VIII. LAVIANO

Laviano

Trabajaba en la Masada de la Cuesta la Cera, camino del pueblo de San Blas, a escasos kilómetros de la ciudad de Teruel. Apenas llevaba un par de años en la ciudad, a la que había llegado desde Torrelacarcel unos años después de que su familia, camino de la ciudad y siguiendo la vía del tren, dejará el pueblo en busca de nuevas oportunidades. Toda su vida había trabajado de jornalero y criado en una de las haciendas del pueblo; allí se había quedado cuando sus padres y hermanos marcharon. Le conocían ya en Teruel como el Lechero de San Blas, pues cada mañana tras levantarse temprano para terminar de ordeñar las vacas que habían quedado pendientes la noche anterior, con una mula y un carro cargado de grandes lecheras recorría las calles vendiendo leche. Su padre había encontrado trabajo en una almacen de “envasados y coloniales” ubicado en La Ronda, junto al Torreón de la Muralla. Tenía un jornal mensual, era un sueldo seguro que no estaba fluctuando por llovía, nevaba o hacía calor. Además siempre obtenía algún extra en botellas de aceite, latas de conserva, saquillos de arroz, judías o garbanzos, que ayudaban a alimentar a una extensa familia con siete hijos.

Su hermano pequeño se acercaba muchas tardes a acompañarlo en la masada donde vívia solo. La masada era propiedad de un burgues de la ciudad, que simpatizaba con la Falange. Los primeros meses de la guerra civil era frecuente que, cerca de la casa y de los campos donde pastaban las vacas, cayeran sin explosionar proyectiles de artillería y aviación. Los dos hermanos los recogían y las colocaban alrededor de la pila de ciemo de la granja, como si fueran flores de hierro. Una noche explosionaron, por el calor del estiercol ó por la llegada de un nuevo proyectil que estalló, afortunadamente solo se exparció la mierda de las vacas sin otros daños personales ni materiales. Se llevaron un buen susto, a partir de aquel día supieron el peligro de la guerra, el riesgo de que el sonido silbante de las balas sin destino les atravesara su diminuto cuerpo a su paso, y se refugiaron dentro de la casa cuando escuchaban el rugir de aviones o cuando se intercambiaban tiros entre las dos líneas del frente.

El treinta de Mayo de mil novecientos treita y siete desapareció. No deja ninguna nota y lo buscaron sin éxito por si hubiera fallecido en alguna acequia cercana o en el río donde solía acudir a pescar cangrejos. Reclamado por unos milicianos, que atravesaron la vega del río Guadalaviar aprovechando la oscuridad durante la noche, acompañado de otro chaval, Juan Herrero de San Blas, se pasó a las tropas republicanos y se alistó en el cuerpo de carabineros. Los dos muchachos eran casi niños, con apenas diecisiete años cumplidos.

Los días de la toma de Teruel, en las navidades de ese mismo año entró en Teruel junto con el treinta y cinco batallón de carabineros, perteneciente a la División cuarenta y dos, la que mandaba el Capitán Nieto de ideología anarquista y que había ocupado posiciones en el barrio de La Aldehuela. Llegaron a la ciudad, tras las fuerzas de choque, entre las que se encontraba el Batallón Lincoln-Washington, para “poner orden”. Acompañaban a los comisarios políticos que aparecían tras la batalla. En muchas ocasiones viejos vecinos que habían huido y regresaban para identificar a aquellos que se habían significado del lado de los sublevados, a los que habían participado en linchamientos, a los responsables de fusilamientos en los primeros días del golpe de estado, también a quienes por cuestiones personales tenian ojeriza. Su presencia reprimía los primeros impulsos de los soldados en desvalijar la ciudad y tomar un tributo como pago a su esfuerzo; aunque ellos mismos, las tropas que debían poner orden, no dejarían pasar la oportunidad de tomar un abrigo con el que soportar el frío o algún jamón abandonado en alguna de las casas que iban registrando en busca de francotiradores ocultos.

Al término de la guerra, tras pasar por el campo de concentración de Soneja, regresó a Teruel. Se había iniciado un proceso penal por el fusilamiento de dos mujeres en los días después de la Navidad, ya terminando el año mil novecientos treinta y siete cuando la ciudad ya estaba ocupada por las tropas republicanas salvo los reductos franquistas acantonados en el Seminario. La declaración de Juan Herrero le implica, dice estar acompañado por él y otros dos soldados de Andalucía y Extremadura cuando fueron a comprobar e identificar, el día dos de enero de mil novecientos treinta y ocho, los cadaveres de dos mujeres asesinadas tras el edificio de La Beneficiencia. Es detenido nada más llegar a la ciudad. Su destino no fue el campo de concentración habilitado en Castralvo, donde trabajos forzados en la reconstrucción de infraestructuras podían redimirle la pena por día trabajado. Lo mandarón, tras su declaración ante el juez, directamente a la cárcel, primero en el Convento de Capuchinos de Teruel, después en la de San Juan de Motorrita en Zaragoza. No fue liberado hasta el mes de Junio de mil novecientos cuarenta y cuatro, en que lo sacaron para que falleciera en su casa. Estaba enfermo de tuberculosis, la enfermedad que le invadió lo pulmones debido a su sufrimiento durante la guerra y sobre todo el ocasionado durante el proceso de prisión: a la mala alimentación, a las condiciones higiénicas, a la palizas que recibió. Tenía veinticuatro años, demasiado jovén para envejecer de dolor. Antes de morir, al llegar a casa, tras dejarle salir del hospital sin esperanza en sanar y con los días de vida contados, liberó el jilguero encerrado en una jaula de madera con rejas de hilo de alambre. La familia lo abrazó, estuvieron a su lado, no lloraron mientras respiró, pero no hablaron; quien podía decirle a un joven que se moría. La muerte guillotinó la esperanza de quien había sacrificado su juventud por un sueño que se convirtió en pesadilla.

En los años de la primera década del siglo veintiuno se aflojó el nudo con el que el país había cerrado a la memoria histórica de hechos acaecidos durante la guerra civil y los primeros años de la dictadura. Los cordeles que ataban los legajos de su expediente, del sumarísimo a que fue sometido y que le llevó a la muerte, se abrieron. Su lectura revivió su historia y de ella surgieron preguntas. Primero por los motivos por los que un adolescente de dieciséis años opta por alistarse en el frente. Por como el frente de guerra le hace madurar, vivir con intensidad su vida, una vida a la que apenas le quedaban de tiempo siete años. Siembra dolor conocer las irregularidades y falta de defensa jurídica que se observan en el procedimiento de instrucción del proceso que le privó de la libertad, le hizo enfermar y le llevó a la muerte. El principal testigo, hermano e hijo de las mujeres asesinadas, reconoce conocerlo, pero también que no estaba junto a quienes se llevaron a su madre y hermana para fusilarlas, tampoco entre quienes lanzaron una granada en la cochinera y mataron a los cerdos, ni era ninguno de los que se llevaron la novilla que la familia guardaba en la cuadra. Sin embargo la sentencia de treinta años no se anuló ni se rebajó.

La batalla de Teruel ha sido narrada por diferentes autores. Pero apenas se ha escrito sobre los sufrimientos de la población civil desde el origen de la contienda. Fusilamientos y expurgas, de uno y otro bando, en las que en muchas ocasiones existían intereses personales y no ideológicos. La instrucción del expediente, que sentenció a Laviano, se ciñe sobre todo al barrio de las Cuevas del Siete. De las declaraciones durante la instrucción, de testigos y acusados, puede deducirse aspectos de la vida de aquellos días en las calles de la ciudad, cuando cayó en un infierno donde ardieron no sólo las propiedades de los vecinos, también todo su alma cobijada en el corazón a lo largo de una vida, cuya destrucción ya no se reconstruye nunca.

Unos meses después de que se alistará al cuerpo del carabineros del ejercito republicado, en los días en que la ciudad de Teruel durante apenas dos meses fue recuperada por el Gobierno legítimo, su familia fue evacuada y hasta el fin de la guerra estuvieron en Murcia. Aunque no los pudo ver cuando paseaba en los primeros días del año mil novecientos treinta y ocho por la calle del Tozal, cerca de la Calle Ainsas donde residían, conocío su destino en Caravaca y les visitó en alguna ocasión.

Rebuscando en la historia del aquél periodo histórico de España, conocemos que aquel campo de concentración de Soneja, donde estuvo retenido al terminar la guerra, también retuvo prisionero al intelectual y luego dramaturgo Buero Vallejo. En el frente de Teruel los miles de jóvenes que luchaban por la República entendiendo que luchaban por la libertad, muchos de ellos de las clases sociales más pobres del país, debieron compartir algún momento con el poeta Miguel Hernández. Sin duda esa experiencia debió marcar tanto a los intelectuales como a aquellos jóvenes, incluso niños que por excepcionales circunstancias eran soldados. Unos debieron aprender de los otros, sobre todos los afortunados que lograron sobrevivir.

La ingenuidad de aquellos jóvenes debió ir forjándose en su contacto con los comisarios políticos presentes en las Brigadas. Los comisarios que al ocupar pueblos y ciudades, acompañados de los soldados y del camarada del pueblo, iban casa por casa a detener, en muchos casos, durante los primeros momentos de la ocupación, a fusilar a quienes abiertamente se habían declarado del bando contrario, a quienes unos días antes habían actuado de igual manera con sus vecinos de izquierdas, en muchos casos, demasiados, a quienes debían deudas y con el desconcierto de la limpieza ideológica aprovechaban para liquidarlas señalándolo.

La ochenta y cuatro Brigada Mixta, en premio a su entrega y esfuerzo durante la toma de Teruel por la Republica, fue retirada de la primera línea de combate el día dieciseís de Enero, dirigiéndose a un convento de Rubielos de Mora con la promesa de descanso. Antes de las cuarenta y ocho horas de llegar tras realizar cincuenta y seís kilómetros a pie, el día diecisiete de Enero, ante la amenaza de perder la ciudad por el avance de las tropas franquistas enviadas a recuperarla, reciben una contraorden para volver al frente. Seiscientos hombres del primero y segundo batallón, “el Azaña” y “el Largo Caballero”, se sublevan. Por el Coronel Andrés Nieto son desarmados y reciben un castigo ejemplar, son fusilados, sin juicio previo, uno de cada diez amotinados. Catorce lograron escapar, cuarenta y seis militares fueron arrojados a una fosa común anónima. Triste destino para los supervivientes, “los heroes” que arrebataron al fascismo durante treinta días la primera capital de provincia de la nación, hazaña que no volvería a repetirse en toda la guerra.

Conforme el ejercito republicano se retiraba hacía el Levante, Laviano fue retrocediendo junto al resto de los soldados hasta que cayó Valencia, no sin antes seguir peleando, seguir sufriendo y resistiendo en la línea de fortificación XYZ, retrasando el destino final de quienes ya habían perdido la guerra, abandonados por Europa y por la población de la retaguardia que, sin sufrir el olor a la muerte en el frente, sentían el hambre y la continúa llegada de refugiados y de soldados destrozados por la batalla.

La lectura de la instrucción de su expediente penal, con las declaraciones de vecinos y acusados, revive el ambiente que se vivía en aquellos días en Teruel: miedo y odio. También la nulas garantías en que se desarrolló el juicio, sin ninguna posibilidad de defensa. Los cuatro acusados son declarados culpables. Uno de los acusados, “el Francés”, no es localizado. Otro, “el de la Morena”, es condenado a pena de muerte, que le  sería conmutada después de mil novecintos cuarenta y cinco saliendo en libertad provisional. Juan Herrero condenado a pena de prisión, obtendría también la libertad provisional, pero tras no presentarse a la comandancia de la Guardia Civil en el Barrio del Cabanyal en Valencia, es declarado profugo. Se incorporó al “maquis”, donde fue conocido como Juan el de San Blas. En la Agrupación GuerrilLera de Levante y Aragón (AGLA) participó al mando de Delicado en varias acciones. Delicado, había sido Capitán de inteligencia con el Ejercito de la Republica y después había colaborado con la Resistencia Francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Juan Herrero falleció en Libros (Teruel) el veinticuatro de julio de mil novecientos cuarenta y ocho, durante un enfrentamiento con la Guardia Civil. Delicado fue víctima de las expurgas internas que en aquellos años también se realizaron dentro de la guerrilla, fruto del conflicto interno entre anarquista y comunistas arrastrado desde la la guerra civil.

Laviano falleció el ocho de junio de mil novecientos cuarenta y cuatro. No recuperó la libertad. Agonizó mientras coágulos de sangre ahogaban sus últimos suspiros derramados por una España carcomida por la guerra. El pueblo pobre, ya embarrado por los horrores de la batalla, terminó hundiéndose en los lodos de los fangos de la cienaga donde llevarón los vencedores a la nación. No es fácil recuperar el sueño por una sociedad igualitaría y justa. Tenemos esa deuda hacía aquellos que quedarón en el camino, tantos en fosas anónimas perdidas en medio del campo. Hemos aprendido que las armas sólo las compran los poderosos, su mano indiscrimianda dirigiendo la guadaña no mira a los ojos de quienes sufren su corte y ellos no reciben el dolor al tocar su filo. Sólo nos sirve el corazón y la razón como únicas herramientas para lograr llegar a la equidad y la justica sin dejar un rastro de sangre en el camino.

