EL SILENCIO PRIMAVERAL EN TERUEL

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Explosiva, locuaz y hermosa ha sido la primavera de 2003 en la Celtiberia, en el Bajo Aragón. De Portalrubio a Castellote, el verdor, los colores floridos, los arroyos cantarines, las aves reproductoras lo empapan todo: la vida en su etapa más escandalosa y transitoria. ¡Qué placer ese baño de pantalón arremangado sobre una pradera de ranúnculos amarillos en un remanso del río Pancrudo! Pero amigos, en esta tierra lo que llama la atención es el silencio, el silencio que envuelve esa loca, breve y armoniosa algarabía primaveral. Silencio en los pequeños vagos abiertos entre las parameras, donde se afana el alcaudón, discurre en paz el arroyo y no se ve al campesino. Silencio en esas aldeas que las gentes dejaron y aún no han ocupado los corazones empequeñecidos –pero aún vivos- de los veraneantes. Silencio de los cabezos arrasados por siglos de cultivos y ganados excesivos, sin suelo fértil que abrigue, sin árboles que den sombra ni agua. Cabezos moribundos, pero aún generosos, ofreciendo el manto blanco de los linos, el aroma de los tomillos y la soledad que alimenta el espíritu. Es imposible no amar esta tierra que, despojada de todo, aún da vida, lo más esencial de la vida.

Pero aún más silencios. El silencio elocuente de los vivos. De los resistentes que ven caer en pedazos su territorio. Antiguos desmontes de lignitos que socavan y ennegrecen los montes. Modernas canteras de arcillas porcelanosas que los desangran de rojo. Presas compulsivas, obsesivas e histéricas que anegarán el Pancrudo en Lechago, el hermosísimo Pajazo en el Martín ¡¡y hasta un pequeño núcleo habitado en Santolea!! Silencio budista de unos resistentes que a pesar de todo levantan sus pequeños negocios rurales, crían a sus hijos y mantienen el latido de las comarcas. Silencios y soledades celtibéricas que entretejen las vidas con más firmeza que ese cáncer que algunos llaman la “envidiable implantación territorial del PAR”.

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Publicado el 4 de junio de 2003 – Teruel
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DESFIGURAR EL VALLE DEL ALFAMBRA

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La historia de Galve ha sido, hasta hace unos años, la de cualquier pequeño pueblo del Teruel profundo. Tras el olvidado esplendor de la industria textil lanera de la edad moderna, la economía se centró en la producción de cereal de secano y de ovino durante décadas hasta el despertar desarrollista de los años 60. Y, como en tantos pueblos, llegaron los tiempos de la emigración a la ciudad, del declive social y económico, matizado tal vez por la implantación de una enorme cantera de arcillas destinadas a la industria azulejera de Castellón. De nuevo, el subsuelo turolense alimenta la economía de otras tierras donde queda su valor añadido a cambio de unas migajas y de degradación ambiental.

Esta trayectoria hubiese proseguido de no ser por personas como José Mª Herrero que, en épocas difíciles, dedicaron su esfuerzo y su saber en descubrir en los montes de su pueblo un tesoro mucho más valioso que las arcillas. Huesos, dientes, huellas y otros rastros de dinosaurios, cocodrilos, tiburones, mamíferos y de otros organismos que vivieron en unos ecosistemas muy diferentes a los actuales durante el Cretácico. Décadas de excavar, cribar, comparar, estudiar (¡tan lejos de las universidades!), de contactar con especialistas…. eclosionaron en la creación de un museo magistralmente explicado, una red de senderos para visitar icnitas y réplicas diseminadas por el precioso entorno natural y, sobre todo, un prestigio internacional.

La coincidencia con el fenómeno “Parque Jurásico” aceleró el proceso. Miles de familias y de estudiantes acudían cada año para aprender sobre la historia de la Tierra. Surgió un fenómeno insólito en el turismo aragonés. En un entorno ambiental aparentemente difícil, se conseguía atraer al público a disfrutar de un recurso endógeno, que no implicaba una agresión al medio ambiente y que recuperaba el patrimonio natural. Vamos, de manual de “Desarrollo rural”. Pero es más, el éxito conseguido animó a nuestros responsables políticos a extenderlo al resto del territorio turolense mediante la fórmula Dinópolis. Existe una deuda hacia Galve.

Mientras tanto, el Ayuntamiento y los vecinos han puesto en valor otros elementos de su patrimonio cultural y natural para mostrarlos a los viajeros que los visitan. En especial, han comprendido el valor de su paisaje. Tan diferente de los estereotipos pseudoalpinos tan machaconamente publicitados. Los agrestes estrechos de los Ríos Altos que se extienden hasta Aguilar de Alfambra, los cañones de los Ríos Bajos con sus meandros encajados que alcanzan la Reserva Ornitológica de Mas de Cirugeda o los extensos y bellísimos páramos cubiertos por pulvínulos de erizo.

Pero están especialmente orgullosos del magnífico conjunto de chopos cabeceros que pueblan la ribera del río Alfambra. Estos viejos y monumentales árboles ofrecen hábitat a una variada comunidad biológica, representan un patrimonio vivo que muestra el uso tradicional de los recursos naturales y son el máximo exponente de un paisaje rural de calidad y de belleza. El bosque ripario que se extiende desde Galve hasta Allepuz es posiblemente la mayor concentración de chopos trasmochos de Europa.

