CAMINANDO POR TERUEL En ruta hacia la Peña el Macho

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En las tardes del verano, cuando el Solano soplaba – viento de levante que marcaba el momento ideal para aventar el centeno en las eras-, subíamos a la plataforma del deposito de agua, junto al cementerio, a volar las cometas. Su emplazamiento, era ideal para dejarlas en las corrientes de aire calido, que elevaba el ingenio de cañas y papel de periódico; y nosotros nos sentíamos arrastrados con ellas hacia el cielo. Las largas escaleras, que nacían desde el Barrio del Carrel y unían el lugar con la ciudad, eran motivo, tal vez por no desengancharnos de su control, de poseer autorización paterna para alejarnos un poco del barrio, teniendo en cuenta nuestra corta edad.

Día a día, divisamos el paisaje. Al fondo, como anfiteatro antiguo, la Sierra de Javalambre unida por el Puerto con las estribaciones de la de Gudar en Cabezo Alto. Pero más cerca, a nuestros pies, pequeñas casetas de ladrillos con restos de cañerías de barro, nos abrían la intriga, con preguntas que surgían de ellas y de aquello que oíamos, de cuevas de un kilómetro, que desde allí desembocaban en una llamada Rambla del Río Seco. El misterio nos revolvía las tripas y partimos en busca de su origen.

A los pies de Santa Barbara, las huellas desaparecían en una puerta envuelta con piedras labradas por manos canteras, que incrustaba nuestra ruta hacia el interior de la montaña. Nos aventuramos hacía lo desconocido a través del camino del Planizar, donde los campos verdeaban de pimpollos que, según decían, iban a retornar los pinares a los paramos y eriales de enebros y aliagares de los cabezos de las Sierras.

Llegamos a La Fontana, de donde se decía, que hubo un almacén de huesos donde amontonaban carroñas y osamentas para moler. Allí, una fuente entre piedras, con rasgos de haber sido trabajadas por el hombre, nos devuelve el rastro hacia nuestro destino. El agua nos marca el camino, siguiéndola por la falda de la loma en medio de la pinada. Nos asusta el fuerte vuelo de la torcaz rozando las ramas de los pinos, que la ocultan. Nos sorprende el conejo huyendo hacia sus caños. Nos aviva el canto del macho de perdiz, asentado en los bancales de cultivo. Atónitos, observamos dragones enanos, ardachos, que desde la aliaga se esconde entre los pedruscos. Junto a las cañerías rotas, en muchas ocasiones a golpe de piedra de chiquillos, cuya curiosidad les llevaba a comprobar que allí corría agua, en el borde de los arquillos, descansábamos jugueteando con los renacuajos, unos cabezones y otros con patas, mientras en lo alto del pino carrasco, que al abrigo del agua creció un poco más que sus compañeros, alborotaban con las piñas y nos observaban bandos familiares de mitos y carboneros. De vez en cuando, la culebra de agua serpenteaba con sus rasgos viperinos y sembraba terror pasajero.

Nos asomamos a la rambla de gravas, de cantos de piedra cohabitando con finísima arena en los meandros. Por donde en verano, si las tormentas llegan, el agua arremete con toque de queda, bajando con la fuerza que da la montaña, desde las Masías de Escriche, desde donde los masoveros, a principios de siglo, bajaban a la ciudad leña, caza y huevos, siguiendo el camino abierto por el torrente, y contribuyendo antes de entrar en Teruel, con el pago del impuesto en la caseta de los consumeros. La crecida estival arrastra y limpia en su curso todo aquello y aquel que se interponga, aunque por entonces, aún quedaban cabezas de bombas en los barrancos, que sirvieron de trincheras naturales en los enfrentamientos a cuerpo de la última irracionalidad que asoló estos lugares.

Con los pies cansados de andar entre guijarros, arribamos al Menhir. Donde la arcilla y los yesos son sustituidos por pedruscos de piedras oscuras y duras, en las que los aprendices de montañeros perdieron el miedo al tacto poroso de la piedra, lanzaron sus primeras cordadas, clavaron su primeras piquetas, y pioneros en llegar a la cima de esta Peña, por todos llamada del Macho, descubrieron, que antes que ellos, allí había estado el búho -en su descanso, tras la cacería del crepúsculo, con la digestión de los ratones y conejos tragados, regurgitó egagrópilas, que descubren su discreta presencia en este lugar silencioso-. A los píes de la peña, el agua brota del suelo. Finísimos borbotones, atrapados en un pequeño aljibe, se deslizan por el agujero de una tubería y se encauzan hacía Los Arcos. Poca agua, pero siglos atrás tuvo la importante misión de calmar la sed de hombre y bestias de la Ciudad amurallada de Teruel.

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Autor: Ángel Marco Barea

Regresaré a la casa la casa de mi padre abriré la ventana y que la limpie el aire ……. J.A. Labordeta

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