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VII. EL TIO SIMON

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La sociedad rural utilizaba el término “Tío”, hasta no hace muchos años, para dirigirse a una persona, generalmente mayor, atendiendo a un reconocimiento del aprecio ganado por la edad y la experiencia. Una muestra de respeto que la comunidad otorgaba atendiendo a la trayectoria de su vida.

El “Tío Simon” en la década de mil novecientos setenta, junto a su hermana, subía a Teruel tras pasar el invierno con su hija en un pueblo de Castellón, para estar durante la primavera y el verano con sus otras hijas. En esa epoca lo conocí. Eramos vecinos y además mi familia y la suya procedían de la Baronía de Escriche; hay amistades que se acercan hasta entablar lazos familiares por las experiencias compartidas en la que la ayuda mutua ha sido constante, así se explica porque en mi casa nos dirigíamos a él con el tratamiento de Tío. Nos encontrabamos paseando por las eras y las conversaciones eran frecuentes y amenas; para mi, un muchacho de doce años, significaba hace un viaje hacía los origenes acompañado de una persona mayor, que no era de la familia.

Junto con su mujer, la tía Maria y sus hijos, eran los masoveros del Espinar. Una pequeña masada cercana a los altos de Cabezoalto, camino de la Casa Grande a Cedrillas. Estos terrenos de la parte alta de la Baronía de Escriche son de arcillas impermeables donde brota suficiente pasto para mantener vacas. En ellos se extiende un tapiz verde en los meses benignos, que se oculta en la dureza del largo invierno con fuertes nevadas cubriendo la tierra; un paisaje suave entre la áspera y seca roca caliza del suelo de los cabezos que lo rodean, manchada con timidos verdes pálidos de liquenes que se adhieren a sus poros.

La masada del Espinar hoy son ruinas. Quienes no conocen su pasado pensaran, al ver las piedras de sus paredes tumbadas, que es una paridera de vacas. Difícilmente imaginan que aquí habitaba una familia con siete hijos, dos chicos y cinco chicas. En aquella masada no faltaban noches de bureos para ayudar a que se conocieran los mozos, que surgieran pretendientes para festejar con las jovenes, a las que había que casar. Un lugar hospitalario donde el Tío Simón atalantaba a sus vecinos y amigos.

Hablar con él transmitía confianza y sobre todo serenidad, lo que daba veracidad a sus comentarios. Hablaba pausadamente y fluían sus recuerdos desde esa calma como una manantial que brota para refrescar la memoria. Un hombre bueno, con un caracter propicio a facilitar ganarse el respeto entre sus vecinos cuando vivía en la Baronía de Escriche, donde durante muchos años ejercio de “Juez de Paz” entre las gentes de la aldea.

Debió resolver conflictos como la denuncia cuando el guarda sorprendia a algún masovero cortando un enorme pino para obtener una gran viga con la que volver a levantar el tejado caído de la paridera. El bosque no entraba entre los recursos que el contrato de arriendo daba a los masoveros, y la madera era cara para una economía de subsistencia. Mediaba en los enfrentamientos entre masoveros por dejar a las ovejas pastar en campos del vecino o dejarlas entrar a un sembrado. Para solucionarlos debían tener la capacidad de ejecutar la justicia y la ley, aquí muy vinculada a la costumbre. Se hacía necesarío dejar constancia de que las normas estaban para cumplirlas, pero sin imprimer tensiones que llevaran a un ambiente de odio y venganza que pusiera en riesgo la futura convivencia entre las gentes de la Villa de Escriche. Sus decisiones eran respetadas por que sus vecinos lo admitían como un hombre justo. No debieron faltar las ocasiones en que se requirió su mediación entre los amos y los campesinos para alguno caso de necesidad urgente, o para limar las diferencias a la hora de renovar el arriendo cuando finalizaba el mes de Septiembre.

Hasta que falleció siempre le acompañó su hermana. Una mujer menuda pero fuerte, su fortaleza no la expresaba su físico sino su interior y su voluntad. Había estudiado. Los estudios los pagó el Barón. Cuando en el verano todos los masoveros formaban en la plaza de San Bartolome para dar el saludo al amo y recibir una caridad, la niña tullida conmovió a los dueños. Decidieron darle estudios como garantía de un futuro que un invalido difícil podría encontrar en unas masadas donde se precisaba fuerza. Al poco de nacer enfermó de polio y todos supieron que, aunque había sobrevivido a la enfermedad, nunca más podría andar; sin piernas era difícil vivir en unas tierras donde los caminos son sendas para animales de carga. Cuando terminó sus estudios volvió a la masada con los padres. No se rindió a permanecer inmovil en la puerta de la masada observando pasar la vida, enseñó a la burra a acercarse a la piedra, junto a la puerta de entrada de la casa, y desde allí se aupaba sobre el lomo de la caballería cubierto con una manta para evitar el contacto directo con la piel del animal. Con ella se desplazaba por cada una de las masadas. En las tardes para bordar y coser encargos de las gentes, sobre todo cuando se acercaba alguna boda y había que preparar el ajuar; por las noches para enseñar letras y cuentas a los niños que no tenían otra oportunidad de aprender.

Su yerno fue una de las últimas personas en abandonar la Baronía. Enamorado de su vida en las masadas era un libro abierto de recuerdos. Sentía su identidad y origen cuando narraba relatos de ese pasado en ese lugar. Había vivido en la Atalaya, después en la Hita y creo que en los últimos años en la Casa Baja. Tuvo encuentros con el maquis como cuando aquel hombre les pidió alojamiento un atardecer en la Hita y tras darle de cenar y dejarle dormir en el pajar a la mañana siguiente ya no estaba; ó cuando fueron a marcar una subasta de pinos en los estrechos del río Mijares y se les acercó una cuadrilla preguntando por el empresario que compraba la madera, aquél vestido con pantalon y chaqueta de pana, como el resto de obreros, ocultó su identidad, nadie le delató y probablemente en aquel momento salvo su vida.

Recordaba datos de la noche en que se incendió la masada de La Zarzosa. Vivía con sus padres en la Casa Baja cuando a media noche acudió Francisco pidiendo ayuda para apagar el fuego que quemaba el pajar y amenzaba la casa. Vivían solos, madre e hijo, tras la muerte del padre y la marcha de los hermanos a la ciudad. Acudieron y lograron salvar la mitad de la masada. El incendio les hizo rendirse a continuar trabajando esa tierra y precipitó la decisión de abandonar definitivamente la masada. Se fueron a la casa en Teruel. La había comprado viente años atrás, junto a algunos campos de secano, con el dinero traido de California, donde marchó junto a su hermano en la esperanza de obtener un poco de dinero que la tierra donde había nacido no le daba, que trajo en dolares de oro de los Estados Unidos de América, no muchos. Aquellos años, en mil novecientos cuarenta y cinco, además el ambiente estaba muy rancio con la presencia del maquis, guerrilleros del PCE llegados de Francia al acabar la segunda guerra mundial a los que se unieron los huidos, perseguidos tras el fin de la guerra civil, que todavía quedaban ocultos en la Sierra. Contra ellos el gobierno organizó las contrapartidas de la Guardia Civil comandadas por el General Pizarro, encargadas de cortar, a cualquier precio, el apoyo que los campesinos pudieran dar a quienes todavía no se resistían a dejar el país en manos de una dictadura que estrangulaba a las gentes para imponerse.

Los campesinos de las masadas eran como todas las sociedades gentes con distinta personalidad, ideologia o creencia. La necesidad de hacer entre todos una comunidad que se ayudara en momentos dificiles, obligaba a disfrutar de la alegría en los días de celebración, como el veinticuatro de Agosto, día de San Bartolome, en el que las familias de todas las masadas se juntaban a compartir viandas y dulces en la Fuente de los Cinco Caños, para al atardecer acudir al baile en la Plaza de la Casa Grande.

El camino desde la Fuente a la Plaza lo hacían siguiendo la acequia en la que el agua discurría por troncos de pino ahuecados, que llegaban hasta el lavadero más cercano a la Casa Grande. Flanqueaban la ruta hileras de árboles frutales, que en primavera coloreaban y aromatizaban el lugar, y en los días de Agosto refrescaba a los mozos que, ya acalorados por un poco más de vino en la comida, enfilaban al baile para acariciar las caderas de las mozas.

La Comunidad de vecinos sólo se sustentaba si se mantenía la cordialidad en el talante y la vista puesta en un proyecto común que garantizara un futuro para todos. Lo que exigía renuncias importantes de intereses personales.

VI. MADEJAS DESHECHAS

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Para San Juan cada año había que esquilar las ovejas. Liberarlas de esa costra de fibra enredada con trozos de aliaga, apelmazada de grasa, humedad y suciedad acumulada en el roce de tantas noches de invierno pernoctando en la paridera entre el vaho de su respiración, del calor desprendido del cuerpo y del ciemo acumulado en el suelo. Tras trabarle las patas, bien sujeto el animal, con tijeras bien afiladas se iban separando de la piel la lana crecida a lo largo de todo un año.

La lana se lavaba para extraer toda la porquería. Se preparaba en vellones para continuar su proceso de escarmenado, estirando la fibra con cardadores, con cuidado de no cortarla, y con el huso y la rueca torcerlas después para obtener el hilo.

La mayor parte del vellón obtenido, una vez seco, se guardaba en sacos para llevarlos a las fabricas de Nogueruelas, donde se solía intercambiar por paños de mantas ya tejidas. Siempre quedaban varios kilos, que se trabajaban en la masada. En invierno se tejían con él calcetines y alguna chaqueta con hilo en crudo sin teñir. El hilo se guardaba en madejas y antes de tejer se enrollaba en ovillos. En el proceso, como en la vida, siempre se cortaba alguno y se improvisaba el arreglo con la intención de que apenas se notará la herida.

Nació en aquella masada. Todos sus recuerdos le unían a aquel lugar, sin saber distinguir si los eran propios o escuchados en las tertulias nocturnas junto al fuego de la cocina, también recostados en la sabina en tardes soleadas mientras guardaban las ovejas en las lomas.

Sabía del conocido Barranco del Lobo, porque un invierno, de no se sabe cuando, encontraron las albarcas de un masovero que había ido a visitar a la novia. Al regresar, abriéndose paso en la nieve, una manada de lobos le atacó. Lobos ya no existían desde hacía décadas, pero se mantenían presentes en el terreno junto al miedo amamantado de los cuentos contados a los niños.

Ocurría en ocasiones, que los masoveros al amanecer salían con las caballerías cargadas y en la tarde las mulas y burras regresaban solas sin que se supiera del hombre hasta que pasado el tiempo se recibía una carta llegada de lejos indicando que no lo esperaran. Quedaban mujer e hijos solos. Los pequeños solían repartirse entre las masadas donde los acogían como criados. Su vida no mejoraba mucho, sobrevivían porque su trabajo era recompensado con la comida y un rincón en el pajar donde dormir.

El Barranco la Sima aún guardaba las muescas en la roca donde a ambos lados de la pared caliza se cerraba con ramas para convertirlo en improvisado corral donde escondían los rebaños al llegar noticias de que por la zona merodeaban partidas de carlistas o fuerzas del ejercito isabelino. Unos y otros, también los bandoleros que andaban agrupados en cuadrillas por la sierra y no dudaban en hacer de mercenarios de un bando u otro, se alimentaban con el decomiso en las masadas.

En las paredes de la masada, incluso en los años cuarenta con la aparición del maquis, existían los dobles fondos de paredes para ocultar los jamones y la conserva. Este suplemento de comida rica en proteínas era imprescindible para los meses de verano en que el trabajo de la cosecha consumía el cuerpo de segadores de casa y de jornaleros llegados de Castilla para ayudar en el trabajo; el resto del año el rancho diario eran patatas o gachas de harina tímidamente adornadas de alguna tajada de tocino y saboreadas con grasa de cerdo, en ocasiones con carne de alguna oveja vieja que se despeñaba al cruzar algún mal paso de ladera con gredas.

Los recuerdos no encuentran una fecha para saber el momento en que el molino de Remolin dejó de alimentarse del agua de la acequia que bajaba desde la represa del Estrecho. El agua se paraba con troncos de pino incrustados en las oquedades hechas en las rocas para encajarlos, tapando las grietas con barro y musgo. Tampoco se sabe cuando el Barón dejó de obligar a bajar a moler a sus molinos en la orilla del río Alfambra en Teruel.

Él siempre había conocido moler el grano en los molinos del río Mijares en Valbona. Desde mozo por la mañana partía con los mulos cargados con sacos de centeno y regresaba al día siguiente con los mismos sacos cargados de harina. En el camino había quedado “la maquila” que cobraba el molinero.

Cuando partía por la mañana al pasar por las masadas tapaba la chimenea con unas losas. Cuando sus inquilinos se despertaban un poco más tarde y encendían la lumbre, les revocaba el humo. Ya sabían que él había pasado, también que regresaría mañana a saludarles. En la masada Blanca de Valbona conoció a su mujer. Festejaron y terminaron en matrimonio. La mujer dejó a sus padres y hermanos en la masada donde había nacido para ocupar su puesto en la de su marido.

Como en cada una de las generaciones de esta tierra, las alegrías de los días del noviazgo se irían agriando en el día a día de vivir y sacar adelante a una familia en estas inhóspitas tierras rodeadas de mucha leña y poco generosas al dar pan.

