliagares de los cabezos de las Sierras.

Llegamos a La Fontana, de donde se decía, que hubo un almacén de huesos donde amontonaban carroñas y osamentas para moler. Allí, una fuente entre piedras, con rasgos de haber sido trabajadas por el hombre, nos devuelve el rastro hacia nuestro destino. El agua nos marca el camino, siguiéndola por la falda de la loma en medio de la pinada. Nos asusta el fuerte vuelo de la torcaz rozando las ramas de los pinos, que la ocultan. Nos sorprende el conejo huyendo hacia sus caños. Nos aviva el canto del macho de perdiz, asentado en los bancales de cultivo. Atónitos, observamos dragones enanos, ardachos, que desde la aliaga se esconde entre los pedruscos. Junto a las cañerías rotas, en muchas ocasiones a golpe de piedra de chiquillos, cuya curiosidad les llevaba a comprobar que allí corría agua, en el borde de los arquillos, descansábamos jugueteando con los renacuajos, unos cabezones y otros con patas, mientras en lo alto del pino carrasco, que al abrigo del agua creció un poco más que sus compañeros, alborotaban con las piñas y nos observaban bandos familiares de mitos y carboneros. De vez en cuando, la culebra de agua serpenteaba con sus rasgos viperinos y sembraba terror pasajero.

Nos asomamos a la rambla de gravas, de cantos de piedra cohabitando con finísima arena en los meandros. Por donde en verano, si las tormentas llegan, el agua arremete con toque de queda, bajando con la fuerza que da la montaña, desde las Masías de Escriche, desde donde los masoveros, a principios de siglo, bajaban a la ciudad leña, caza y huevos, siguiendo el camino abierto por el torrente, y contribuyendo antes de entrar en Teruel, con el pago del impuesto en la caseta de los consumeros. La crecida estival arrastra y limpia en su curso todo aquello y aquel que se interponga, aunque por entonces, aún quedaban cabezas de bombas en los barrancos, que sirvieron de trincheras naturales en los enfrentamientos a cuerpo de la última irracionalidad que asoló estos lugares.

Con los pies cansados de andar entre guijarros, arribamos al Menhir. Donde la arcilla y los yesos son sustituidos por pedruscos de piedras oscuras y duras, en las que los aprendices de montañeros perdieron el miedo al tacto poroso de la piedra, lanzaron sus primeras cordadas, clavaron su primeras piquetas, y pioneros en llegar a la cima de esta Peña, por todos llamada del Macho, descubrieron, que antes que ellos, allí había estado el búho -en su descanso, tras la cacería del crepúsculo, con la digestión de los ratones y conejos tragados, regurgitó egagrópilas, que descubren su discreta presencia en este lugar silencioso-. A los píes de la peña, el agua brota del suelo. Finísimos borbotones, atrapados en un pequeño aljibe, se deslizan por el agujero de una tubería y se encauzan hacía Los Arcos. Poca agua, pero siglos atrás tuvo la importante misión de calmar la sed de hombre y bestias de la Ciudad amurallada de Teruel.

CAMINANDO POR TERUEL. La Cueva de los Cazadores

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No es un Dolmen Prehistórico, ni tiene pinturas rupestres, pero quienes hemos vivido la infancia en el Arrabal, hemos fijado nuestra mirada hacia el Norte. Allí estaba “La Cueva de los Cazadores”. Elevada sobre el abismo abierto por los barrenos, que durante años arrancaron las arcillas de la montaña y la llevaron a cocer ladrillos. En nuestra niñez simbolizaba un cumulo de aventuras, entre quienes hemos vivido rodeados de montañas, que franqueaban las vistas al exterior de esta Ciudad. Nuestros ojos se detenían en esta cueva, aún cuando de ella no existían dichos, como los del colmillo de Mamut de su vecina “Cueva de las Tres Puertas”. En efemérides, como el Sermón de las tortillas, cuando el día salía lluvioso, era lugar demandado por chiquillos, para ocuparla y comer “la rosca” sin miedo al chaparrón.

No hace muchos años, islas de cebada y centeno flotaban entre estériles campos de arcillas. Andar por estos aledaños de Teruel, significaba encontrarse con el salto de una liebre, la carrera de un escurridizo conejo, o los pequeños vuelos de la simpática Collalba Negra, cuya vistosa cola blanca resaltaba del negro de su cuerpo, que brillaba entre el rojo de las cárcavas por donde pululaba.

En invierno, bandos de cardelinas y de pajareles acudían al abrigo de rastrojos y eriales de cardos. Desde el cobijo del Cierzo, del que nos resguardaba La Cueva de los Cazadores, no era difícil contemplar zagales, que echaban sus redes al suelo para capturar estos pequeños pájaros cantores, cuando las jaulas no cobijaban canarios, que costaban dinero, sino estas aves silvestres, que como todo, hasta el sueño por la Libertad, no se vendía y se recogía de la Naturaleza.

La Naturaleza la teníamos al lado de casa. A pesar de nuestras limitaciones para viajar, encontramos las maravillas de la vida, el rito de las estaciones, el sentido de la vida y la muerte, en nuestro barrio. No precisamos de viajes hacia lejanos lugares, hacia los Parques Nacionales o los santuarios de las Ballenas, para entender la necesidad de conservar nuestro entorno.

Si las películas del Hombre y la Tierra nos enseñaban la existencia del Lince y el Lobo, nosotros conocíamos a la Zorra, que aún se atrevía a acechar los corrales en busca de alguna gallina. En los Monotes al banquete de la carroña de algún cerdo o de algún que otro burro, que moría en casa de los labradores, acudían grupos de Buitres Leonados; aves de gran tamaño, que con sus cuellos largos, manchado de sangre de las vísceras recién abiertas, nos causaban temor.

Crecimos y emprendimos viajes para conocer el exterior, aquella naturaleza salvaje que nos enseñó el televisor, y olvidamos nuestro entorno más cercano. En pocos años los campos dejaron de cultivarse, la mixomatosis acabo con los conejos, las arcillas se las llevaron en camiones de gran tonelaje, dejando un paisaje desolador, las escorias de las ollerias dejaron paso a basuras, símbolo de nuestra sociedad de consumo, de quienes dejaron de sentir los latidos de su tierra.

En el alto, el cerro de Santa Barbara, donde aún conocimos las ruinas de la ermita, se han elevado orejas de mastodonte, para que a nadie le falten las ondas de todos los canales de la televisión. Sustituimos las visitas al cerro, a escudriñar los nidos de gafarrón entre los cipreses, a pasear entre la pinada que, plantadas con azadas en los años del silencio, le cuesta crecer sobre un suelo blanco y estéril, duro como la piedra en las inmensas sequías que solo soportan plantas endémicas de estos secarrales, por el cómodo sofá y la tecla del televisor, donde sin sentir el cierzo nos inundan de información, de imágenes de otros mundos; adormilados cerramos los ojos en la siesta, que nos lanza en sueños a nuestro pasado, a aquellas historias que ya no contamos a los nietos, que no debemos olvidar y tenemos que seguir comunicando.

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“Y no es bastante aún que tengamos recuerdos. Se debe haberlos podido olvidar cuando son numerosos y se debe haber tenido la gran paciencia de aguardar a que vuelvan”
Rainer Maria Rilke