Los vecinos, y también los excursionistas, comprenden el valor de un paseo otoñal entre los chopos dorados, la armonía de una delicada orquídea y la majestuosidad del vuelo del águila real en un cielo libre. Pero este recurso también puede perderse en breve. Una línea de alta tensión de máxima capacidad procedente de los parques eólicos que se instalan en la sierra de El Pobo proyecta atravesar el valle del Alfambra desfigurando su belleza escénica y amenazando a un recurso económico de valor emergente: un paisaje rural de calidad. Esta “autopista eléctrica”, además de ser una trampa mortal para la vida silvestre, afectará al patrimonio paleontológico que conforman las icnitas de dinosaurios cuya declaración como Patrimonio de la Humanidad está en trámite, a la calidad de vida de los vecinos y a un paisaje cuya degradación será irreversible. El trabajo realizado por tantas gentes para conseguir un desarrollo sostenible en un medio difícil como el turolense puede ir por tierra por el afán de generar plusvalías rápidas con la industria eólica.

La producción de energía eléctrica a partir del viento no está exenta de impacto en el medio natural. No sólo por la implantación de los aerogeneradores y las infraestructuras que suponen y que afectan a paisajes destacados y ambientalmente sensibles, sino por la creación de líneas eléctricas de evacuación que constriñen los espacios abiertos a lo largo de cientos de kilómetros.

No es raro que se perciba con desconfianza esta energía alternativa cuando de nuevo el valor añadido se marcha lejos, hipoteca otros recursos en el medio rural y no viene acompañado con políticas globales de reducción en el consumo sino de fomento del despilfarro. Ya no sólo se explota de forma colonial el subsuelo de Teruel, ahora le ha llegado el momento a sus cielos.

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Autor: Chabier de Jaime Lorén  / publicado en Marzo del 2007 – Galve

EL RODENO

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Es fácil rastrear publicaciones para encontrar explicación a la formación y evolución de estas piedras rojas de areniscas. Como antaño, siguen mostrando su lado mítico, en ese contraste de brechas de color rojizo en un entorno dominado por la caliza blanca, misteriosos laberintos y curiosas formas adoptadas por las rocas deslizadas y erosionadas en la búsqueda del equilibrio.

Un refugio, es este peculiar paisaje donde domina el Pino resinero. Al cobijo de peñascos, que proporcionan resguardo al suelo y la humedad, se abren hueco pequeños bosquetes de Marojo, y encrestados en las rocas más inaccesibles o en los barrancos más cerrados, de difícil acceso al hombre y al ganado, aguantan relícticos ejemplares de Acebo, Tejo y Madroño.

Guarida de fauna silvestre, como lo fue de los últimos guerrilleros que hace seis décadas pretendieron recuperar la dignidad para un país derrotado. Nos atrevemos a imaginar que a lo largo de la historia este paisaje mágico ha sido el último lugar de aquellos que se resistían a los cambios. Las pinturas de arte rupestre levantino resguardadas en abrigos, con escasa bibliografía interpretativa de su simbología y el modo de vida de sus autores, bien pueden indicarnos un lugar sagrado, pero sobre todo seguro para aquellos sin cabida en una sociedad en proceso de transformación; un hogar para hombres libres, subsistiendo sobre la base de su capacidad de adaptarse al medio, recelosos de incorporarse a ciudades con aspiraciones de acumular tesoros y dominar. Son un jeroglífico aún no descifrado de la utilización y ordenación del territorio por éstas antiguas culturas.

La dificultad de este terreno sigue siendo su principal aliado para mantenerse aislado. Tan agradable en los otoños húmedos como áspero en los veranos secos, continúa inspirando a quienes se adentran en él sin animo de cambiarlo, a pesar de localizarse a escasos kilómetros de una sociedad capaz de mercantilizar el bosque en el valor de su capacidad para dar tablas de madera a vender, olvidando aspectos como la simbología tradicional de un árbol viejo ó su valor ecológico. Sigue siendo tierras de cazadores, pastores y aquellos capaces de sensibilizarse ante el canto del cárabo al atardecer, las huellas de ungulados ó la mirada a restos arqueológicos del pasado. Gentes capaces de sentir la naturaleza sin ver en ella una forma de hacerse rico.

La protección de parte del enclave natural ha favorecido la entrada dinero. Ha servido para asfaltar carreteras e incrementar el número de visitantes, que sin esfuerzo en llegar a abrigos y miradores, solo ven en el paisaje un mero objeto más del consumo. Apenas se ha orientado a incentivar a los propietarios del territorio, dando un giro a la gestión forestal de producir madera, para acometer con rigor la conservación y garantizar la biodiversidad del bosque.

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Este artículo se publicó el 18 de diciembre de 2002. Hoy, 20 de septiembre de 2016, el Paisaje Protegido  del Rodeno ha recibido la calificación Q de calidad.

0490 La familia Paniagua y el cortijo de El Comandante

Diccionario de los Verdiales y Fiestas afines

Ruinas del Cortijo El Comandante (foto extraída del sitio "Lagares y Cortijos" Ruinas del Cortijo El Comandante (foto extraída de la publicación de Antonio Vela en el sitio “Lagares y Cortijos”)

Abro con esta entrada una nueva serie en el Diccionario que ya existía en el blog “La Fiesta del Sol”: el hábitat de la Fiesta, con aquellas pequeñas o grandes historias de los fiesteros en Los Montes de Málaga y las imágenes que nos permiten hacernos una idea de su forma de vida.

Estas fotografías que publicó Antonio Vela en la página de Facebook “Lagares y Cortijos” del Cortijo de El Comandante y el complejo sistema hidráulico que lo abastecía de agua, propició la aparición en Facebook de algunos comentarios de los descendientes (fiesteros todos ellos) de la familia que lo habitaba: los Paniagua Moreno, abuelos de los hermanos José Miguel, Carolina y Desi Portillo Paniagua, y de otro trío fiestero: Javier, Miguel y Noelia Bustos Paniagua, también nietos…

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