Los años felices, mientras los hijos crecían, se fueron agriando conforme se fueron casando y la casa se iba llenando de varias familias unidas por la sangre pero con muchos estómagos que llenar. La suegra ejercía dura disciplina con las nueras y la tensión crecía conforme llegaban nuevos niños que alimentar.

Poco a poco comenzaron a marchar de la masada. Hasta su generación, normalmente para San Miguel, en que se consolidaban los contratos entre los medieros y los amos, se lograba apañar alguna masada que quedaba libre para que un hijo y su familia se independizará de la masada de los padres. Conforme avanzó el siglo veinte, los masoveros cuando partían de la masada de sus padres lo hacían rumbo a la ciudad en busca de un jornal y otro tipo de vida.

Antes de amanecer envolvió a los hijos en mantas y los recostó en los serones de la mula. Tirando del ramal de las caballerías con una mano y con la otra apretada a la de su mujer envuelta en un mantón negro, emprendieron el camino a Teruel donde con el dinero ganado unos años antes en su viaje a California y en la estancia de ella de nodriza en Barcelona habían comprado una casa en los arrabales.

La tarde anterior marco el límite de la convivencia de la familia en la misma casa. Demasiado carácter el de la vieja abuela, tan diferente al de su marido, siempre paciente y con buen humor. Incapaz de tolerar ningún desliz entre las nueras; más si volvieron de nodrizas desde Barcelona con vestidos modernos y nuevos, guardados en los baúles para volver a vestir las sayas negras.

La niña se tapó con el mandil la cara cuando vio a la abuela pegar en la espalda a la madre. Estaba jugando en la cocina, la madre fregaba en los barreños, la abuela entró directa desde los corrales, nunca nadie supo porque, al igual que golpeaba a los toros en las ancas, para que se apartaran del abrevadero cuando acudía a llenar el cántaro, le lanzó un puñetazo en el costado que le estremeció todo el cuerpo y a punto estuvo de tirarla al suelo. Un recuerdo que la niña ya nunca olvidaría, aún cuando volviera a vivir con la abuela durante dos años en que la guerra separó a madre e hija.

No fue fácil el cambio pero al menos en la casa reinaba la paz cada noche. Una huerta para sacar las patatas del año, las hortalizas en verano, las coles en invierno; unos campos de secano que apenas daban para la ración de la burra. El trabajo diario de lavandera de algunas fondas. El del almacén de plátanos del marido. Los cerdos del corral, alimentados con las boñigas de burros y machos, recogidas en las calles del barrio de las que terminaban de aprovechar los puercos el grano que el estomago de los equinos no terminaba de digerir; con las sobras de las fondas donde algún conocido cada día apartaba lo aprovechable; con los plátanos del almacén que ya no podrían venderse. Todo para sacar adelante dos hijos.

Los cimientos de la vida volvieron a temblar apenas cinco años después, cuando la guerra se extendió y atravesó estas tierras del sur de Aragón.

Supo que en Cataluña las cosas no iban mejor, cuando una mañana llamó a la puerta un señorito bien vestido. Escucho decir a los vecinos que venía desde Barcelona con noticias de su cuñada, que años atrás, muchos años atrás, dejó las sayas negras de la masada y los trabajos con la tierra y las bestias en busca de un sueño en la ciudad. No se fió de aquel hombre, sin duda perseguido por los movimientos obreros de Barcelona, que intentó refugiarse en una ciudad ocupada por las fuerzas rebeldes al gobierno. No le abrió la puerta.

La vida en la ciudad no tenía grandes sobresaltos, salvo cuando al amanecer se oían disparos de fusiles, que no venían del frente sino de la retaguardia. “Sacas” con un destino en la fosa común de Caudé; hubo quién anotó cada uno de los disparos que escuchó y su diario sirvió años después para valorar el número de muertos allí arrojados.

Había también los rumores continuos de chavales, que apenas dejada la adolescencia abandonaban territorio fascista para enrolarse en el ejército de la República. Aquel quince de Mayo de mil novecientos treinta y siete, era la noticia en el Arrabal. El lechero de la masada de la Cuesta la Cera, cerca de San Blas, junto a otro chaval del pueblo, habían desaparecido camino de Torrebaja, en busca del terreno todavía ocupado por los republicanos.

Otras familias en Teruel permanecieron juntas en al ciudad hasta que fue tomada por el ejercito fiel al gobierno. Pero su vida también sufrió enormes sobresaltos. Hombres mayores, no aptos para el frente, eran reclutados, uniformados con un brazalete en el brazo, para recoger los cadáveres tras la batalla que cada noche se libraba en las inmediaciones del cementerio, por donde entraba la carretera de Alcañiz, y desde donde una vez tomado los altos del muletón de Celadas lanzaron el ataque para la toma de la ciudad las tropas de choque internacionales de la Brigada Lincoln apoyando al cuerpo del ejercito de Lister, que sería el que oficialmente entraría, porque no querían que aquellos llegados desde los barrios obreros de Glasgow, Alemania, Francia, Polonia, EEUU…. aparecieran en las fotografías en las que la prensa proclamará al mundo la toma de la primera ciudad rebelde por el ejercito republicano.

Algún niño cuya vida hasta entonces había cabalgado entre ir a la escuela, acudir al ensayo de la banda de música, donde tocaba el trombón de barras y el bombardino, y jugar en la calle, comprendió que su vida giraba hacía la tempestad cuando, escondido en el refugio del tozal, al que había acudido tras levantarse de la cama al oír las alarmas que anunciaban la llegada de la aviación que bombardearía Teruel, escondió en una grieta dos monedas de plata que conservaba en el bolsillo de su pantalón, entre los ladrillos de la pared, dejando junto a ellas toda su infancia y adolescencia arrebatada por la guerra que comenzaba en la que, antes de ser evacuado de la ciudad, terminaría también él participando junto a la banda de música que acompañó para alguna jura de bandera de soldados rebeldes en la pequeña aldea de El Campillo. Acababa de regresar del pueblo su hermano mayor, donde había quedado de criado cuando el resto de la familia salió para establecerse en la ciudad con la esperanza de mejorar su vida, y volvían a separarse porque por convicción o por obligación se había alistado con los republicanos en el cuerpo de carabineros con apenas dieciséis años cumplidos.

Los masoveros de Escriche y los del pueblo de Corbalán habían observado cambios en las fuerzas republicanas. Las milicias anarquistas ya habían sido integradas en el ejército popular. La disciplina en los mandos se había impuesto, y para los masoveros supuso un alivio, porque ahora se pagaban las ovejas que el ejercito requisaba, se respetaban los campos e incluso las obras del rancho de los campamentos de la Gasconilla y del matadero de Corbalán se repartía entre la población civil, en un intento de compensar a aquella gente que sufría vivir en un campo militar. Los niños de aquellas masadas eran vistos con simpatía y compasión por los soldados, que no entendían porque su infancia, ya antes de la guerra, se cargaba con tanto trabajo y responsabilidad respeto a los niños de la ciudad de donde venían.

La niña separada de su madre por una línea de frente que cruzaba por las cárcavas de arcillas en Valdecebro, maduraba día a día, asumiendo el papel de madre para su hermano pequeño. Aunque el miedo a las tropas siempre les acompañaba, comenzaba a acostumbrarse a la calma de una situación que no era normal, por que no podía ser normal estar en guerra. Nadie le hablaba de las barbaridades, pero ella las oía, en las conversaciones entre sus abuelos, sus tíos y su padre, entre las conversaciones de los soldados que junto a la masada pasaban de camino y de regreso de las primeras líneas en la rambla del río seco, de los altos de Corbalán. Una mañana cuando con la burra se acercaba sola, con apenas doce años, al bajar de La Hita antes de llegar a La Zarzosa y pasar junto a un destacamento que abrían un camino por el que transitar camiones y tanques que pudieran llegar desde el Puerto de Escandón por los altos de Cabezo Alto, les oyó escuchar a los soldados comentar su incredulidad al ver a una niña viajar sola. Le preguntaron donde iba y les contestó que iba a recoger el correo a Corbalán, que esperaban carta de su tío que estaba en el frente del Ebro. Se lo comentó al padre, éste le contesto que tenían razón, que ya no volvería a ir sola al pueblo.

El padre se acercaba con el ganado hasta el Mas de Bonet, esperando encontrarse a alguien que hubiera pasado desde Teruel y pudiera darle noticias de su mujer, miraba la rambla del río seco. Aquel paisaje le traía siempre recuerdos de separación. Cuando marcho a cumplir el Servicio Militar a Algeciras, y no volvió en varios años.

Aquellas cuestas también le recordaban cuando unos años antes de partir a América, acompañó en paso despacio junto a su hermana que incapaz de seguir esa vida, de convivir con el silencio de la madre, autoridad de la casa, soñaba con el mundo que cada verano veía en la ropa, en la piel, en el carácter de la Baronesa cuando acudía a la Casa Grande de Escriche a veranear. Sin embargo no fue ella voluntariamente quien definitivamente abandonó todo lo que tenía. Fue una sentencia de destierro la que la lanzó hacía un destino incierto del que no volvió. No servía quedarse en el pueblo cercano, sirviendo en casa de alguno de los pequeños señores, necesitaba alejarse para saber si existe otro mundo mejor y quizás encontró que lo hay para algunos, aunque el destino de los suyos es caer presa de la esclavitud. Allí, junto al puerto, donde parten los barcos hacía el otro lado del mar, no encontró peor amo, que aquel pobre endiablado que sobrevive esclavizando a pobres como ella.

Entre tanto sufrimiento el negro acompaña a estas gentes. Sus ropas polvorientas siempre son negras. Aquellos que los miren apreciarán siempre tristeza. Aunque las primaveras traigan esperanza, cada verano marchita de nuevo los rebrotes que puedan dar color a su vida.

Ese negro lo viste, ochenta años después, la adolescente urbana, que desde el anden espera el tren de cercanías rumbo a la Universidad, en solidaridad con aquellos que no ocupan un espacio digno en una sociedad desigual que no reparte con equidad la riqueza lograda conforme el país se incorpora al mundo desarrollado en una economía de mercado capitalista. Una sociedad que en su culto al consumismo en muchas ocasiones olvida la necesidad de un estado de bienestar que de igualdad de derechos a todos sus ciudadanos.

La recién licenciada antropóloga pretende estudiar la historia de las gentes pobres de una tierra que solo conoce de oídas. De los relatos contados por su abuela mientras la cuidaba cuando era niña los días en que su madre antes de ir al trabajo la dejaba en su casa, en el Barrio Gótico de Barcelona. Historias de la masada en la montaña, de las que su abuela ocultaba las desgracias que vivió, hasta que un buen hombre, un represaliado republicano que reconstruía de nuevo su vida, la rescató. Con aquel hombre la abuela pudo vivir el amor que la vida siempre le había robado, un recuerdo de un tiempo breve vivido con él, guardado como un tesoro en su corazón. Jamás podrá olvidar a su marido,  a quién la tuberculosis, recogida en las trincheras y en los campos de concentración, se llevó sin dejarle conocer  la democracia en  el país por el que había luchado.

No se quitará el negro hasta que entre las ruinas de las masadas, entre los pinares que invaden campos abancalados, comience a entender a la generación de hombres y mujeres que vieron hundir el barco de su vida embestido por desgracias y penalidades. Masoveros que en la escasez y el aislamiento gestaron una cultura capaz de obtener de las ásperas tierras los recursos para vivir, para generar un tejido social sustentado en la ayuda de los vecinos, en el sentirse miembros de una comunidad que se necesitaba para sobrevivir. Una cultura que, a pesar del transcurso de los años, todavía nos genera empatía a quienes vemos las masadas en ruina. Cerramos los ojos y creemos oír los murmullos de las familias que a lo largo de varios siglos vivieron en las Sierras del Maestrazgo y de Gudar, trabajando una tierra que no era suya con un contrato de arriendo en que debían aportar la mitad de lo producido al amo.

V. PAÑOS NEGROS EN LA PLAZA REAL DE BARCELONA

 

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Los masoveros se unen cuando hay que defender a su comunidad de vecinos. También para imponer la tradición cuando se vulneran valores morales y de conducta, casos en que aíslan y expulsan a los infractores. La Casa Grande de Escriche incluso conservaba una carcel y el patíbulo donde el señor administraba justicia entre sus siervos.

Cuando aquellas muchachas, recién estrenada la juventud, entraron en casa del dueño de la Masada de la Casa Baja, no pretendían robar, sólo tomar prestado vestidos para lucirlos en la fiesta de Escriche y enamorar a los mozos en el baile que por la tarde se celebraría en la Plaza, a la sombra de los tres viejos olmos, junto a la Casa Grande y la Iglesia de San Bartolome, cerrada por el Sur por la Iglesia de la Epifanía con su abside orientado al Este y utilizada tras su derrumbre como como cementerio. Durante el baile el masovero reconoció las ropas. Eran las de las hijas del amo. El Alcalde y el Juez ante su denuncia no lo dudaron y dictaron sentencia: destierro.

El Alcalde ocupaba por delegación el poder del amo; como siempre lo había sido en la Baronía. Desde mil ochocientos treinta y tres, en que se reorganizaron los municipios del país, el Alcalde se nombraba tras la representación de una mascarada de elecciones municipales. La aldea, como el resto del país, no se organizaba democraticamente, en verdad continuaba su regímen feudal en el que el amo lo era de la tierra y de los vasallos. La Baronía tenía un dueño, el Barón –era Baronesa en los años de principios del siglo veinte-, ella mandaba. El administrador y el guarda se encargaban de cuidar la hacienda, lo que les daba el privilegio de tener poder sobre el resto de los masoveros, cedido por la señora para velar de sus intereses. Aquellos años los Barones vivían en Madrid y sólo unos meses en verano acudian a la casa solariega de Escriche; no ocupaban tampoco la casa de los Sanchez Muñoz en Teruel de la calle del Barón.

Las chicas no tomaron con desilusión el castigo, lo vieron como una esperanza para salir de su monotona vida en la masada, de la que con suerte, quizás casadas con algún masovero de la Sierra de Gudar, cambiaria en ubicación, que no de lugar.

La familia no pudo ocultar la vergüenza, que continúo incluso cuando la distancia y el tiempo rompió todo contacto. Con el transcurso de los años el tema no se nombraba, pero permanecía en la memoria de todos.

Los primeros meses en Barcelona, empachadas de felicidad ante la continúas novedades que su vida experimentaba, se fueron tornando oscuros conforme la vida alegre se apoderó de aquellas jóvenes aldeanas, que sin malicia acabaron engañadas por todos. Conducidas a la mala vida, su ropa de vivos colores acabó con el transcurso de los años, como la de tantas mujeres, teñida de negro. El negro de las sayas que vestían y que, desde que los años surcaron de arrugas su rostro, ya no se quitaron hasta la muerte. Para estas mujeres la noche tenebrosa continuaba, arrinconadas en el rincón más escondido del cementerio, reservado para las gentes anónimas.

La familia sabía de su vida. Los parientes de Barcelona hablaban de ellas en las cartas que enviaban. Durante el mes de Septiembre cada año regresaba a visitar a los padres. Nadie hacía ningún comentario del pasado ni de la vida que llevaba en la ciudad. Disfrutaban del breve encuentro anual, saboreando los regalos que traía.

En ocasiones, cuando su economía se lo permitía y si podía acercarse a La Lonja, antes de coger el tren, hacía Zaragoza, llevaba una gran pieza de atún, porque sabía que el pescado era escaso en la dieta de la gente de la montaña. Tan sólo comían bacalao cuando algún puesto del mercado de la Fería de Cedrillas, que se celebraba durante la primera semana del mes de Octubre, traía los grandes lomos salados que permitía su conservación y transporte. Lo desalaban y comían con judías blancas en los días de Todos los Santos, los lomos que sobraban se guardaban para los días de cuaresma en los días previos a la Semana Santa.

Para poderles llevar el atún y que no se estropeará en los tres días que duraba su viaje desde Barcelona a las masadas de Teruel, lo “embotaba”. Limpiaba bien de espinas, piel y la parte roja oscura de la carne, llenaba de agua hasta la mitad una olla grande, salando en la proporción de noventa gramos de sal por litro de agua, y cuando hervía el agua echaba el atún, volvía a dejarlo hervir y lo dejaba quince minutos. Pasados éstos lo sacaba y dejaba enfriar. Una vez frío cortado en trozos más pequeños y manejables rellenaba los botes de cristal, añadía aceite de oliva hasta cubrirlo, dejando un centímetro entre este límite y el borde del bote. Dejaba reposar un rato y con el mango de una cucharilla quitaba las posibles burbujas de aire que quedaban en el fondo o paredes y volvía a añadir el aceite necesario para que quedara cubierto. Finalmente esterilizaba bien la conserva: en una gran cazuela se dejaban los botes durante una hora de hervor.

Aquellos días del principio de otoño, recién recogida la cosecha y todavía sin tener que preparar la tierra para la próxima cosecha, tenían tiempo para juntarse alrededor del fuego de la cocina y mantener la tertulia tras la cena. Hablaban de la infancia, de las novedades que habían ocurrido durante el año. Con la conversación rompían el muro que el silencio de la distancia y los rumores de la gente había levantado.

De regreso a Zaragoza, en tren, le acompañaba su hermano. Reían al recordar los días compartidos con el rebaño de ovejas en las lomas, ayudando en la cosecha ó cuidando de los hermanos pequeños. Eran los hermanos mayores y aún niños tuvieron que asumir esas responsabilidades en un medio hostil, con un frío que levantaba sabañones en las manos cuando las calentaban junto al fuego. Juntos también descubrieron el jolgorio en los bureos de las masadas y en las fiestas de los pueblos cercanos. Antes de despedirse siempre tomaban unos pasteles. En ocasiones tortas finas perfumadas con anís, que la madre había horneado junto al pan en la masada. Otras veces el chocolate que quienes regresaban de bajar unas cargas de leña a Teruel habían comprado en la confitería de Muñoz en la Plaza del Mercado. Relamían con enorme placer la dulzura que la vida no les había dado.

Llegó la guerra que rasgo la vida de todos. La suerte se cerró para aquel señorito de gorro de fieltro, quizás fabricado por los artesanos de Tronchón con piel de conejo, que un día, enviado por ella, llamó a la puerta de la casa del arrabal. La puerta no se abrió. La mujer estaba sola, separada del marido y los hijos por una línea de un frente donde apenas se cruzaban balas, pero que separó familias. Huía de los obreros de Barcelona y se refugió entre los fascistas de Teruel, ciudad que en pocos días terminaría querada, por la metralla y el odio, durante el invierno de mil novecientos treinta y siete.

Unos años antes de fallecer llegó a casa una carta de su hermana avisando de que iba a visitarlos.

Hacía años que en la familia nadie hablaba de ella. No se había olvidado el viaje a Barcelona, apenas acabada la guerra, para curar la herida del ojo de la niña en la clínica Barraquer. Una tarde al regresar de la clínica junto a su madre, a ésta la cara se le desfiguró con tristeza cuando llamó a una mujer, que tras girar la vista se escabulló entre los callejones, que desde el Barrió Gótico bajan a la Rambla.

Tras la ocupación de la ciudad de teruel, de nuevo por los fascistas, éstos siguieron avanzando por los pueblos de la Sierra de Gudar y el Maestrazgo hasta las playas de Peñíscola y Benicarlo. La ruptura del frente solo logró pararse en la línea XYZ, que el ejercito de la República fortificó para parar el incontenible avance de los hombres de Franco, apoyados por tropas italianas, en dirección a Valencia. Habían regresado a la masada, ahora ubicada en el lado de los rebeldes. La adolescente de quince años, ya se miraba en el espejo. Una tarde intento rizarse el pelo utilizando unos alambres y se araño el ojo izquierdo. Bajaron al Hospital de Teruel para tras una cura de urgencia marchar deprisa a Zaragoza, donde durante casi un mes intentaron salvar la vista del ojo derecho. De regreso a Teruel, en el tren se oían a los soldados cantar por el final de la guerra. El Dr. D. Nicolas, amigo de la familia, inició los tramites para que recibiera atención médica en una clínica de Barcelona. El Dr. Barraquer había habilitado en su consulta de oftamología un pequeño consultorio para atender a gentes sin recursos.

Vivieron varias semanas en Barcelona, mientras le diagnosticaban el grado del daño que habría sufrido el ojo y valoraban la posibilidad de recuperar la visión. Aprovecharon para visitar a la familia, de la que apenas habían tenido noticias desde julio de mil novecientos treinta y seis. Aquella tarde, mientras regresaban a casa de los primos, que les hospedaban, en el Barrio antiguo de la ciudad, la vieron por última vez.

Los dos hermanos sabían que aquél encuentro de finales de los años setenta era una despedida. No tuvieron necesidad de hablar mucho. Se dirigieron miradas, se abrazaron para sentirse, guardaron silencios para perdonarse. Llenaron los huecos de sentimientos que los años habian vaciado. Se fué una tarde, esta vez para siempre. En los andenes de la estación, junto a la huerta de Teruel, a la que llegarón descendiendo despacio por La Escalinata, quedaron sus viejos hermanos diciéndole adiós. Hacía unos años le habían extirpado un pecho y la enfermedad continuaba.

Años atrás, en el puerto de Barcelona, cansada, hambrienta, temerosa por guardar en su interior los varios cientos de pesetas que había ahorrado, tapándose el rostro, esperaba que alguien acudiera a buscarla tras dejar una carta en un buzón de una de las casas cercanas a La Pedrera. Acudió él, al atardecer, cuando las sombras ocultaban los rasgos de la cara. Era un amigo del señorito pero no lo era suyo.

Los años de antes de la guerra fueron felices. Creyó encontrar el amor junto al hombre que le puso un piso en la calle París, donde compartía con ella un tiempo robado a su mujer e hijos. Al inicio de la guerra huyó de Barcelona y paso por Teruel donde pese a llevar la recomendación de ella nadie le abrió en la dirección llevaba escrita en un papel oculto en el bolsillo derecho del pantalón. Nunca nadie supo más de él.

El amigo de su amante no venía a ayudarle, le arrebató el dinero y la dejó tirada en la misma calle donde unos veinte años antes el señorito le había enamorado para ponerla a su servicio.

Encontró otro hombre que la quiso. Ella no conservaba semillas de amor para nadie, pero termino germinando alimentado por la bondad de quien desde la derrota aún creía que podría cambiarse el destino. Le proporcionó un humilde hogar donde pudo restablecer su vida. El exmiliciano republicano arrastraba la tuberculosis contagiada en los campos de represión franquistas y sólo tuvo unos años para darle compañia y protección. A su muerte una humilde casa y sus amigos fueron su herencia. Con pocos recursos y fregando portales pudo seguir viviendo junto a una amiga, con la que compartía vidas paralelas. Vivieron en una vieja casa junto a la Catedral del Mar, al lado del mercado de Born, con el recuerdo de los años felices en la Barcelona de mil novecientos veinte y la generosidad de sus vecinos con los que compartían tantas similitudes en el devenir de su vida.

Partió soñando llegar a vivir como la Señora que cada año, en verano, acudía a la Casa Grande y el día de la fiesta formaba a todos los masoveros y les entregaba una pequeña limosna, que debían agradecer con un “gracias, Dios se lo pague”. Se enfrenta a la vergüenza sufrida cada día cuando siente que su vida no tiene destino, en un lugar donde nadie le deja una silla que ocupar. Al encontrarse a su cuñada, renuncia a saludarle para no tener la obligación de hablarle de su devenir desde que dejó su piso en la calle París.

Las mañanas de los domingos los porches de la Plaza Real, bajo sus enormes palmeras, dan cobijo a una sociedad desigual, injusta e injustificable. Una mujer envuelta en negro pide limosna entre vendedores de colecciones de sellos, de monedas, de chapas y fichas de teléfono, rodeados de aquellos que esperan el descuido para robar la cartera de quienes disfrutan el descanso paseando, comprando, tomando el aperitivo en alguna de las terrazas. En el balcón de un ático, otra mujer joven, también vestida de negro, no ha vivido desgracias, ni guerras, ni hambre, pero ha asumido el compromiso de no quitarse ese color mientras el mundo no cambie.

La joven dejó su ciudad en el sur de Aragón, como tanto amigos que se separaron al comenzar la universidad. Iniciaron su juventud pensando que un cielo azul se abría en España tras estar años envuelta de negros nubarrones alimentados por el destino que marcó la dictadura vencedora en la guerra civil. Parecía que la tormenta amaianaba cuando el generalísimo moría en la cama. Jóvenes comprometidos en aportar un sentido al nuevo país que resurgía de las cenizas del odio y de la represión, pronto comprendieron que las riendas volvían a ser controlados por quienes siempre lo mantuvieron como cortijo de privilegios, de castas arropadas en el poder, capaces de dejar a su suerte a todos aquellos a los que estrujaban con impuestos, a los que envian a guerras con proclamas utópicas que nunca llegarán a cumplir.

El camino en su vida se orientó con buen rumbo. Pese al machismo impererante, su brillante curriculum en sus estudios universitarios le abrió puertas en esa sociedad tan estratificada. Gano dinero y adquirió un ático en la Plaza Real, desde donde cada vez que la miraba le dolía ver mendigos humillados, mujeres explotadas, hombres abocados al alcohol y a la droga, refugiados económicos y políticos que huyen de su país y no son acogidos. Presos de una calle convertida en celda para cumplir la pena perpetua de ser pobre. Excluidos sociales a los que en los últimos años se unen ciudadanos apartados del sistema cuando pierden su trabajo y su cualificación no les ayuda a encontrar otro puesto para dirigir las maquinas que hacen las labores que antes ellos desarrollaban.

El siglo veintiuno llega erosionado de las conquistas sociales alcanzadas por la lucha obrera, tras desarrollar un estado de bienestar que desde la segunda guerra mundial tuvo un lugar en la política de los países de Europa. En España apenas hacía veinte años que había comenzado un nuevo periodo democrático y todavía no había logrado alcanzar los niveles de protección para la clase obrera que sus vecinos europeos aplicaban desde mediados del siglo veinte.

Las sociedad postindustrial explosiona conforme avanza la tecnología. Descuelga del sistema a obreros sin cualificación que dejan de tener una oportunidad en la vida. Estos ciudadanos que habían llegado a ocupar ese lugar de clase media, se ven sin recursos, sin la protección del Estado y con la verguenza de caer en la enorme bolsa de los excluidos. La sociedad satisfecha mira hacía otro lado. Alimenta el capitalismo desde el consumismo instaurado como motor económico para desde el sector servicios ofrecer ocio como sentido de la vida.

Llegó a estudiar arquitectura. Encontró trabajo y compró el ático ubicado en ese lugar privilegiado desde observa la realidad del mundo donde vive. Se permitió decorarlo austero pero acogedor. La puerta de su balcón esta abierta para que entré el aire, los olores y las voces del mundo real, el que permanece en la plaza y le recuerda la desigualdad en el mundo. Por todo ello viste de negro y se ha unido a otras mujeres para ayudar a quien necesita abrazos y alimentos, para pedir justicia, igualdad y fraternidad en la política. En sus reuniones de coordinación florecen ideas para desarrollar políticas que garanticen un futuro basado en el desarrollo de los intereses de la comunidad frente a los del individuo.

Por las tardes acompañan a las viejas arropadas con mantones negros, que piden limosnas en las esquinas. Les llevan un plato caliente. Les ayudan a llegar a sus casas y allí escuchan su vida. Mientras la cuentan rememoran las ilusiones perdidas, pero también reviven aquellos años en que no vistieron de negro y escucharon música en aquellos cabarets de la calle Paris, para volver a sentir la felicidad que vivieron soñando con ocupar un espacio en el estrato social donde no tenían ninguna reserva.

La tristeza que reflejan esos ojos claros que brillan en medio del negro mantón que cubre la cabeza, aflora en todos los ojos de los pobres. Humedecidos, envueltos en una nube difusa, se cierran cuando se sienten observados para soltar una lagrima invisible, recordando el camino recorrido, sin llegar a ningún destino, siempre buscando una oportunidad que la vida les niega.

IV. LA MANTA DE CUADROS

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El uno de abril de mil novecientos veinte, Justo regresaba de Barcelona. En el puerto de Valencia le esperaba su hermano y los primos de la Puebla de Valverde con los que en el P. Satrustegui, viejo barco de vapor, embarcaban rumbo a los Estados Unidos de America. Llegaba de despedirse de Concepción.

La abuela llevaba viviendo desde hacía un año en Barcelona. Después de casarse tuvieron dos mellizas que murieron en el parto. Una familia de la burguesía barcelonesa, libreros, la contrataron como ama nodriza para la hija que acababa de nacer, seguramente recomendada por alguno de los muchos parientes que hacía unos años se habían trasladado a trabajar en la industria textil catalana ó en alguna portería de edificios del Barrió Gótico de la ciudad.

Ninguno de los dos había salido de las masadas. Justo, hacía siete años que había regresado de la bahía de Cádiz. Lo habían destinado allí para cumplir el servicio militar y la fortuna le sonrió al no verse obligado a cruzar el Estrecho de Gibraltar, desde Algeciras, para participar en una de las múltiples y periódicas guerras que España mantenía en su colonia del norte de África. Descubrió allí una tierra fértil, tan distinta de las pedregosas laderas del Cerro Blanco, Cerro Los Novillos, del Cabezo Alto, donde comienza a elevarse la Sierra de Gudar. La tierra andaluza les mostró praderas con hierba tan alta que llegaba hasta la barriga de las vacas que en ella pastaban, enormes alcornocales capaces de dar sombra a treinta toros; según yo recuerdo de algunos de los relatos que me contó en las tardes en que, junto a la pared de la era, protegidos del cierzo, nos sentábamos al sol del mediodía mientras la pequeña perra ratonera correteaba o se tumbaba a nuestros lados para que le acariciáramos la garganta.

La abuela descubrió en Barcelona un mundo alegre en el que resultaba fácil soñar con un futuro. Esperanza que compartió con su marido aquellos dos días de despedida en que soñaron con una nueva vida cuando tres años después regresara de América. Lo hablaron aquellas dos tardes, paseando por las ramblas en la hora libre que la familia le dio para estar con él,  porque en la casa no les dejaron dormir juntos.

Los primeros años la familia Suñer gozaba de prosperidad y Concepción sólo tenía como obligación cuidar de la niña que quería como hija. No sólo la alimentaba con su leche, también le daba todo el amor maternal que retenía de las hijas perdidas en el parto. Vestida de doncella de belle époque, vestidos alegres tan distintos de las sayas negras que usaban en la masada, empujando el carrito de bebes, todos los días disfrutaba varias horas en el parque de La Ciutadella hablando con otras niñeras. El resto del día continuaba atendiendo y haciendo feliz a la niña, tal y como le pedían sus padres; lo que era fácil desde las condiciones de vida de una familia burguesa. El cabeza de familia murió al poco de nacer el segundo hijo. Concepción vivió entonces el decaer de la casa. Aunque no podían pagarle, lo hicieron con el cariño de quererla como una más de la familia que sufría los cambios que la muerte del padre trajo, con ofrecerle una casa donde vivir y proporcionarle el ajuar, que conservaría hasta que la guerra, pocos años después, destruyera en Teruel los recuerdos de su vida.

En torno al verano de mil novecientos setenta y cinco, nos visitó aquella niña que la abuela Concepción amamantó y cuidó en la Barcelona de los años veinte. Le acompañaba su marido, conduciendo un seat seiscientos, con el capo trasero ligeramente abierto para ayudar a refrigerar el motor, se  desviaron hacía Teruel en su ruta, regresando de un viaje que en vacaciones realizaban para conocer Toledo. Querían saludar a la familiar “de leche” de la que hacía varías décadas no tenían noticias. Los primeros años tras regresar Concepción a Teruel solían intercambiar correspondencia, los cajones del granero aún conservan postales y fotografías que la abuela Joaquina recuperó de la casa de la Plaza Mayor de los arrabales. La abuela debió  guardarlas  como recuerdo de aquellos años en que trabajando de niñera en la calle Balmes de Barcelona su vida fue un poco más fácil. Nos trajeron un pequeño recuerdo, un palillero con reproducción de pequeñas espadas toledanas. Durante algunos años volvieron a compartir cartas con intercambio de fotografías donde se muestran a los hijos que crecen y se van haciendo adultos. Después, poco a poco, de nuevo el olvido nos ha ido separando en diferentes direcciones y ninguno sabemos de los otros.

El abuelo se sentía sólo sin la abuela. Siempre se sintió un poco sólo en aquellas tierras prestadas, las de la Baronía de Escriche, donde su familia venía viviendo desde hacía varias generaciones. Cuando se casó con Concepción y pasó a vivir a la Masadica, que ocupaban sus suegros, su ánimo no mejoró. Al padre de su mujer le gustaba acercarse a Corbalán a tomar algún chato de vino, y el trabajo, todo el trabajo de la casa, se amontonaba en sus hombros y en los de ella. A su suegra la llamaban La Coronela, con lo que sobran palabras. Justo era un hombre enamorado. Joven capaz de soñar. Pero sin ella se quedo sin el aliento para sonreír cada mañana, para quitarse las legañas de los ojos y saborear la llegada de cada amanecer.

Una mañana que se encontró por la masada de la Atalaya con el primo Tomás de la Puebla de Valverde, este  le contó lo que otros de la familia le transmitían desde Westwood, un lejano pueblo de los Estados Unidos de América, respecto de una gran empresa que explotaba unos bosques que no tenían fin, árboles con una altura de varias decenas de metros, con troncos tan anchos que eran incapaces de rodear cinco hombres. Buscaba trabajadores. Les pagaban el viaje de ida y vuelta y le prestaban, previo pago de alquiler, una cabaña donde vivir, a cambio de que durante tres años trabajara de sol a sol. También tendría un salario para ahorrar y regresar con un dinero que le ayudara a alcanzar el sueño que junto a su mujer tantas veces habían soñado desde los paseos de noviazgo. No lo pensó, dijo que sí; le propuso a su hermano Francisco acompañarle.

Francisco llevó de la masada un buen trozo de jamón para el viaje y la manta que le pidió: La manta de cuadros. Paño áspero con cuadros desdibujados, colores apagados decapados por el sol, ensebado por el uso y preñado de olor. Olor al campo, al ganado que frecuentó, al cuerpo que cubrió en tormentas con vientos arrastrando matacabras en los atardeceres de los gélidos días de principios del invierno, ahumada con aliagas prendidas al resguardo de un muro de piedras cuando el cierzo azuza en los altos cercanos a Cabezo Alto; él mismo se tendió sobre ella en las siestas estivales a la sombra de las sabinas.

Plegada en la cabecera de la cama, setenta años después me acompañó para abrigar a mis hijos Guillermo y Alicia. Sentado en la mecedora la colocaba sobre mis piernas, arropándolos con ella les cantaba nanas perfumadas por la lana vieja. Le narraba historias sobre una tierra desconocida, de gentes extrañas, de mi pasado y del suyo, de nuestros ancestros, de mis orígenes, de los suyos. Los ojos se me tornaban húmedos, como aquellos ojos claros del abuelo, que al mediodía de los días de enero, recostado en la pared soleada junto a la era, me hablaba de su vida sin enturbiarla con los momentos de dolor que también le habían acompañado. Un dolor que no desapareció en la siguiente generación, la de los padres, cuya infancia se hundió en la furia de la ira, por el hambre y en el forzoso olvido impuesto por el miedo. Unos ojos que se estremecieron por el campo ardiendo de metralla saltando al aire, de hombres avanzando y desplomándose al cortar la línea sibilina de las balas, jóvenes acuchillados en el combate cuerpo a cuerpo.

Los telares del Maestrazgo han desparecido de casi todas las casas, pero durante años movió la economía de las altas tierras del Alfambra, del Mijares y del Guadalope. La lana era oro. Sus buscadores lo encontraban en las ovejas, en el trabajo del batan, en las hilanderías, en los telares, en los arrieros que transportaban y regresaban con mercancías escasas para las gentes de estas montañas. Durante aquellos años estas tierras fueron protagonistas de un reino cuyas fronteras se extendían por el Este hacía donde se llegaba en barco desde los puertos del Mediterráneo. Se duplicó la población. El rejón abrió caballones para obtener alimento. Tras la crisis de la lana dejaron de necesitarse extensos prados y las masadas fueron vendidas en lotes, al tiempo que La Ilustración trajo la fiebre del cereal y desfiguró el territorio en una vasta llanura de lomas labradas y parameras de eriales, surcadas en el fondo de valle por una hilera de chopos viejos, trasmochos; viejos árboles con la cabeza podada constituyeron para los pobres la única leña en el hogar de la casa, las vigas para el tejado del granero, las hojas y ramas para rumiar el rebaño en invierno y matar el hambre. Los batanes se reconvirtieron en molinos, que también necesitaban de la fuerza del agua para moler el trigo.

Pero estas tierras pobres y su clima infernal se agotan si se las exprime. Desaparecieron los bosques de encinas, de quejigos, también de pinares. Cuando la población descendió en sucesivos éxodos al exterior, las ovejas desaparecieron porque la lana ya no se compraba, los fuegos bajos de tantas casas se apagaron y ya no pedían leña, muchos de estos campos repuntaron de nuevo con pinochos jóvenes capaces de enraizar en el único suelo conservado entre las grietas de las rocas. Sucedió a este tiempo la desorientación. Los telares se fueron a zonas industriales donde la maquina de vapor impulsada por el carbón los movía más veloz que la fuerza del agua y los brazos de los campesinos. Las gentes de la sierra quedaron huérfanos al desaparecer ese sistema socioeconómico, en que los especialistas ya no tenían lugar. Sobrevivieron algunos en espera del cambio que nunca llegó. Algunos partieron a las zonas industriales catalanas. Otros buscaron la fortuna en las tierras americanas, el joven país que ofrecía trabajo.

El abuelo, con cuarenta y tres años, una niña de once años y un mocete de cuatro, la mañana del veinte de Julio de mil novecientos treinta y seis, acompañado del tío Miguel, el albañil, se quedó parado leyendo el parte de guerra que el brigada acababa de pegar en la pared del Tozal junto a la Plaza del Tórico de la ciudad de Teruel. Junto a ellos lo leían una veintena de personas. Algunas con el alma en los pies temblaban, otros con una sonrisa en la cara miraban alrededor sin sutilezas tramando revanchas pendientes.

A la lectura del bando de guerra del General Jefe de la Quinta División a la Comandancia Militar de Teruel, siguió el paseo del Comandante Aguado, acompañado del piquete de militares sublevados, guardias civiles y guardias de asalto, deteniendo a su paso por las sedes de las organizaciones de izquierda a cada uno de los que habían sido escritos en la hoja que guardaba en el bolsillo derecho de su guerrera.

Al regresar a su casa, situada en la Plaza Mayor, a escasos metros de las escalerillas del arrabal, junto al edificio modernista de Las Escuelas, debió hablarlo con la abuela. Barajaron el riesgo que un conflicto supondría para un hombre joven como era él, para los niños, para ella. Analizaron irse todos a la Masada con los abuelos. Concepción decidió, haciendo de tripas corazón, que ella no podría marcharse, perdería el trabajo que acababan de darle en el matadero, y alguien debía quedarse para cuidar la casa y los animales. Justo tenía unos días de vacaciones en el almacén de plátanos, donde trabajaba desde que se bajaron a vivir a Teruel hacía cuatro años y estaba a la espera de que le confirmaran un trabajo en el puesto de consumeros. Los consumeros se encargaban de cobrar tributos a todos los bienes que entraban a la ciudad, lo conocía porque cada vez que bajaban con las mulas cargadas desde Escriche debían declarar la leña, los huevos o las piezas de caza que bajaban para vender en la ciudad. Como tantos sueños rotos por la guerra que iba a comenzar, aquella oferta de un buen trabajo también lo fue.

El veintiuno de Julio, antes de que saliera el sol, con la burra cargada con los dos niños, partió por los monotes hacía la Fontana; siguieron subiendo, por la rambla del río seco junto a la vía del tren de mineral de hierro, que desde Ojos Negros lo llevaba al Puerto de Sagunto, hasta Valdecebro, antes de emprender el rumbo a la Baronía, hacía la masada La Hita donde estaban sus padres y hermanos. Nadie en el arrabal se extraño de verlo salir tan pronto, era un viaje que recorría con frecuencia, del que volvía al cabo de unos días cargado de leña. Él iba triste, dejaba a la abuela sola y no sabía cuando podría volver.

Llevaba el Heraldo de Aragón, para leer despacio, junto a su hermano y su padre Gregorio, las noticias que llegaba de otras partes del país.  Noticias  que explicaban la movilización de militares que había vivido la ciudad esos días.

Concepción, sus hijos y Justo no volverían a verse hasta Enero de mil novecientos treinta y ocho. Cuando el abuelo intentó volver al finalizar el mes de Agosto, las columnas anarquistas del levante había ocupado la Sierra de las Gasconillas, entrando desde Valencia por el puerto de Escandón. La línea del frente cortaba a los dos bandos en Valdecebro, desde donde unos milicianos le indicaron de buenas maneras: que a Teruel ya no se llevaba leña. En la masada conocen por lo que cuentan los vecinos de Formiche Alto y La Puebla de Valverde, que el día veintinueve de julio al llegar a la Puebla de Valverde “La Columna Fernandez Bujanda” junto a un grupo de Guardias Civiles, éstos se sublevaron ocasionando los primeros enfrentamientos con muertos. Otra columna anarquista, “La Torres Benedito” llegaría a Cedrillas y Corbalán el veintidós de Agosto. “La Columna de Hierro”, también procedente de Valencia, tras vencer en Sarrión al comandante Aguado, quién moriría en los combates, fue consolidando posiciones en el Puerto de Escandón y Valdecebro antes de terminar el verano de mil novecientos treinta y seis.

Aquellos milicianos, ciegos con la revolución, identificaban a todo propietario con terratenientes, incapaces de ver que aquellas masadas no las habitaban sus dueños sino medieros en unas condiciones no más favorables que las de los trabajadores en las fábricas de las ciudades. En el caso de los abuelos como los baúles tenían ropa de cuando la abuela sirvió en Barcelona y la que el abuelo se trajo de America, la desconfianza creció. El destino quiso que el jefe de la milicia, cuando los masoveros se negaron a colaborar con los revolucionarios defendiendo sus pocas pertenencias ante la propuesta de entregarlas a la colectividad recién instaurada por la columna anarquista, no fusilara a los hombres de la masada frente a la pared del corral.

Sin duda, la tensión del ambiente subió cuando su padre se negó a entregarles el rebaño de ovejas que recogía en la paridera. Para Gregorio la mitad del rebaño era todo el patrimonio ahorrado en su vida y la herencia que dejaba a sus nietos. En cada nacimiento de un niño reservaba cinco ovejas primalas, que serían para el nieto, junto a todas sus crías, cuando casará.

Se desplazaron a Corbalán hacía el jurado popular ya constituido. Allí las gentes del pueblo pudieron testificar que todo lo que les habían dicho era cierto, por lo que regresaron para seguir sufriendo mientras aquellos, que decían iban a luchar por ellos, pisaban los campos de trigo aún sin cosechar y confiscaban el rebaño para alimentar al ejercito popular.

Concepción no lo pasaba mejor en la ciudad. Los fascistas que la ocupaban no tenían un comportamiento más ético que las milicias. Fusilaban por chivatazos, por causas no vinculadas a fundamentos políticos sino a rencillas personales. Desde la Baronía sabían de ella porque la línea de frente era atravesada por desertores y militantes de izquierda que huían del terror; durante la noche aprovechando la oscuridad entre las cárcavas de Santa Bárbara y los barrancos del Río Seco llegaban a Valdecebro para incorporarse al bando republicano. La abuela nada sabía de su familia, porque de otro lado nadie volvía a la ciudad ocupada por los fascistas.

La manta envuelve su cuerpo enjuto y lo tiñe de cuadros entre los que sólo sobresalen una nariz aguileña y unos ojos profundos y claros. Las ovejas comenzaban a enfilar rumbo a la paridera, pero él permanecía quieto con la vista fijada en el poniente donde el sol comenzaba a ocultarse. La guerra civil les volvió a separar once años después de aquél viaje; el de ella a Barcelona y el de él a California. Apenas quince kilómetros tenían que recorrer para encontrarse, pero una línea del frente de guerra les mantuvo separados a uno del otro durante dieciocho meses.

Desde el dieciocho de Julio de mil novecientos treinta y seis la ciudad de Teruel quedó en manos fascistas. Los últimos días de Diciembre de mil novecientos treinta y siete el ejército gubernamental la recuperó por unos tras la más cruel batalla vivida en el lugar. Después de año y medio en el que el frente permaneció estable, con continuas escaramuzas de las milicias, que desde los primeros días del golpe de estado habían ocupado la sierra, desde la masada vieron avanzar al ya ejercito republicano, porque las milicias habían sido militarizadas hacia apenas dos meses y la disciplina castrense se había impuesto incluso en las más anarquistas. Apenas quedaron unos centenares de soldados guardando la retaguardia, cuidando la logística, por si hiciera falta intervenir y apoyar a los miles de camaradas que se batían por ganar la primera capital de provincia a los rebeldes. De ellos les llegaron las noticias de que la ciudad había sido ocupada hacía un par de días y la población civil era evacuada rumbo a Valencia.

Durante casi dos años apenas había tenido noticias de la mujer que quedó sola en casa, cuando él con los hijos subió a visitar a los abuelos, a ayudar en la siega, huyendo del terror que presentían se apoderaba de las calles turolenses. El mismo día que insurgentes del ejercito al Gobierno republicano dividieron el país en dos. Como en el resto del país una de esas líneas marco el destino de los que quedaron en las masadas camino de la Sierra y los que resistieron en la ciudad, donde la burguesía había iniciado cambios de modernidad, donde el ferrocarril abría caminos hacia el exterior, donde el mercado permitía dar salida a algún excedente y la entrada de algún dinero para cambiar un economía de autarquía de quien vive por y para la tierra, pero donde las oligarquías nunca estuvieron dispuestas a perder poder y privilegios.

No lo comprenden los anarquistas que han llegado desde Valencia, la ciudad grande que hay junto al mar, con puerto, y que estos días subieron a la Sierra a reconquistarla del fascismo. No entienden el sometimiento del hombre a la tierra y en sus sueños creen en la utopía. La utopía que ellos no han logrado en sus fábricas y que sólo los textos de intelectuales dan cabida, la que algunas colectividades anarquistas han impuesto con la revolución y han encontrado la resistencia y respuesta en contra de sus propios aliados republicanos. Encuentran que es otro mundo el de estas aldeas rurales y ello se plasma en artículos como el que escriben el veintiséis de Agosto de mil novecientos treinta y seis en el periódico Fragua Social, sobre información del frente de Teruel, donde textualmente citan respecto a las gentes de los pueblos que la milicia ocupa en la Sierra de Gudar: <llevan cuñado en sus rostros miseria de siglos. Cuerpos calcinados. Por los montes pastan ganados cuidados por niños de cinco años. El analfabetismo los tiene sumidos en una noche de hambre, mugre y moscas. El mitin se celebra en la plaza principal. Acude el pueblo a escuchar palabras de igualdad. Se adivinan sus cerebros haciendo esfuerzos por mantenerse a flote en aquel fárrago de ideas. “¿quien no trabaje, no tiene derecho a comer!” Se encienden sus ojos. Vibran todos ellos>.

Hoy la manta de cuadros huele a todos esos recuerdos. Guardada, pero siempre a mano para recogerla, espera el momento de volver a acompañar en momentos de cambio, de arropar el silencio y el frío si hay que volver a empezar. Permanece en el armario impregnando de olor a melancolía por los momentos tristes en que miras atrás para encontrar el camino de donde vienes.

Me contaba el abuelo que en las mañanas del invierno siguió abrigando los hombros de su hijo cuando, antes del amanecer, con apenas 13 años, partía a su trabajo de aprendiz de conductor a prender la llama con la que calentar los motores de gasoil de los camiones con el fin de que arrancaran cuando llegaran los chóferes. O, años después, cuando ya era conductor de uno de aquellos camiones, antes de salir de viaje, antes de de amanecer, arropado con ella se dirigía al huerto a dejar listos unos cuantos caballones de la huerta, para que su viejo padre después plantara las patatas o sembrara el maíz. La vieja manta pasó de arropar la espalda del pastor a la cabina del camión para abrigarse con ella cuando algunas noches de invierno quedaba aislado por la nieve en alguna de las malas carreteras de aquella España aislada por la autarquía y la dictadura.

Acompañó al abuelo hasta sus ochenta y ocho años. Sus viejos huesos, su piel curtida por el sol, no sentía el frío. Su cabeza horadada de agujeros por los que escapa la memoria de las cosas recientes, pero en los que, como la calcita que se deposita en las grietas de la roca caliza, se agarran los recuerdos del pasado, las vicisitudes de tantas desgracias vividas sólo soportadas por los también placeres insustituibles que otorga vivir. Sus temblores se calmaban cuando la acariciaba con sus manos, retorcidas por la artrosis.

Desconozco como continuaron tantas líneas trazadas de mis conversaciones con él. Me arriesgo a hilar esta historia conforme deshago el ovillo que guardo con lo que me contaron unos y otros, tejiendo con dosis de imaginación, con documentos históricos recuperados de libros publicados en los últimos años. No importa si es real la forma en que concluyo algunas historias, que cuando me las contaron quedaron sin cerrar, sólo pretendo que no se olviden.

Yo que vi al abuelo como un hombre viejo. Con sólo un diente en su boca, con el que se defendía para arrancar mordiscos a esas manzanas del huerto, del suyo, de los árboles que plantó al comprar la pieza. El huerto que trabajó hasta cuando sus manos deformadas apenas podía agarrar el mango de la azada con la que hasta muy avanzada edad anduvo cavando para no perder su identidad campesina. Varias décadas después de su muerte quisiera rescatar el rostro que una larga vida de dolor oculto, ese rostro de bondad, de hombre bueno, que mostraba su mirada de ojos claros y su creencia en el valor de la palabra. El de una vida que fue de un hombre enamorado, cariñoso con sus hijos y nietos incluso en los momentos de miedo y terror, y cuya ternura disimulaba tras la piel rasgada que la vejez temprana cubrió de cicatrices.

Solitario. Al regresar con el ganado, después de todo el día dirigiendo el rebaño hacia las lomas que debían pastar, hacia los cabezos donde debían sestear, hacia la fuente donde abrevar, sus hermanos marchaban a la puerta de casa y junto a la pequeña mesa de madera empezaban una partida de guiñote. En aquellas tardes de verano, en las horas que por fin llegaba el fresco, charlaban hasta la madrugada en torno al viejo porrón. El abuelo se apartaba en aquellos momentos, taciturno, como quien no quiere verse ni que lo vean, se acercaba a los huertos y regaba las patatas, escarbaba las lechugas y tomates; el huerto, incluso en los fríos días de invierno, era el rincón donde se sentía cercano a la tierra, y en esos atardeceres gélidos cuidaba las coles o volteaba la tierra.

Apenas sabía escribir y las poesías, las que meditaba para Concepción, nunca sellaron una carta. Nacían y morían al momento. Sólo alguna del tiempo de los primeros momentos del noviazgo ella las escuchó. Después, tan solo de su presencia cercana brotaban tallos del amor que existía entre los dos.

Que días más hermosos, aquellos días dulces cuando festejaban. Su padre veía con buenos ojos que su solitario hijo hubiera encontrado una buena compañera que rompiera sus silencios. Los novios festejaban en las tardes del otoño recogiendo moras en el Remolín, de aquellas zarzas que crecían junto a la vieja acequia y entre las ruinas del molino; durante años recordó el sabor de aquella mermelada para  saborear los recuerdos de la felicidad.

Nubarrones llegaron tras la boda. Su madre celosa de las nueras, nunca encontró un momento para abrir los brazos a las recién llegadas. Fue un año difícil, con mucha sequía, en el que de los surcos abiertos en el otoño no nacía el trigo, días en que las ovejas no se quedaron preñadas capaces sólo de retener la piel pegada a los huesos, cuando las gemelas murieron al nacer. La situación tensa hasta el límite facilitó romper la cuerda que los unía a la familia.

Concepción marchó a Barcelona, mediación de unos primos, para hacer de nodriza de una familia burguesa que regentaba una librería en la calle Bálmes. Él, con Francisco, respondió a la llamada de los primos de La Puebla y marcharon a California a una serrería de viejas y gigantes secuoyas.

Años de distanciamiento sólo roto por las cartas que se enviaron. Experiencia gratificante de vivir en lugares desconocidos y tan distintos de donde había nacido y se habían criado. Sin embargo añoraban volver a esta tierra curtida por el frío, por el calor, por el carácter de sus gentes.

Los ojos salen más allá de la lana que envuelve todo el cuerpo, para llegar a escudriñar las laderas del sur. Laderas blancas salpicadas de manchas verdes de sabinas y pinos durante los días de invierno en que una capa de nieve las tapiza. Sabe que las manchas negras que se mueven bajando por la ladera no son árboles, son mujeres envueltas con mantones de lana negra que vienen del frente donde la batalla ha quemado sus vidas. Vienen huyendo, gracias a que unos militares conocidos las han dejado salir de la columna de civiles evacuados de Teruel con rumbo a Valencia. Les han dicho que los suyos están bien y que por el callejón a la salida de la Plaza  en la Puebla de Valverde se separen del destino que les han marcado y elijan el rumbo hacia la masada donde los suyos las esperan. Cuando el mantón negro cae, ve a su mujer corriendo en su búsqueda. Olvidan todo y se abrazan para romper el muro que siempre se ha levantado en su vida para separarlos por uno u otro motivo, vuelven a tocarse, a sentirse, a hablar cuando pensaban ya nunca encontrarse. Los labios se encargan de sellar su amor.

Ya no quedan fotógrafos de guerra para inmortalizar ese beso. La montaña lo guarda y setenta años después lo desentierro entre relatos inconexos oídos a unos y otros; imaginados e inspirados por hondos sentimientos. Siento culpa de no haber llegado a conocer en profundidad a aquel hombre viejo, de no haber entendido entonces sus conversaciones. Lo descubro cuando sólo el recuerdo ofrece respuesta a mis preguntas. La fotografía de los dos enamorados que se encuentran estaba en aquellos ojos claros que en las tardes de enero, recostado al sol, se enturbiaban recordando aquel momento, cuando ya hacía veinte años que ella se había marchado para siempre. Porque fue la última vez que pudieron soñar con que la vida les sonreía.

Guardaba las ovejas en el alto de las tres cruces, entre sabinas, enebros, aliagas, nacidas entre piedras apegadas a un suelo barrido por el viento, arrastrado por las aguas, batido por los fríos del cierzo y los bochornos del estío. El rebaño apenas calmaban el hambre, sin pastos verdes, apenas unos matojos aquí y allá, rasurados día tras día por dientes incisivos dientes limando los nuevos brotes, tan poco para tan pocas ovejas. El devenir de todos los que sobreviven en estas tierras, donde sufrir acompaña desde el nacer, donde morir alivia el dolor.

Quien podía pensar en bajar al infierno y sin embargo tres años de guerra habían llevado de la resignación a la desesperación de no salir de la muerte. Las milicias y después el ejercito ocupando veredas y barrancos, sin saber si esa noche se acercarían a la casa, si al amanecer se iniciaría un combate. Oyendo las explosiones en la ciudad cercada, donde quedó la mujer, y adivinar si la bomba explota en el barrio donde guarda la casa, sola, sin apoyo, sin compañía. Y mirar el desprecio de la mirada de aquellos que llegados de la ciudad, con la cabeza repleta de ideales, no entienden como hay quien vive en estas montañas. Los mismos que no entienden porque no apoyan su lucha por la libertad, la libertad que encierra estos montes a estas gentes alejadas de la civilización cercadas por alambradas que cierra el dueño. El amo manda desde cuando obtuvo la tierra en recompensa del rey por el apoyo de las huestes en su lucha contra el moro. Huestes de campesinos convertidos en guerreros para servir al mismo propietario de la tierra donde siguen abriendo el surco con la ayuda del buey, rompiendo la roca sin suelo que apenas envuelve el grano, donde la escasez curte un carácter huraño. El amo con el que cada año hay que partir la mitad de la nada que se produce.

III. GREEN-CHAING GANG FRANK H. JABER – FOREMAN – WESTWOOD – California

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(Un día entre el año 1920 y 1923)

Cuando lancé al Facebook esta fotografía, como antaño se lanzaba al mar la botella vacía con un mensaje escrito en un papel depositado en su interior, veía improbable una respuesta. Varias semanas después Cheryl Oakes, secretaria de la Forest History Society, me contestó vía email suministrándome un conjunto de información capaz de comenzar con ella a reconstruir esta interesante historia. Los archivos de The Statua of Liberty-Elli Island Foundation, el libro de Tim Purdy sobre la historia de la Red River Lumben Company, que generosamente me envío de EEUU al conocer mi interés por desvelar el pasado de esa fotografía, me ayudaron a descifrar la mirada de los obreros que posan en el muelle, en especial la del abuelo Justo. Me contaba el abuelo la historia de esta fotografía. Aquella mañana de Septiembre de mil novecientos veinte su hermano quedó en casa. Estaba enfermo, triste. La tos rugía en sus bronquios con un sonido más cercano a la melancolía de sentirse lejos de casa, que a un resfriado, una bronquitis o peor una pulmonía, y su delicado corazón, sin duda, se resentía más con la soledad que impone estar lejos de tu sitio en el mundo, que con achaques al cuerpo. El abuelo temía que se abandonara, como aquellos que, cuatro meses antes, en el viaje en barco desde Valencia, presentían desaparecerían en la noche, sin gritos, sin que nadie los echara de menos, dejándose caer por la borda, vencidos por el mareo, el frío y sobre todo la soledad y el miedo a lo desconocido.

El capataz, Frank H. Jaber, canadiense de origen sueco desde donde sus padres emigraron, les llamó para posar en el muelle de ferrocarril, desde donde cada semana partía una procesión de vagones cargados de tablas de los pinos aserrados. Creo recordar o imagino que me hablaba de aquel continente, al otro lado del Atlántico, como un mundo tan grande como las viejas sequoyas que había contemplado: altas hasta el cielo, anchas en su base capaz de cobijar un hueco por donde pasar una carreta o un coche, capaz de cobijar al propio leñador en la enorme muesca a golpe de hacha abierta para su talado. Creo que era consciente de que nuestras diferencias de edades marcaba mi incredulidad cuando le escuchaba esta historia. Ayudaba a ello los nuevos tiempos que llegaban, en los que los relatos del abuelo eran reemplazados por los libros de la escuela censurados por un régimen que ahogaba al país. Las fotografías de la web de la Forest History Society recopilan un valioso testimonio gráfico sobre la industria californiana de la madera, y a mi me muestra que los relatos del abuelo eran verídicos.

No todos los trabajadores de la Red River Lumber Company se conocían. Sólo los hispanos que compartían el mismo idioma, aunque la mayoría tenían acento del sur, México, y sobre éstos, me decía el abuelo que no se fiaba porque sacaban fácilmente la navaja en cualquier disputa. Todos eran hombres que habían dejado su familia lejos, con una tristeza que muchos ahogaban las tardes del sábado en la taberna, aún cuando a T.B. Walker, dueño de la fabrica, de las tierras y de la ciudad, muy puritano él, seguramente con la doble moral de los ricos, le repugnaba la venta de alcohol. Sin embargo aquella experiencia, pese a la diversidad de gentes de diferentes naciones, funcionó. La productividad de la empresa llegada de Minnesota a principios de siglo veinte, levantó el pueblo de Weestwood hasta la década de mil novecientos cincuenta; después de la segunda guerra mundial, al agotarse la totalidad de la madera de calidad, la crisis desvertebró la empresa y arruinó la ciudad, que había llegado a cobijar diez mil vecinos.

Al comenzar el verano de mil novecientos veinte, junto a sus primos de La Puebla de Valverde, emprendieron un viaje a California. La primera guerra mundial había terminado hacía apenas dos años. Una generación de jóvenes americanos muertos en las trincheras de centro Europa había dejado sin obreros al joven país convertido en potencia mundial. Viajaron durante un mes en clase de tercera. Atravesaron el océano Atlántico siguiendo hacía el norte la costa de Portugal. Desde Valencia por el Mediterráneo hicieron parada en Cádiz, y desde Glasgow cruzaron el Atlántico para llegar a Terranova y descender siguiendo la costa Este de Canadá hasta Nueva York. LeS habían hablado de estas tierras amigos que conocían a valencianos con parientes emigrantes en EEUU desde principios de siglo. En la comarca de La Marina, la filoxera había atacado a las parras arruinando su economía basada en el comercio de pasas. Diez mil hortelanos comenzaron un éxodo a América del Norte a lo largo de las primeras décadas del siglo veinte, una peregrinación en busca del trabajo, cuyo primer transbordo lo hallaban en Nueva York en la pensión “La Valenciana”.

Junto al abuelo Justo también iba Miguel de Mora de Rubielos, que ya había viajado en otras ocasiones. El pasaje del barco, al que pude acceder a través de The Statua of Liberty-Elli Island Foundation, muestra que desde Valencia iban veinte turolenses procedentes de: La Puebla de Valverde, Valbona, Aldehuela y Escriche. El P. Satrustegui, Un viejo vapor construido en Glasgow, Escocia, por encargo de la compañía “Britis India Associated Steamer”, inicialmente realizó la ruta de la Queensland Royal Mail, que hacía el trayecto de Londres – Suez- Batavia- Brisbane. En mil ochocientas noventa y cuatro, adquirido por la Transatlántica, realizó la línea Barcelona-Filipinas. También participó en los movimientos de tropa y munición durante la guerra hispano-estadounidense de Cuba, encargándose a su término de repatriar los soldados de Santiago de Cuba. Ya en mil ochocientos noventa y nueve es asignado a la línea de Buenos Aires, y en uno de sus viajes durante mil novecientos dieciséis, en ruta hacía España, participó en el salvamento del Príncipe de Asturias en las costas de Brasil. Aquel viaje a Nueva York de mil novecientos veinte debió ser uno de sus últimos, pues en mil novecientos veintisiete fue retirado de servicio y desguazado en mil novecientos veintiocho en Génova.

En el barco viajó también un cuervo que se posó en el mástil del barco al llegar al puerto de Cádiz y no lo abandonó hasta que todos desembarcaron, incluido él, al llegar al centro de agrupamiento y control de la Isla de Ellis, junto a la estatua de La Libertad.

Todos no, muchos no habían resistido ese primer filtro que suponía el mareo del barco, la incertidumbre del futuro, los recuerdos del pasado. Esos se arrojaban en la noche sin luna por la cubierta; solitarios que nadie echaba en falta cuando al amanecer un hueco en las bodegas se abría para el resto del pasaje. Del grupo de Teruel todos llegaron.

Descendieron observados por la gran estatua de una enorme mujer con una antorcha a la que llamaban Libertad. Allí cumplimentaron una ficha, donde indicaban el destino y una dirección y un contacto del lugar de origen. Todo se conserva en los archivos de la Fundación Ellis Island. Hoy en su exterior un inmenso muro de acero recoge los nombres inscritos de aquellos emigrantes que llegaron a America.

Les exploraban innovando métodos capaces de hacer una rápida evaluación del estado físico de la multitud que llegaba, descartando enfermedades. En una gran sala les hacían pasear debiendo atravesar una rampa, con lo que comprobaban cualquier invalidez que afectará a sus piernas, ó, comprobaban que no eran analfabetos tras hacerles leer un pasaje de la Biblia en su lengua de origen. Sólo tras pasar la cuarentena les abrían la puerta del ferry para llegar a Nueva York.

En un tren de vapor atravesaron el país de Este a Oeste. En San Francisco los parientes de La Puebla de Valverde acudieron a recogerlos al anochecer, cuando concluyeron su trabajo en la serrería. Los mismos a través de los que les llegaron las noticias de este trabajo, los que les tramitaron las condiciones del contrato que les adelantaba el billete del barco a cambio de un compromiso de permanencia en la empresa durante tres años.

La mayoría de los españoles que allí trabajaban no llegaban desde España, venían de Hawaii. Desde finales del siglo diecinueve las gentes del sur de España acudieron al reclamo de trabajo en las plantaciones de caña de azúcar en la isla, la dureza del trabajo en el clima tropical y las condiciones les llevaron a buscar un camino más fácil en el Continente, del que la isla es un Estado. El abuelo se llevó la manta de cuadros. Tejida en Nogueruelas, como todas las que había en la Masada. Aquellas mantas se intercambiaban por la lana. Cada año tras el esquileo llevaban cargados en las mulas los paquetes de vellón que intercambiaban en los batanes por paños teñidos y tejidos. Las mulas a través de los caminos de herradura eran los enlaces con el exterior, con ellas también traían sal de Arcos de las Salinas, o aceite de la Sierra de Espadán. Debió arroparse con ella más de una noche en que la oscuridad le atrapó en el monte y no pudo regresar a casa tras una jornada intensa serrando pinos en los viejos bosques de secuoyas. Trabajó de leñador antes de lograr un puesto en los almacenes de la serrería, probablemente por ganarse la confianza de los capataces y saber algo de letras y números.

Aquellos grandes árboles que jamás había visto y nunca volvería a ver, que había que cortar en un trabajo manual de varios días, de sol a sol, jamás los olvido, y su recuerdo le acompañaba siempre que con el ganado, ya en las sierras de Corbalán, descansaba a los pies de viejas sabinas, que nunca alcanzaban el tamaño de los pies más jóvenes de aquellos grandes bosques de América.

Aquellos campesinos de las Sierras turolenses compartían una cabaña de madera, alquilada a la empresa. Allí organizaban su vida familiar y cada día uno de ellos renunciaba al trabajo para adecentar la casa y hacer la comida. Su organización tenía un objetivo: trabajar para ahorra una pequeña fortuna con la que reemprender la vida en España, país del que nunca llegaron a despedirse. El regreso a su tierra estaba dentro de ellos, el idioma dificultaba integrarse, también las costumbres. Aunque la tecnología de la fábrica, la vida en ciudades cercanas como San Francisco, o en pueblos más pequeños cercanos a Weestwood, sorprendía cada día a aquellos hombres llegados desde la aldea más pequeña y humilde del país más pobre de Europa, allí donde la montaña siempre fue tierra de frontera, refugió para huidos, reclamo para nuevos colonos y lugar de paso hacía tierras más fértiles.

II. SIERRA DE LOS CABEZOS

 

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Fue aquella tarde de finales de enero, cuando parecía un imposible lo que vendría después. Esas tardes la vista del abuelo se dirigía a los Mansuetos, que ocultaban la ciudad de Teruel, en busca de su mujer. Veía caer las bombas tras ellos. Según veía subir la columna de humo deducía el barrio donde habían impactado y respiraba tranquilo cuando pensaba que no habían caído en el arrabal.

Se resistía a un triste destino enfrentándose a continuar la vida solo junto a sus dos pequeños, Joaquina y Ángel. Calentando sus manos y su desdicha en el fuego de una aliaga prendida en el campo mientras pacían las ovejas, se negaba a aceptar que esta vez ésta separación lo fuera a ser para siempre. Estaba guardando las ovejas en El Doblador, los campos encima de La Hita. Desde allí vio avanzar tres siluetas negras por el camino a Formiche, en las faldas de Cabezo Alto, sobre la suave capa de nieve que cubría las asperezas de la roca caliza agrietada. Eran tres mujeres andando que bajaban en dirección al Caseto rumbo a la masada; supo que una era la abuela. No lo dudó, se lanzó a la carrera a su encuentro. Aquel abrazo, aquél beso de amor, como el que nunca había dado antes, como nunca lo daría más, lo fue de un momento que jamás volvería a repetirse porque ya nunca habría un después; sólo sobrevivir.

Llevaban dieciocho meses sin saber el uno del otro. Desde el amanecer del veintiuno de Julio de mil novecientos treinta y seis. La noche del veinte de Julio decidieron que a la mañana siguiente Justo marcharía con los niños a la masada. Tras un día en que la ciudad entendió, tras conocer las noticias llegadas del levantamiento el día dieciocho de julio del ejercito africano contra el gobierno de la II República, que quedaba ubicaba junto a los sublevados. Desde el momento en que el Comandante Aguado, acompañado de los reclutas, pegaba en las paredes del Tozal el bando de guerra. El bando marco el miedo en las caras de sus vecinos que se habían significado de izquierdas soñando con un mundo más justo.

El destino dio un giro, en las navidades de mil novecientos treinta y siete, tras la recuperación de la ciudad por los republicanos. La evacuación de la población civil permite a la abuela salir de la ciudad. El encuentro en la Puebla de Valverde con un miliciano, un conocido vecino del arrabal que le indica que no siga en la fila de evacuados y que por el callejón inicie camino hacía la Hita, donde su familia se encuentra bien, le abre la puerta para reencontrarse con quienes más quiere del mundo. El amor por volver con su familiar puede al miedo y entre calles estrechas y pajares sale del pueblo rumbo a los campos.

Son muchas horas de marcha para las tres andando solas entre el silencio que invade las lomas donde unos días antes combatían cuerpo a cuerpo hermanos separados por la guerra. Se dirigen hacia la Sierra de los Cabezos y en su camino encuentran milicianos que regresan del frente o que se dirigen a él. Son niños, convertidos en hombres en apenas unos meses, a los que el horror de la muerte aun no ha carcomido le humanidad de quienes luchan por la libertad. Los hombres destrozados en el frente de batalla no dudan en respetar a tres mujeres abandonadas en medio del monte. Quizás no ha habido otra guerra donde los jóvenes, aprendices de soldados, embrutecidos por la crueldad de las batallas, no perdieran la inocencia propia de su edad, aunque cuando perdieron la guerra dejaron atrás toda su juventud, toda la inocencia que habían arrastrado a lo largo de los días de lucha, para ser espectros en el país de sombras que quedó. Embutidas en sayas negras, al mirar a los hombres aprecian el rostro rasgado de quienes están siendo derrotados en esa lucha fratricida iniciada por las oligarquías que dominan, que han dominado desde siempre en el país.

En esas montañas la roca aflora desnuda. Agrietada en canalillos por el azote del agua, el viento y el hielo, como la piel de las caras de los pastores que la habitan; pequeños surcos en el suelo que dificultan andar. Grietas en donde los retazos de hierba y tomillo hunden sus raíces en busca de suelo en el que crecer. Unas montañas donde no hay cobijos para guarecerse cuando los aviones sobrevuelan en busca de presas. Sólo pequeños bosquetes de pinares, cayendo en las laderas de umbría, sabinas y carrascas deslizándose en las laderas de la solana.

Un paisaje que hoy conserva esa cruda rusticidad de superviviente y que nos hace quererlo a quienes lo conocemos. Sin embargo, en aquellos días en que el terreno estaba herido por trincheras cubiertas de metralla y restos de armamento abandonado, cuando sus lomas eran un cementerio sin cubrir de tierra, quién podía pararse a mirarlo; todos huían sin saber a donde.

Tras varias horas de marcha, a media mañana, desde el collado que baja hacía La Sima ven la masada. Tampoco ha resistido al paso de la guerra. El tejado de la paridera bombardeado desde el aire, la pared del pajar hundida de un cañonazo. Apenas un abrazo a los tíos, a los abuelos, porque el hambre que necesita saciar es abrazarse al marido y a los hijos.

Unas semanas tardaron las tropas franquistas en recuperar el protagonismo de la batalla. De nuevo hubo que cargar las caballerías con lo poco que aún les quedaba y lo poco que podían llevar: la maquina de coser, la vajilla, las tinajas con la conserva, las mantas, varias mudas y ropa. Los soldados los empujan a evacuar ante el rápido avance del frente de guerra por Castelfrío. Toneladas de bombas lanzadas por aviones alemanes e italianos, por la artillería, que pone a prueba las últimas novedades en armamento, traído por los nazis alemanes, van rompiendo, una a una cada, línea de trinchera de las defensas republicanas.

Unos días después de ese año nuevo de mil novecientos treinta y ocho, de reencuentro, comienza de nuevo a verse movimiento de soldados. Las cosas parece que no van bien para la República en el valle del Alfambra.

Quizás paso por la masada James Neugass, conductor de la ambulancia de apoyo sanitario para la Brigada Lincoln. Le ofrecieran huevos fritos de las pocas gallinas que ya quedaban en el gallinero. El americano les diría que tenían un sabor distinto al que un mes antes otros masoveros le habían dado en Mas de las Matas. Le explicarían que aquí el aceite de oliva era de la Sierra de Espadán, en Viver y Segorbe camino de Valencia, y que el aceite, escaso y caro, primero lo usan para guardar la conserva, ese pedazo de longaniza empapada de aceite que acompañaba a los huevos. Él, agradecido, contestaría que los encontraba muy buenos, con cierto remordimiento de quizás estar comiendo lo poco que aún conservan estos aldeanos. Pero estos aldeanos aún conservan su dignidad, que muestran en su generosa hospitalidad, y no puede negarse a aceptar lo que le dan en cuanto que ello sería un desprecio a su humanidad.

La abuela, quizás reconoció la voz de este buen hombre extranjero. Anduvo por Teruel cuando la ciudad la tomaron los republicanos una semanas antes, y los médicos y enfermeras no dejaban de atender a la población civil, que como los soldados habían sufrido el ataque. James quizás les dijo, que el frente se rompía por Cuevas Labradas, Tortajada y Villalba Baja. La guardia mora del Coronel Mician, a las ordenes del general Yagúe, empujaba a los milicianos de la 127 Brigada Mixta, la de la columna anarquista Roja i Negra, desde Alfambra hacía las faldas de Castelfrio, una vez que el ejercito del General Aranda había tomado el Muletón y se asomaban a la vega del río Alfambra. Tropas de choque frescas, que habían permanecido acuarteladas en la retaguardia. El Coronel, que luego sería por méritos de guerra General de Franco. En los primeros años de la nueva democracia un periódico nacional dedicaba un artículo en el que detallaba su retiro en su tierra natal del norte de África, donde manteniendo la confianza del Generalísimo había sido embajador en Marruecos durante los primeros años de gobierno fascista. En los días previos a la batalla de Teruel, se alojó, tras requisarla, en una gran casa de Cella, allí en la sala del centeno, donde durante años se almacenó el grano, debieron desplegarse los mapas que decidieron el plan de la batalla que arrasó como Atila la hierba que pisaba; los mercenarios marroquí serán temidos por su crueldad, cortaban las orejas de los vencidos como trofeo con lo que vengarse del odio que reinaba en su tierra por el terror impuesto por los soldados españoles en las batallas del Norte de Afríca de principios de siglo. El conductor americano, junto a su ambulancia se dirigiría rumbo al Puerto de Escandón, donde sus compatriotas pensaban resistir para frenar el fuerte avance que se esperaba de las tropas rebeldes ayudadas por mercenarios italianos enviados por Mussolini, dando por hecho la toma de Teruel en pocos días y su órdago de llegar hasta Valencia, tras el orgasmo de la victoria.

Cincuenta años después, el hijo pequeño de James Neugass recuperó el diario que su padre había escrito aquellos lejanos días durante la Batalla de Teruel. Se publicó en un impresionante libro, “La Guerra es bella”, que recoge su experiencia sobre la cruda guerra que vivió conduciendo su ambulancia. Junto a la joven historiadora americana de Alaska, Aelwen Wetherby, emprendió un viaje por los paisajes descritos en el libro y emprendieron la elaboración de un interesante documental, “War is Beautiful: the documentary”, que en el mes de Noviembre del dos mil catorce se presentó en la ciudad de Teruel.

Emprendieron rumbo hacía Formiche Alto ante estas noticias y la confianza que daban las palabras de aquel extranjero. Justo, que en 1920 había trabajado tres años en Estados Unidos, no entendía como aquél hombre culto había abandonado su país para venir a estas tierras pobres, que además estaban en guerra. Quienes más sufrían la desigualdad y la injusticia más alejados estaban de las ideas revolucionarias comunistas que apostaban por romper las barreras sociales que dividían las sociedades en ricos y pobres, utopía que terminaría siendo traicionada por sus propios dirigentes y de la que muchos no nos percataríamos hasta que, tras la caída del muro de Berlin en mil novecientos ochenta y nueve, comenzó a fluir información de la historia de los países de Este, a los que tanto habíamos idealizado y cuya historia su propia censura había ocultado.

Antes de llegar al pueblo su hermano enterró las tinajas de conserva con la esperanza puesta en regresar para recuperarlas. A los pocos días abandonaron Formiche Alto y marcharon a casa de los familiares de La Puebla de Valverde. En La Puebla de Valverde unos parientes los cobija y en los graneros de una casa, que aún esta en píe, guardan la carga y los animales: conserva, maquinas de coser, ropas, apeos del matacerdo y poco más de las cosas de valor que les acompañan cargadas en las caballerías desde que iniciaron la evacuación.

Ya terminando Junio, una noche el frente avanza tan rápido que, al amanecer, cuando despiertan comprueban que las insignias del uniforme de los soldados y el estandarte en torno al que se agrupan ha cambiado. Se encuentran en territorio de Franco.

No todos huyeron deprisa. Algunos aprovecharon el caos para robar lo ajeno. En los graneros no queda comida ni nada de lo que puede venderse en la retaguardia. Al menos no se han llevado los animales, incapaces estos de llevar el ritmo que marcaba la huida en las últimas horas del combate.

Quedaban en tierras de los nacionales. Quizás por la influencia de los Barones, quizás del hijo del secretario de Corbalán, oficial del ejercito rebelde, regresaron a La Hita. En el camino se encontraron con sus vecinos del Espinar, que volvían de Valbona. Llegan con las caballerías cargadas sólo con la conserva recuperada, que días antes había enterrado Francisco. Las casas aún están en pie y en los campos quizás pueda recogerse algo de trigo y cebada. Las ovejas desperdigadas por los campos balan llamando al pastor. Su padre las oye y entiende que no vale la pena quejarse. No hay tiempo para el dolor cuando hay que volver a empezar, como en tantas ocasiones ha ocurrido en estos lugares desde no se sabe cuando; las historias de bandoleros y de las guerras Carlistas fluye de los recuerdos vividos durante su propia infancia, miedos que quedan enrunados bajo el terror vivido durante los últimos meses.

Las tinajas de conserva, dejadas enterradas en Formiche, fueron la comida de aquel verano para comenzar a cosechar lo poco que quedaba en los campos, las cebadas y centenos de sus masadas y las de aquellas donde los campesinos no volvieron. Ese año no habría jornaleros castellanos y hasta los niños tuvieron que ayudar. La tía Maria del Espinar se enfadó cuando la madre de Justo mandó a las niñas arrastrar el diablo, un enorme rastrillo con el que recoger las espigas que quedaban, tras pasar los segadores con la corbella, como llaman en Aragón a la vieja hoz utilizada para segar el cereal, en la mano derecha y la zoqueta en la izquierda protegiendo los dedos de su corte y agarrando la mies antes de cortarla, recordándole que para tirar estaban los burros que estaban en el ribazo pastando sin trabajar. Entre tanto dolor y sufrimiento, aquella mujer no perdió el sentimiento de ver unas niñas como tales, niñas que no podían perder su infancia por la locura de los mayores.